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La esquela

Aquella mañana ya se vaticinaba que algo extravagante iba a ocurrir, porque había soñado con cosas agradables, sospechosamente llenas de amistad y amor. Mucha gente tiene pesadillas que son espantosas en mayor o menor grado, pero en mis sueños suelo ser yo quien persigo y acoso a otros. Y eso que soy una persona razonablemente pacífica. En fin, los sueños son solo eso, sueños, y no tiene sentido sacar conclusiones precipitadas en base al contenido de los míos. Afortunadamente para mí.

El caso es que me desperté un poco confundido por aquellas floridas ensoñaciones y, a saber por qué, me sentí inquieto y a la espera de que algo raro ocurriera.

Ya casi había olvidado mi aprensión mañanera un rato después, en un bar cercano a casa, mientras leía un periódico local. En sentido estricto, no llegué a leer nada de aquel periódico, salvo una cosa: mi esquela. O, mejor dicho, una esquela en la que figuraba mi nombre, apellidos, fecha de nacimiento, todo. Nunca abro el periódico por atrás, igual que no se me ocurriría empezar un libro por el final, pero aquel día miré la última página sin verla realmente, hojeé un poco el diario y lo abrí distraídamente al azar, cerca del final. Posé la mirada en la página derecha –supe un día que nuestra vista se dirigía con preferencia hacia esa página, por lo que los anuncios en ella son más caros que en la izquierda; lo mismo que son más caros en la parte de arriba que en la inferior-, y allí vi mi nombre. Y justo después el primer apellido. Y, por si mi nombre y primer apellido, y más aún ambos juntos, no fuesen ya poco frecuentes, allí estaba el segundo apellido, como queriendo rematar el conjunto. Me quedé unos segundos mirando y asocié en el acto mi propio nombre al de un viejo, un anciano que por pura casualidad era mi tocayo. Pero no. Allí debajo estaba la fecha, y era la fecha de mi nacimiento. Bueno, y la de mi muerte, claro está, que coincidía con la fecha en curso.

Como en muchas situaciones inesperadas, reaccioné estúpidamente. “¡Qué curioso,” pensé, “qué curioso que se produzca una coincidencia así y todavía no me haya llamado nadie para ver si sigo vivo!”. Pero no, qué estupidez… ¿quién iba a llamar a un muerto? Cerré el periódico y lo dejé por allí, y enseguida alguien se lo llevó. Al poco salí del bar y cavilé sobre el hecho de que, a esas horas y a ojos de muchos, yo podía perfectamente estar muerto. Sonreí pensando en lo que dirían viejos conocidos del colegio. ¿Pensarían en drogas, accidentes de coche y suicidios, como pensaba yo cada vez que algún suceso parecido afectaba a alguien a quien conocía levemente? ¿O me verían incapaz de morirme de una de esas maneras y empezarían a echar la culpa al cáncer y a otras enfermedades dantescas? Pensar en conocidos me llevó a pensar en amigos cercanos y esto, a su vez, me hizo pensar casi en el acto que me habían gastado una broma demencial. ¿Qué se yo? Cosas peores se vieron. Lo que me extrañaba no era tanto que mis amigos hubieran publicado mi muerte, cosa que seguramente les parecería graciosa hasta lo indecible, sino que lo hubieran hecho sin que hubiese de por medio algún evento que lo justificase –como un descenso del Sella, o un San Patricio, o una boda, o cualquiera de las fiestas que solían acabar más mal que bien-.

De pronto quise leer de nuevo la esquela, y leerla entera, pues solo había mirado el nombre y las fechas. No se me ocurrió otra cosa que volver al bar, cuando hubiera podido conseguir el periódico en cualquier otro bar o, más lógicamente, en cualquier quiosco. Entré y no encontré el papel, lo cual me puso un poco nervioso. Sucedió entonces algo trivial en apariencia: un señor gordo, de unos cuarenta años y gafas de contable, chocó contra mí llevado por su propia inercia y no solo no se volvió a disculparse, sino que no pareció notar ni mi presencia ni el topetazo. Pude haber pensado que llevaba prisa y que debido a su, digamos, bovina complexión no había notado cómo me atropellaba, pero no: por un segundo pensé que quizá el muerto fuera realmente yo y vagase espectralmente por el mundo de los vivos. Por un momento sopesé la idea y, en ese instante, no resultaba tan terrible. Acabé desechándola porque, si bien es cierto que había dejado bastantes cosas por hacer, ninguna de ellas parecía tan importante como para justificar mi conversión en ectoplasma. Si comprar el pan o limpiar, de una maldita vez, las estanterías que hay sobre mi escritorio fuesen razón suficiente para que volviésemos como fantasmas, estaríamos asediados a todas horas por una neurótica colección de espectros ansiosos por pasar la fregona o llevar el coche al taller. No, era poco probable.

Sonó el teléfono. Era un amigo con el que hacía años que no cruzaba más que un hola o un adiós. Ni siquiera recordaba tener su número.

– Sí -dije más que pregunté.

– Esto, hola, esto… -masculló él.

– Ejem, dime. Dime.

– Bueno, nada. Estaba leyendo el periódico y, bueno, sale tu esquela -dijo con notable aprensión. Pensé que tal vez fuese un hombre con ideas raras en lo tocante a charlar con fallecidos o con sus espectros, pues hablaba con un tono tembloroso muy lejano al carácter fiestero que yo le había conocido. Supongo que nadie está preparado para llamar a un muerto.

– Sí, bueno, -dije yo con un tono despreocupado- ha debido ser un error del periódico, ya sabes.

Como hubo un silencio incómodo mientras meditaba, añadí:

– Sería cosa de un becario.

– Ah -dijo-. Bueno.

– Bueno. Pues nada, ¿qué tal por la carrera? -dije sin saber cómo continuar una llamada cuya causa había sido tan anómala.

Hablamos algo más, de cosas insustanciales, y pude ver que su actitud volvía poco a poco a la normalidad. Supuse que, sobre todo, por verse libre de una visita al tanatorio.

En fin, la llamada me había devuelto la fe en mi propia existencia y despreocupadamente quise darme una vuelta por la ciudad. No pasaron ni treinta segundos cuando volvió a sonar el móvil, y ahora era un amigo cercano. Lo saludé con un insulto, como era costumbre entre ambos, aunque sospechaba que la llamada iba a ser similar a la anterior.

– Oye, tío. Que vi tu esquela. Está en el periódico tu esquela

“Muy original”, pensé yo.

– Mira, sí, hoy sale una esquela de alguien que se llama igual que yo, se apellida también igual, y tiene la misma edad. Pero es una casualidad. Un error de un becario -dije, y tosí.

Se oyó un “ah” muy largo al otro lado de la línea, y luego mi amigo añadió alguna broma brutal sobre coronas de flores y consolar a mi mujer, que yo me tomé a chirigota pero luego, recapacitando, me hizo pensar con inquietud en lo que podría pasar en el hipotético caso de que yo me muriese de verdad.

No pude rumiar mucho aquello porque volvieron a llamarme. Era otro amigo de los más cercanos, y me extrañó especialmente su llamada porque sabía que estaba trabajando en la otra punta de España y yo sólo me había muerto en un periodicucho de provincias, como quien dice. No dudaba, por supuesto, que me llamaba únicamente por saber si aún vivía. Cogí la llamada casi con un gruñido.

– Sí, estoy vivo -dije a modo de saludo.

– Oyequetevienunaesquela -dijo él sin casi respirar, como si llevase toda la mañana tratando de condensar lo que quería decir en una frase con poco éxito; hubiera dicho lo mismo aunque se hubiese equivocado de número y hubiera llamado a su compañía de seguros.

En fin, ¿qué iba a hacer? Expliqué nuevamente la historia del becario inepto, que ya empezaba a creerme. Colgamos.

Pensé con cierto pánico que toda la gente que había visto la esquela llevaría toda la mañana dándole vueltas a lo que haría y diría y ahora, cuando todas sus mentes empezaban a llegar a conclusiones similares, empezaría el aluvión de llamadas. Pensé en apagar el móvil, cosa que descarté rápidamente por la crueldad que supondría si alguien me llamase preocupado.

Fue entonces cuando reparé en una cosa: ¿por qué llamar a un muerto? Me paré en mitad de la calle, enfadado por no haberlo pensado antes. Si sospechas que alguien está muerto, ¿no es lógico llamar a cualquiera excepto a él?

Y no debía serlo tanto, pues otra vez sonó el móvil. Lo cogí sin pararme a mirar quién era y solté:

– Mira: sigo vivo. Sé que alguien con quien comparto nombre, apellidos y edad ha muerto, pero el culpable es un becario que… -me detuve a mitad de la frase, que había empezado bien pero amenazaba con torcerse definitivamente hacia la confusión -. Estoy bien, bueno, al menos estoy vivo.

Aproveché la confusión del llamante para mirar en pantalla su identidad, y era una compañera de estudios a la que tampoco veía desde hace años y que seguramente tendría mi teléfono por haberme llamado una única vez para hacer un trabajo o conseguir unos apuntes haría cosa de una década. Me enfadé definitiva e instantáneamente al comprobar que me llamaban personas en un orden aparentemente aleatorio; primero un conocido, luego dos buenos amigos, ahora una excompañera de la que no podía recordar ni una triste anécdota.

– Y otra cosa -añadí con ímpetu-, ¿no es un poco absurdo llamar a un sospechoso de haberse muerto? ¡Coño, podías haber usado la ouija, ya puestos!

Ella, aturdida por esa respuesta inesperada, farfulló algo que no escuché –más bien no quise escuchar- y nos despedimos. No creo que me volviese a llamar, ni ese día ni ningún otro.

Pensé instantáneamente en mi madre, y mi cabreo aumentó varios puntos. Gente que estaba en el otro extremo del país se enteraba de mi muerte antes que mi querida madre. Intolerable, era intolerable. Apresuradamente llamé a casa de mis padres, donde no me contestó nadie; llamé entonces al móvil de ella y enseguida me saludó alegremente.

– Pero vamos a ver, mamá -dije-. ¿Es que me muero y no te enteras?

Ella respondió con un gruñido que sonaba como un “¿qué?” bastante largo, y casi pude verla parándose en seco y preguntándose qué me pasaba en la cabeza esta vez.

– ¡Coño, que está mi esquela en el periódico y ni me llamas!

– Pero ¿qué esquela?

– ¡La mía, la mía! -vociferé, creyendo que, puesto que la noticia se había extendido hasta los que estaban muy lejos, por fuerza tenía que haber llegado a los que vivían cerca. Luego me compuse y reparé en que estaba diciendo tonterías- Bueno, dije, no es la mía, pero como si lo fuera. A lo mejor el…

– ¿Cómo que como si lo fuera? -interrumpió

– … becario del periódico… -seguí yo, desesperado

– O es tuya, o no es, hijo

– … es que hay un becario que… -dije, antes de que mi supuesta explicación tocase fondo. Ya me estaba creyendo que había un becario maléfico dispuesto a convencer a todo el mundo de mi muerte -. Esto, mira, mamá, si te llama alguien preguntando si estoy vivo, dile que sí, que estoy. En fin, y yo aprovecho para decírtelo a ti también. Estoy vivo. ¡Hola!

Hubo un silencio en que casi se pudo escuchar como los engranajes cerebrales de mi madre trataban de encajar el golpe que suponía para ella tenerme como hijo. Yo había empezado a sudar.

– Oye, hijo. Hay mucha gente en el mundo. Tampoco es tan extraño que alguien se llame como tú; no es frecuente, pero puede ser.

– Sí, pero ¿por qué la gente me llama si sospecha que estoy muerto?

– Porque se preocupan por ti, hombre -dijo como si me estuviera explicando algo sobre los reyes magos.

– Ah. Bueno.

– A ver cuándo te pasas a comer un día de estos, anda.

– Sí, sí.

Colgamos y me sentí imbécil del todo. Al rato volvió a sonar el teléfono y ya no lo cogí, lo mismo que todas las demás veces. En su lugar, me fui a comprar el pan, no fuera que me muriese de verdad sin haberlo hecho y mi fantasma tuviese que volver por esa gilipollez, mientras hombres gordos le embestían sin reparar en él.


La decisión de Felipe

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Hola, Felipe.

Tu padre ha abdicado. Ahora te toca ser rey. Serás el nieto de un dictador, y no me refiero a tu abuelo biológico, sino al señor gracias al cual tu padre fue rey, y ahora lo serás tú. Tu padre fue hijo político de Francisco Franco, y tú ahora serás su nieto.

Estoy hablando como si ya fuerse cosa hecha, pero aún hay esperanza. Desde mi punto de vista, tienes una elección que hacer, y sólo una. Dependiendo de tu elección, todas las demás decisiones que tomes en tu vida serán bien las de un hombre libre y respetable o bien las de un autócrata anacrónico, empeñado a toda costa en mantener un sistema moribundo y medieval. Esa elección se reduce a dos opciones: una es ser rey; la otra es renunciar al trono y abrir el camino que lleva a la supresión de la monarquía en España y a la República.

Me gustaría que tomases la decisión correcta para tus conciudadanos. Cuál es la correcta… debes decidirlo tú.


El viejo truco del malvado Presidente

Había una vez un malvado y tiránico gobierno que se mantenía en el poder, año tras año y década tras década. El Presidente, enfermo y malvado, imponía su voluntad de forma despótica, mientras los ciudadanos languidecían. Todos ellos querrían otro gobierno y otro Presidente, y sin embargo no hacían nada por librarse de su yugo. ¿Por qué? El gobierno temía a los ciudadanos. Sabía muy bien que, si todos ellos se unían, si todos se ponían de acuerdo y decidían acabar con sus injusticias, desmanes y atropellos, no tardarían más de una semana en acabar con el Presidente y sus Secuaces. Habían encontrado una solución, simple y eficaz, que llevaba siglos funcionando: poner a los ciudadanos en contra de sí mismos.

La idea era que las iras del pueblo se dirigesen contra el mismo pueblo. Así, cuando el Presidente quería subir los impuestos, echaba la culpa a los extranjeros, y todos odiaban a los extranjeros. Cuando quería bajar los sueldos, culpaba a los jubilados, y todo el mundo pasaba a odiar a los viejos. Si quería hacer que los policías pudiesen cometer ilegalidades, hacía que los pobres vigilantes de seguridad también fuesen policías. Esto último quiso hacerlo no se sabe muy bien por qué; pero lo hizo, y dejó que los trabajadores de tiendas y colmados pudiesen detener y cachear a los ciudadanos. Los guardias de tiendas y colmados no tenían ningún interés en absoluto en poder hacer estas cosas, encepto tal vez algún loco. Pero todo el mundo odió en el acto a los guardias, que eran trabajadores corrientes, como casi todo el mundo, y eso era lo importante. Era vital que nadie odiase al gobierno y al Presidente.

Los ciudadanos echaban pestes contra los guardias, y los guardias solo querían vivir tranquilos y trabajar, y atacaban a los policías y a los otros ciudadanos. Mientras, el Presidente y los Secuaces sonreían. El viejo truco había funcionado otra vez.


Una escandalosa Guía de la Buena Esposa de 1953 es… falsa

Una de las formas más eficaces de difundir una mentira por internet es recurrir a la facilidad humana para indignarse. Hoy os traigo una supuesta guía para ser una mujer perfecta presuntamente publicada en 1953. Otras fuentes hablan de los años 60. Hay incluso quien le atribuye una autora: Pilar Primo de Rivera, hermana del fundador de la Falange e hija del dictador Miguel Primo de Rivera. Con semejantes antecedentes familiares, no podemos esperar que Pilar fuese una progre liberal, y sí es cierto que tenía unas opiniones un tanto trasnochadas de lo que era ser mujer en la época (búsquese alguna de sus opiniones al respecto). Pero nunca escribió estos once consejos, porque estos carteles se hicieron… casi veinte años después de su muerte.

Primeramente, he aquí los carteles:

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Cosas raras que cualquiera con un mínimo espíritu crítico puede percibir:

Expresiones un tanto extrañas. ¿Luce hermosa? ¿Un listón en el cabello? Estas no son expresiones corrientes en España. Otras, como minimizar, no creo que se empleasen demasiado en los años 50.

El fondo de todos los carteles es exactamente igual, lo que sugiere un más que probable origen digital. No, en los 50 no había programas de edición gráfica como los de ahora.

¿Chimenea? ¿Copas de Martini? Difícilmente en los 50 estas cosas iban a estar al alcance de la mayor parte de la población.

La tipografía y el diseño de los carteles, aunque recuerdan el aspecto de la propaganda de décadas pasadas, no parecen ser reales. Por su aspecto general, el uso de muchas fuentes diferentes y los efectos del texto más bien parecen obra de un diseñador gráfico digital.

Todo lo anterior no dejan de ser conjeturas y podría ser que me equivocase, pero la última prueba es la definitiva. Esta es la entrada de la serie mexicana Las Aparicio, que se estrenó en 2010:

Claramente los carteles son capturas de las animaciones de la entrada. Alguien se inventó que eran parte de un manual para la buena esposa en la España franquista y la indignación y la credulidad hicieron el resto.


Sobre el “monstruo marino” de Almería

A mediados de agosto apareció en la playa de Luis Siret, cerca de Cuevas de Almanzora (Almería). Algún bañista se topó con estos restos en descomposición, que parecen los de algún tipo de gran pez:

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Los restos miden unos cuatro metros de largo. Lo que más desconcertó a los espectadores eran esa especie de cuernos que parece tener el bicho. Sin embargo, dichos “cuernos” se encontraron separados del resto del animal, y los colocaron en la zona de la cabeza simplemente por costumbre para hacer la foto. Podían haber estado en cualquier parte del cuerpo de la criatura.

No es la primera vez que un cadáver de animal desconcierta a los testigos por tener “cuernos”, cuando sabemos que ningún animal marino los tiene. En los años 50 apareció en Egipto este ser:

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Aunque el animal desconcertó a propios y extraños con esos enormes “cuernos”, estos resultaron ser únicamente los huesos de la mandíbula inferior de una ballena en descomposición, que sobresalían a ambos lados de la cabeza.

El cadáver de Almería parece, a primera vista, de una pequeña ballena o tiburón. Los tiburones no tienen huesos, sino cartílagos. Debido al proceso de descomposición en alta mar, tanto las ballenas como los tiburones van perdiendo aletas y otras partes de su anatomía, haciéndolos difíciles de reconocer. Pero, ¿qué son esos cuernos?

El biólogo Chris Lowe, director del California State Long Beach Sharklab (un centro de investigación de tiburones y rayas) lo tiene claro: se trata del escapulo-coracoide, un hueso (cartílago, en este caso) que ayuda a soportar las aletas pectorales del tiburón. Se trata de un hueso con una función similar a nuestra escápula y clavícula, y todos los vertebrados poseen estructuras similares. En el caso de los tiburones suele tener una forma de U característica, como puede apreciarse en estas imágenes:

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Parece claro, por tanto, que estamos ante el cuerpo descompuesto de un tiburón de respetable tamaño. Los “cuernos” no deberían estar en la cabeza, sino más atrás, en la zona de las aletas pectorales.

NOTA (8/10/2013): un hallazgo muy similar se produjo hace un par de días en Alicante. La noticia aquí: http://www.diarioinformacion.com/alacanti/2013/10/08/el-extrano-monstruo-marino-en/1423382.html?utm_source=rss


Jamie Oliver y su cruzada contra el hidróxido de amonio de McDonald´s

Esta semana me ha llegado el siguiente texto, vía Facebook:

El chef Jamie Oliver ha ganado una batalla en contra de la cadena más grande de comida chatarra que existe en el mundo. Una vez que Oliver demostró cómo se hacen las hamburguesas, McDonald’s, la franquiciadora anunció que cambiará la receta.

De acuerdo a Oliver, las partes grasosas de la carne se “lavan” con hidróxido de amoníaco y luego se usan en la confección de la ‘torta’ de carne para rellenar la hamburguesa. Antes de este proceso, de acuerdo con el presentador, ya esa carne no era apta para consumo humano.

Oliver, chef activista radical, quién ha asumido una Guerra contra la industria de alimentos, dice: estamos hablando de carnes que hubieran sido vendidas como alimento para perros y después de este proceso se les sirve a seres humanos. Aparte de la calidad de la carne, el hidróxido de amonio es dañino para la salud. Oliver le dice a esto: “El Proceso de la Porquería Rosa”.

¿Qué ser humano en su sano juicio pondría un trozo de carne remojada en hidróxido de amonio en la boca de un niño?

En otra de sus iniciativas Oliver demostró como se hacen los nuggets de pollo: Después de seleccionar las ‘mejores partes’, el resto: grasa, pellejos, cartílagos, vísceras, huesos, cabeza, patas, son sometidos a un licuado –separación mecánica- es el eufemismo que usan los ingenieros en alimentos, y después esa pasta rosada por la sangre, es desodorada, decolorada, reodorizada y repintada, capeadas en melcocha farinácea y frita, esto es rehervido en aceites generalmente parcialmente hidrogenados, esto es, tóxicos.

En USA, Burger King y Taco Bell ya abandonaron el uso de amonio en sus productos. La industria de alimentos usa el hidróxido amonio como un agente anti-microbiano, lo que le ha permitido a McDonald’s usar en sus hamburguesas carne, de entrada no apta para consumo humano.

Pero aún más molesta es la situación que estas sustancias basadas en hidróxido amonio sean consideradas ‘componentes legítimos en procedimientos de producción’ en la industria de alimentos con las bendiciones de las autoridades de salud en todo el mundo. Así los consumidores nunca se podrán enterar de qué químicos ponen en nuestra comida.

Comida, productos químicos, y el nombre de una multinacional. Recordad bien estos tres elementos porque cada vez que veais una noticia que contenga los tres, será, casi invariablemente, falsa.

A día de hoy existe un rechazo muy fuerte y completamente irracional hacia los productos químicos, que se manifiesta frecuentemente en forma de noticias como esta. Jamie Oliver es un tío campechano, le gusta comer bien, y no hay más que ver su programa para comprobar que le encanta la comida elaborada con esmero, cariño y dedicación. Entiendo que por eso mismo no sea muy partidario de McDonald´s y demás cadenas de comida rápida. Pero, por desgracia, todo esto no hace que tenga razón en sus críticas hacia la química en general y el pobre hidróxido de amonio en particular.

El hidróxido de amonio es, simplemente, amoniaco diluido en agua. El amoniaco se encuentra en la naturaleza y muchos procesos naturales lo producen: las plantas, la descomposición de los animales, los procesos químicos de las bacterias… El amoníaco es necesario para la vida en nuestro planeta. El amoníaco puede ser tóxico. Podéis ver la ficha de datos del amoníaco aquí.

¿Por qué se le echa amoníaco a la carne? En primer lugar, no se le echa amoníaco. En la industria alimentaria lleva muchos años usándose el hidróxido de amonio en multitud de alimentos: no solo en carnes, sino también en pasteles, gelatinas, productos horneados, quesos, caramelos, púdines, frutas y verduras, huevos, pescados… Si queréis saber exactamente qué alimentos llevan este aditivo, podéis reconocerlo porque también se conoce con el código E-527. En el caso de la carne, se emplea como antimicrobiano. Impide que crezcan microorganismos porque cambia ligeramente el PH de la carne, haciendo que diversos microbios y bacterias la encuentren de lo más incómoda para vivir. La más conocida de las bacterias es la Escherichia coli, presente en los intestinos de los animales, es tan frecuente y tan resistente que causaba muchísimas intoxicaciones alimentarias; con el uso de sustancias químicas como el hidróxido de amonio, se consigue que la Escherichia no esté en la carne que nos comemos. Aún así, las intoxicaciones alimentarias no son del todo raras. En EE.UU, por ejemplo, hay 26.000 por cada 100.000 habitantes, al año. En el resto de países industrializados el porcentaje de afectados también ronda el 30%. ¿Os imagináis cuánto más frecuentes y graves serían si no usásemos productos químicos para tratar los alimentos? No hace falta imaginarlo: en los países del tercer mundo, las enfermedades causadas por comer alimentos y beber agua en mal estado producen millones de muertes al año. Las diarreas causadas por estas infecciones matan cada año a casi dos millones de personas y son una de las principales causas de muerte en niños menores de 5 años de países en desarrollo.

En segundo lugar, y como nota curiosa, más del 80% del amoníaco que produce el ser humano se emplea como abono en la agricultura. O sea que cuando Jamie Oliver nos anima a exigir la retirada del hidróxido de amonio de la industria cárnica está olvidando que un porcentaje enorme de los seres humanos podemos comer gracias a que el amoníaco se emplea como abono y nos permite tener más y mejores cosechas. Y esto lleva haciéndose muchísimo tiempo.

¿Es peligroso el hidróxido de amonio o el amoníaco? Pues hombre, depende. Ya en 1974 la Food and Drug Administration, que es quien determina lo que se puede y no se puede comer en EE.UU., dictaminó que el hidróxido de amonio, usado correctamente en la industria alimentaria, no tenía ningún efecto nocivo. Y esto tras una exhaustiva revisión de estudios y casos. Otra cosa es que, si hay una fuga en una fábrica de amoníaco, o si uno se cae en una cuba llena, o si respiramos gas de amoníaco, pues sí, entonces será nocivo… Es como el agua: uno puede beberse dos litros en un día, pero se ahogará si se cae en mitad de un lago.

Otra cosa es que la carne empleada por las cadenas de comida rápida sea de mejor o peor calidad que la que uno compra al charcutero del barrio. Ahí ya no entro, aunque no creo que haya mucha diferencia. No hay duda de que, si comemos todos los días en un McDonald´s, nuestra salud se resentirá. Pero si a mí me dan a elegir entre un filete cortado de una vaca “casera” y otro tratado convenientemente, con Hidróxido de Amonio y con lo que haga falta… me quedo con el segundo.

PD: no he encontrado en ninguna fuente fiable eso de que McDonald´s haya tenido que retirar dicho componente de su carne.


La roca, un cuento hindú

Imagina una isla desierta, una isla pequeña en los mares del sur, tan pequeña que ni siquiera figura en los mapas. En esa isla hay una playa de arena blanca, y en esa playa hay una enorme roca. La roca esta allí desde hace miles y miles de años, con el paso de los siglos y milenios le ha ido sucediendo algo maravilloso…

La roca sufre los embates de los elementos: las mareas altas y bajas, las lluvias y los vientos, las tormentas y las tempestades, los huracanes y los ciclones, los tornados y los tifones, las trombas marinas e incluso los maremotos.

Pues bien, lo notable y maravilloso que le ocurre a la roca es que a pesar de las mareas altas y bajas, las lluvias y los vientos, las tormentas y los tifones, las trombas marinas e incluso los maremotos… la roca esta cada vez mas suave y pulida, con lo cual recibe más y mejor la tibia protección del sol de la primavera.

La roca ha perdido todas las aristas, está muy suave… y la roca posee una profunda paz interior. Y esto es gracias a la sabiduría adquirida… Es curioso que hable de la sabiduría de una roca, pero lo cierto es que hoy la roca sabe a ciencia cierta que no importa cuán fuerte sople el viento o arriece el temporal: en poco tiempo más… días… semanas… inevitablemente volverá a salir el sol… y este conocimiento permite a la roca tener esa profunda paz interior.


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