Death the Reaper, una foto impresionante de la 1ª Guerra Mundial

Esta es una de las fotos más icónicas de la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918): 

 

reaper

Fue tomada por Frank Hurley y presentada en 1918 en varias exposiciones. Muestra un cadáver alemán en primer plano y, justo sobre él, la explosión de un obús que guarda un inquietante parecido con la figura asociada a la Muerte (Reaper).

En realidad la imagen es una composición realizada con dos negativos diferentes: la explosión por una parte y el cuerpo del soldado por otra. Esta es la imagen original del alemán muerto:

Bloody_Hell_5

 

Hurley combinó ambos negativos para conseguir una imagen espectral que resumía los horrores de la guerra. Combinar negativos era una práctica no demasiado rara en la época, del mismo modo que ahora empleamos el retoque digital para mejorar las imágenes. Hurley cubrió gran parte de la 1ª G.M., y también otras aventuras como la desastrosa expedición de Shackleton al Polo Sur (1914-1917). Durante la Batalla de Ypres tomó algunas fotografías muy conocidas, como esta espectral imagen de unos soldados en medio del terreno pantanoso:

 

Chateau_Wood_Ypres_1917


Juegos de mayores

Los niños juegan muchísimo con su fantasía. Basta juntar a un par de críos para que empiecen a surgir mundos inventados, juegos fantásticos y reglas absurdas para decidir cómo se juega y quién gana. Una caja de cartón puede ser un coche de carreras o un fuerte medieval, unas ramitas serán espadas, un pequeño trozo de césped será alguna extraña tierra fantástica.

Cuando los niños crecen abandonan estos juegos fantásticos. Sin embargo, hay algunos mayores que siguen dedicándose a jugar con su fantasía y a crear mundos irreales. Por ejemplo, un escritor de novelas fantásticas, un director de cine o un diseñador de juegos. El ser humano, peculiar siempre, ha inventado una actividad enteramente basada en la fantasía donde las personas pueden jugar con su dinero: la bolsa y el mercado de valores. La bolsa se basa en asignar un valor inventado a una empresa. La gente compra y vende esos valores inventados -acciones-, cuyo valor sube y baja continuamente y casi al azar. Así funciona.

Estos días se ha hablado mucho del caso de Gowex. Se trata de una empresa que instala redes wifi en las calles de las ciudades y cuyo presidente, Jenaro García, se dedicó durante varios años a inventar números e ingresos para que su empresa valiese más. Hace poco, una empresa externa que se llama como la ciudad de Batman (Gotham City Research) se puso a investigar y descubrió que las acciones de Gowez valían… cero. También aseguraron que el 90% de los ingresos de Gowex no existían. El caso ha puesto a la empresa en grandes apuros. Incluso el Mercado Alternativo Bursátil, donde cotiza Gowex, está sufriendo un duro revés al perder los inversores la confianza en sus procedimientos.

Está claro que Jenaro nunca dejó de usar su imaginación. No sé cómo sería de niño, pero de mayor se encontró con un mundo en el que podía inventarse cosas (lo que vale su empresa, por ejemplo) y ganar dinero con ello. Me lo imagino en su despacho, inventando facturas, cobros e ingresos durante años, pensando en nombres ficticios para adornar sus relatos sobre dinero. ¡Qué cuento tan bonito se inventó! Sus acciones subian, su empresa estaba siempre en números verdísimos, y el dinero entraba y entraba. Solo había una pega: que alguien, por algún motivo, quisiera comprobar si el cuento de Jenaro era verdad. No lo era. No existe correspondencia alguna entre lo que pasa en la bolsa y lo que pasa en la realidad. Lo curioso es que no solo ocurre así con Gowex, sino con todas las empresas que cotizan. Por algún motivo, los humanos han decidido que un número que aparece en una pantalla en la bolsa de alguna parte representa la realidad de esas empresa, y apuestan su dinero a ese número, y a veces ganan porque ese número imaginario sube, y otras veces pierden cuando ese número baja. La empresa real está muy lejos, en otro mundo, y nada tiene que ver con ese número imaginario. Suena absurdo. Es absurdo.

¿Por qué nos sorprende tanto el engaño de Gowex? Todas las bolsas se basan en una fantasía, todos los mercados de valores son únicamente juegos, juegos de mayores.


Padre e hijo

Padre e hijo

Ambos, el padre y el hijo, eran animales de costumbres. El padre también era especialmente animal, aunque sin duda el hijo iría adquiriendo esa característica con el tiempo.

Todas las tardes hacían lo mismo: reñir. Pero lo hacían, como casi todo lo humano, siguiendo unas pautas que apenas variaban con el paso de los días. Los padres llegaban a la terraza del bar, pedían algo y se pasaban la tarde haciendo acto de presencia. Como casi todas las parejas que no acaban de conocerse y se sientan en una terraza, pasaban las horas en una solitaria compañía. Resultaba un alivio para ambos que hubiese algún partido interesante o una carrera de Fórmula 1 o de motos, porque eso los liberaba durante dos o tres horas del tedio de aparentar interés mutuo.

El chaval no pasaría de los ocho años y jugaba al fútbol en la plazoleta con otros como él. Todos ellos tenían nombres curiosos, que hace veinte años hubieran sido impensables: Kevin, Yago, Chris. Curiosamente, ninguno de los padres estaban a la altura de la supuesta sofisticación y modernez que sugerían los nombres de sus hijitos.

A una hora determinada el padre se levantaba, como cada día, para convertirse junto a su hijo en uno de los actores de la siguiente escena. Entraba en el bar, pagaba lo que debía y salía a reunirse de nuevo con su mujer, que a partir de aquí pasaba a ser una mera figurante. Llamaba entonces a su hijo por el nombre (no recuerdo si era Yago, Kevin o Sinforoso), con voz sonora, y éste le respondía obediente:

–          ¡El último tiro, papá! ¡El último tiro!

Esperaba el padre unos segundos, mirando a veces fijamente al hijo, comentando otras algo a su mujer, consultando tal vez la hora. Y, como cada vez, le gritaba al hijo:

–          Es la última vez que te lo digo. ¡La última!

Estas dos frases eran siempre idénticas, dichas ambas con el mismo tono, volumen y cadencia. Resultaba asombroso cómo conseguían articular las palabras con el mismo timbre, exacto, que el día o la semana anterior. Si ambos hubieran sido actores, no hubieran logrado tal precisión en sus ensayos. A partir de aquí se permitían variar ligerísimamente las palabras o la entonación, aunque sin salirse nunca de su guión.

–          ¡El último penalti, papá!, gritaba el hijo.

–          ¡No te lo vuelvo a repetir!, respondía cansinamente el padre.

El padre decía sus frases con gesto entre impaciente, hastiado y enfadado con su hijo. Si uno le quitaba el volumen al señor y se fijaba en sus gestos, diríase que estaba tratando de discutir con un policía o un inspector de hacienda, alguien a quien trataba de convencer de algo a sabiendas de que sus palabras seguramente iban a caer en saco roto, que casi no valía la pena intentarlo. Daba la impresión de que estaba actuando, pero no para una audiencia, sino para su hijo. Parecía querer convencer al niño de que era fuerte, autoritario, con energía sobrada para respaldar sus amenazas. En este sentido resultaba un penoso actor. Cada vez que repetía es la última vez, no vuelvo a repetirlo, su hijo iba aprendiendo justamente lo contrario. Los niños aprenden muy rápidamente algunas cosas que no queremos enseñarles.

La escena duraba entre cinco y diez minutos, repitiéndose este intercambio de frases una vez por minuto, más o menos. Una precisión más que notable. Finalmente, como atendiendo a una orden invisible que nada tenía que ver con su padre, el niño cogía el balón y los tres se iban juntos. Hasta la próxima actuación.


La decisión de Felipe

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Hola, Felipe.

Tu padre ha abdicado. Ahora te toca ser rey. Serás el nieto de un dictador, y no me refiero a tu abuelo biológico, sino al señor gracias al cual tu padre fue rey, y ahora lo serás tú. Tu padre fue hijo político de Francisco Franco, y tú ahora serás su nieto.

Estoy hablando como si ya fuerse cosa hecha, pero aún hay esperanza. Desde mi punto de vista, tienes una elección que hacer, y sólo una. Dependiendo de tu elección, todas las demás decisiones que tomes en tu vida serán bien las de un hombre libre y respetable o bien las de un autócrata anacrónico, empeñado a toda costa en mantener un sistema moribundo y medieval. Esa elección se reduce a dos opciones: una es ser rey; la otra es renunciar al trono y abrir el camino que lleva a la supresión de la monarquía en España y a la República.

Me gustaría que tomases la decisión correcta para tus conciudadanos. Cuál es la correcta… debes decidirlo tú.


El título

Título

Cuando alquilé mi casa venía amueblada. “Amueblada” suele significar que viene con lo justo para pasar como un búnker de campaña aceptable, o un refugio paleolítico apañado. En mi caso sucedió lo contrario, ya que la señora me había dejado todo tipo de cachivaches por los rincones más insospechados de la vivienda. Había fundas de almohadas, mantas y cobertores, mesas, sillas y muebles de utilidad dudosa, una máquina de coser, trapos, cuadros, retratos, pinturas al óleo, a la cera, a la acuarela y al carboncillo; figuritas y jarrones, camas completas. Viviendo ocho en casa no hubiéramos podido dar uso a todo aquello. Todo acabó, amorosamente comprimido, en un enorme armario empotrado que pasó a ser la habitación más aprovechada de la casa.

Pasaron los meses y empecé a preguntarme por qué tenía yo que usar ese armario, que bien podría usar para otras cosas, en almacenar las pertenencias de mi casera. Un día la llamé para pedirle que sacase todo aquello de mi casa, habiendo planeado ya millones de respuestas para sus millones de posibles objeciones, pero no opuso resistencia alguna: me dio carta blanca para deshacerme de todo a mi antojo.

En fin, pronto me di cuenta de que no iba a ser tan fácil. Ya no recordaba la cantidad de cosas que había metido en el armario. Al tratar de sacar algo, todo el mejunje de trastos parecía haberse amalgamado en un único bloque que se amoldaba perfectamente al interior del armario empotrado. Cuando conseguí, finalmente, sacar una pieza de un mueble que había desmontado, la cosa se fue volviendo más fácil.

No quería fatigarme con aquello, así que cada día me sumergía en el trastero empotrado y sacaba unos cuantos kilos de cosas que luego bajaba a los contenedores de la basura.

El problema surgió cuando encontré un título, enmarcado, a nombre del antiguo propietario de la vivienda (ya muerto). Al principio lo saqué del batiburrillo y no miré más para él. Saqué lámparas, patas de cama, tapetes de lana, cosas insospechadas, y luego me dio por leerlo.

MARCOS GARRIDO GUERRERO, decía, en grande, nada más verlo. Lo demás venía escrito más en pequeñito, pero aquél GARRIDO GUERRERO me aturdió un poco por su sonoridad de ultratumba. A pesar de que nunca en mi vida había conocido a MARCOS, y aunque el título en cuestión tampoco tenía mucho mérito, sentí cierto impulso a reconocer su gran logro: como un fósil que vuelve a la vida, traspasaba los ochenta años que nos separaban y me recordaba con cierta altanería que había conseguido titularse.

En fin, había que deshacerse de aquello. Puede que tuviera algún valor como artículo de colección, pero no tenía tiempo ni muchas ganas de averiguarlo y además era un marco completamente enorme, desproporcionado. Pensé en tirarlo según estaba, con lo demás, para que se lo llevaras los mozos de la basura. Luego pensé que no convenía mezclar el cristal que lo tapaba con los demás residuos, pero lo que en realidad quería evitar era dejar a GARRIDO GUERRERO tirado en la calle, como desnudo, expuesto a las miradas de cualquier a que pasara. Cogí una cuchilla y corté cuidadosamente toda la parte trasera para sacar el papel y tirar el resto. Todavía tuve que quitar unos cuantos clavos oxidados, lo que me costó bastante por una estúpida razón: a mitad de la tarea empecé a pensar que tal vez el reverso de aquel diploma tuviese algún tipo de inscripción, tal vez una nota manuscrita por su dueño que nadie llegó nunca a ver. Mejor aún –o peor aún-, puede que el propio encuadernador hubiera querido dejar constancia de algo y hubiera escrito algún tipo de información, un número de teléfono, una dirección, una confesión tal vez, a sabiendas de que una vez finalizado su trabajo nadie volvería a verla al menos hasta muchos años después. Todo esto, que parece ahora una gilipollez, me pareció entonces de lo más razonable. El ser humano se comporta de maneras extrañas.

Acabé teniendo el papel en mis manos y lo revisé ávidamente. La parte trasera resultó esperadamente decepcionante: este título está escrito en el registro de tal sitio, libro tal, folio cual. Bah.

Llegué a hacer el ademán de romper el papel. Por algún motivo no lo hice. Tiré lo demás, guardé el título en un cajón y me dediqué a otras cosas.

A los pocos días volví a mirar mi título. Bueno, no era mío pero me pertenecía. Era mío, por tanto, aunque no lo hubieran extendido a mi nombre. Cosas del lenguaje. Quiso la casualidad que hubiera encontrado algunas otras cosas de la época del señor GARRIDO GUERRERO –fotos de boda, de la jura de bandera, un permiso de conducir-, y tampoco las tiré. Más aún, las empleé para camuflar un poco el título, guardándolo todo junto. Me explicaba a mí mismo que estaba recuperando la memoria de aquel señor guardando sus cosas. Aunque, ¿para qué engañarme?, lo que me gustaba era su título. Tenía algo de imponente, de señorial. Fui a casa de mis padres y rebusqué entre mis papeles hasta encontrar los dos o tres certificados de estudios oficiales que había conseguido hasta entonces, pero me parecieron poca cosa. No tenían lo vetusto de mi título –que no era mío, ya me entendéis-, no tenían esa pátina de vejez, esa caligrafía esmerada, esa especie de seriedad burocrática. Me los llevé también.

Siempre he odiado tener certificados y orlas colgadas por las paredes. Dan la impresión de estar ahí para exhibirnos ante nosotros mismos. Por eso cuando, a los pocos días, un par de amigos vinieron a casa, se extrañaron de ver cuatro o cinco títulos en la pared del salón. Uno era notablemente más viejo que los demás. Expliqué apresuradamente que estaba ahí para ocupar esas alcayatas mientras conseguía algo más grande y mejor, pero que pensaba deshacerme pronto de todo ello. No sé si mi explicación les convenció. Como era de esperar, miraron el título más viejo con mucha más atención que los demás y, sin que preguntasen, dije que era de un familiar. Creo que ahí sí que no me creyeron, pero en fin.

Al final, y como era de esperar, me apropié del título. Si en lugar de GARRIDO GUERRERO pusiera mi nombre no me sentiría tan orgulloso de tenerlo en mi salón. Aunque he quitado los demás, ése sigue ahí. Les digo a las visitas que es mío. Lo he enviado, junto con algún documento más, a un par de empresas que me lo solicitaron para trabajar. No sé si GARRIDO es ahora yo o soy yo el que, al menos en parte, me he transmutado en él. Lo curioso de esta historia es que nadie, en ningún momento, ha mencionado el hecho de que no sea mi nombre el que aparece en mi título.


El viejo truco del malvado Presidente

Había una vez un malvado y tiránico gobierno que se mantenía en el poder, año tras año y década tras década. El Presidente, enfermo y malvado, imponía su voluntad de forma despótica, mientras los ciudadanos languidecían. Todos ellos querrían otro gobierno y otro Presidente, y sin embargo no hacían nada por librarse de su yugo. ¿Por qué? El gobierno temía a los ciudadanos. Sabía muy bien que, si todos ellos se unían, si todos se ponían de acuerdo y decidían acabar con sus injusticias, desmanes y atropellos, no tardarían más de una semana en acabar con el Presidente y sus Secuaces. Habían encontrado una solución, simple y eficaz, que llevaba siglos funcionando: poner a los ciudadanos en contra de sí mismos.

La idea era que las iras del pueblo se dirigesen contra el mismo pueblo. Así, cuando el Presidente quería subir los impuestos, echaba la culpa a los extranjeros, y todos odiaban a los extranjeros. Cuando quería bajar los sueldos, culpaba a los jubilados, y todo el mundo pasaba a odiar a los viejos. Si quería hacer que los policías pudiesen cometer ilegalidades, hacía que los pobres vigilantes de seguridad también fuesen policías. Esto último quiso hacerlo no se sabe muy bien por qué; pero lo hizo, y dejó que los trabajadores de tiendas y colmados pudiesen detener y cachear a los ciudadanos. Los guardias de tiendas y colmados no tenían ningún interés en absoluto en poder hacer estas cosas, encepto tal vez algún loco. Pero todo el mundo odió en el acto a los guardias, que eran trabajadores corrientes, como casi todo el mundo, y eso era lo importante. Era vital que nadie odiase al gobierno y al Presidente.

Los ciudadanos echaban pestes contra los guardias, y los guardias solo querían vivir tranquilos y trabajar, y atacaban a los policías y a los otros ciudadanos. Mientras, el Presidente y los Secuaces sonreían. El viejo truco había funcionado otra vez.


Una escandalosa Guía de la Buena Esposa de 1953 es… falsa

Una de las formas más eficaces de difundir una mentira por internet es recurrir a la facilidad humana para indignarse. Hoy os traigo una supuesta guía para ser una mujer perfecta presuntamente publicada en 1953. Otras fuentes hablan de los años 60. Hay incluso quien le atribuye una autora: Pilar Primo de Rivera, hermana del fundador de la Falange e hija del dictador Miguel Primo de Rivera. Con semejantes antecedentes familiares, no podemos esperar que Pilar fuese una progre liberal, y sí es cierto que tenía unas opiniones un tanto trasnochadas de lo que era ser mujer en la época (búsquese alguna de sus opiniones al respecto). Pero nunca escribió estos once consejos, porque estos carteles se hicieron… casi veinte años después de su muerte.

Primeramente, he aquí los carteles:

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Cosas raras que cualquiera con un mínimo espíritu crítico puede percibir:

Expresiones un tanto extrañas. ¿Luce hermosa? ¿Un listón en el cabello? Estas no son expresiones corrientes en España. Otras, como minimizar, no creo que se empleasen demasiado en los años 50.

El fondo de todos los carteles es exactamente igual, lo que sugiere un más que probable origen digital. No, en los 50 no había programas de edición gráfica como los de ahora.

¿Chimenea? ¿Copas de Martini? Difícilmente en los 50 estas cosas iban a estar al alcance de la mayor parte de la población.

La tipografía y el diseño de los carteles, aunque recuerdan el aspecto de la propaganda de décadas pasadas, no parecen ser reales. Por su aspecto general, el uso de muchas fuentes diferentes y los efectos del texto más bien parecen obra de un diseñador gráfico digital.

Todo lo anterior no dejan de ser conjeturas y podría ser que me equivocase, pero la última prueba es la definitiva. Esta es la entrada de la serie mexicana Las Aparicio, que se estrenó en 2010:

Claramente los carteles son capturas de las animaciones de la entrada. Alguien se inventó que eran parte de un manual para la buena esposa en la España franquista y la indignación y la credulidad hicieron el resto.


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