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Doce medidas para revivir nuestra economía

¿Se puede crear empleo, distribuir riqueza, ayudar a crear empresas y salir de esta penuria económica? Sí, se puede. Por lo visto la única forma que tiene este gobierno de intentarlo es a base de recortes. Se recorta en todo, de forma obsesiva e irreflexiva, sin distinguir lo que es un gasto de lo que es una inversión. Parece poco lógico que se pretenda reflotar un país medio arruinado cerrando aún más el grifo de los euros. No hay política económica que sobreviva si no hay dinero.

Al grano:

–       Luchar, por todos los medios y sin restricciones, contra la economía sumergida y el fraude fiscal. La economía sumergida en España representa entre el 20 y el 25% del PIB del país. El estado debe emplear todas las armas de que dispone en esta lucha. Si los recursos son insuficientes, comenzar por los grandes defraudadores y continuar descendiendo en la escala, hasta llegar al fraude cotidiano de “ayudar al amigo en la tienda” o las consabidas facturas falsas de escaso monto. Todo ello mientras se forman y seleccionan nuevos auditores e inspectores. Castigos ejemplares a los defraudadores, aunque el proceso cueste más que la cantidad defraudada: se enviará así un mensaje a posibles futuros defraudadores y se extenderá, de una maldita vez, la idea de que el fraude se paga.

–       Aumentar la eficacia de la inspección de trabajo. Hay que doblar o triplicar en número de inspectores, facilitar la denuncia (con fuerte castigo a quien denuncia dolosa y falsamente) y realizar inspecciones completas y no vistazos rápidos que no detectan nada. No solo ha de comprobarse el cumplimiento de la ley sobre el papel, sino constatar, sobre el terreno, que lo escrito se cumple (medida especialmente eficaz en incumplimientos de la Ley de Prevención de RR.LL.).

–       Saldar las deudas del Gobierno con empresas y proveedores a muy corto plazo (¿dos meses?, ¿tres?). Como bien dijo Rajoy hace poco, no se puede vivir en un país donde la gente no paga. Debería aplicarse  el cuento y saldar los miles de millones que el Estado debe a millones de empresas y particulares. No puede ser que una empresa tenga que esperar un año para cobrar de su ayuntamiento, porque el dinero que se le adeuda podía haber sido usado durante ese año para contratar trabajadores, pagar a proveedores, comprar nuevos equipos, etc.

–       CERO rescates a entidades bancarias (o a cualquier empresa, para el caso) que quiebren debido a la pura y ciega avaricia. Véase el caso de Islandia, donde los principales bancos del país se lanzaron a un círculo vicioso de inversión y refinanciación que por poco lleva a la ruina al país. Ni todo el dinero del estado habría logrado rescatarlos, tan grande era la deuda que habían contraído. Si una empresa no es capaz de pagar a sus acreedores y no genera ingresos que la mantengan, desaparece, así de simple. Puesto que no hay medidores de avaricia, habrá que controlar la deuda que van contrayendo los bancos: si supera su capacidad de pago, se le prohíbe seguir endeudándose.

–       Controlar las deudas de los bancos por parte del Banco de España. Sí, ya sé que en teoría ya se hace, pero ha de ser un  control estricto y continuo. Es inconcebible que haya un banco cuya valoración real sea cientos de veces inferior al valor de sus acciones, o cuya deuda sea más grande que el PIB de su país (de nuevo me remito al caso de Islandia).

–       Prohibición a las agencias de calificación o rating de operar en España, esto es, publicar datos sobre agencias españolas. Los estudios sobre las cuentas de una empresa los harán auditories sujetos a las correspondientes responsabilidades y deberes legales, y no una agencia periodística como son las empresas de rating.

–       Anular cualquier beneficio fiscal que se aplique a cualquier confesión religiosa, mantenido hasta ahora por la mera costumbre o por respeto a tradiciones ancestrales y anacrónicas. Un estado aconfesional no puede regalar millones de euros a una religión, bien en forma de subvenciones directas, bien en forma de exenciones al pagar el IBI y otros impuestos. El que quiera religión, que la pague, igual que paga el que quiere ir al gimnasio o al cine. Que las iglesias se autofinancien y los edificios de interés histórico o cultural sen mantenidos y gestionados por el Estado o las Comunidades Autónomas. Los turistas van a seguir viniendo a ver nuestras catedrales.

–       Controlar férreamente los gastos de los Ayuntamientos. No puede ser que las empresas hinchen vilmente todo presupuesto que presentan a la Administración, a sabiendas de que aceptará. Y eso que ahora mismo muchas empresas se quejan porque tienen que bajar muchísimo los precios de sus ofertas para que los ayuntamientos les concedan los trabajos, pero esto es más bien una vuelta al sentido común y el fin del despilfarro que imperaba hasta hace muy poco. Un ejemplo visto en mi ciudad: se asfalta una calle de unos 200 metros, con aceras y baldosas nuevas. La obra dura muchos meses y su precio resultó cercano al millón de euros. Una máquina asfaltadora estuvo semanas, meses tal vez, aparcada en la obra, cuando una máquina de este tipo se alquila previendo los días en que se va a asfaltar y solamente por esos días. Es incomprensible tenerla parada semana tras semana, pagando el alquiler correspondiente. Toda empresa constructora evita tener máquinas paradas como si fuera la peste, pero por lo visto al ayuntamiento no le importaba. ¿Nadie se percató de eso? ¿Cuánto podemos ahorrar si alguien se para a examinar no solo el precio de las ofertas, sino que el dinero se gaste con la máxima eficiencia?

–       Reducir los contratos laborales a dos tipos: indefinido y temporal. No puede haber estabilidad económica en un país en el que hay treinta y pico tipos de contratos. Si una empresa necesita a un trabajador, lo necesita y punto: contrato indefinido. Si necesita a ese trabajador para una labor puntual, determinada, bien definida y que se prevé que vaya a terminar en algún momento (como construir un edificio o reforzar la tienda en la campaña de navidad), entonces se le contrata para esa labor: contrato temporal o por obra. Así de simple. La variedad de contratos actual sirve únicamente para que las empresas contraten en función de la bonificación que van a recibir, lo cual es aberrante: en lugar de pensar en la eficacia, en un buen profesional, en alguien con conocimientos y ganas de aprender, de desarrollarse, se buscan “personas con minusvalía del 33%” o “mujeres mayores de 35 años”. ¿Alguien se cree que, contratando con estos criterios, la productividad puede aumentarse trabajando más horas?

–       Reducir la jornada de trabajo a 35 o menos horas. Se redistribuye así la carga de trabajo y se favorece que se contrate a más gente, en lugar de hacer trabajar más a los que ya están contratados.

–       Prohibir completamente las horas extras, salvo por fuerza mayor. Se ha demostrado sistemáticamente que ni los empresarios ni los trabajadores saben sacar provecho de las horas extras. Solución: eliminarlas por completo. Si una empresa necesita que un trabajador se quede más horas cada día, una vez tras otra, entonces necesita contratar a alguien más. El Instituto Nacional de Estadística reveló hace poco que con las horas extras que los trabajadores hacen y las empresas no pagan, se ahorran casi 70.000 puestos de trabajo a jornada completa. Esta prohibición nos llevaría a controlar y respetar los horarios de entrada y salida de nuestro puesto de trabajo, acabando así con el infernal e inútil presentismo. Llegada la hora de salida, tonto el último y hasta mañana.

–       Invertir en investigación, en ciencia, en experimentación, en definitiva: invertir en cerebros. ¿Cuánto? No lo sé. Estamos en el puesto 18 de 27 miembros de la UE en I+D, y eso es poco. El Estado tiene que invertir en patentes, en inventos, en vacunas nuevas. Y digo el Estado, no un banco o una caja o un supermercado. Los beneficios que luego generen esas patentes (y sabemos que cada euro invertido en ciencia retorna, como poco, dos euros) tienen que redundar en beneficios públicos y no privados. Si hace falta traer cerebros extranjeros, se les seduce con buenos puestos y sueldos apropiados. Que España sea referente en el campo de la investigación, ¿por qué no? ¿Tal vez podríamos reinvertir esos millones que nos deben las religiones en concepto de IBI? El presupuesto en I+D+i total en España en 2011 fue de unos 8.600 millones de euros (recordemos que Bankia recibirá 7.000 millones este año), y representa el 1,37% del PIB. Cada año desde hace varios se invierte un 12-15% menos, cuando debería ser al revés. España tiene el objetivo de invertir un 2% pero necesitamos más, mucho más. EE.UU., Japón, Corea del Sur, Taiwán, países punteros en el campo, invierten alrededor de un 3% de su PIB.

Estoy abierto a todas las correcciones que se me hagan. Es más, si no recibo algún varapalo empezaré a creer que, o bien nadie me lee, o bien a mis lectores no les funcionan los teclados.


Una oferta de trabajo ilegal

Pululaba yo el otro día por los mares de Infojobs, cuando una oferta de trabajo llamó mi atención, vete a saber por qué motivo. Anunciaba un trabajo de teleoperador, que no me interesa lo más mínimo, pero la empresa que lo publicaba había salido en una conversación unos días antes y no se había hablado precisamente bien de ella. Por curiosidad, hice clic.

Era una oferta más de  tipo comercial, pero me llamó la atención esta parte:

 

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“Contrato de prueba de 30 días”. No existen contratos de prueba. Lo que hay, en los contratos laborales, es un período de prueba que puede ser más o menos largo (desde 15 días a meses). Durante este período la empresa puede echar al trabajador sin preaviso y sin indemnización, por no encajar bien en el puesto. O porque al jefe le sale de los cojones, también sirve.

“Superada la prueba contrato laboral”, es decir, te hacen un contrato ÚNICAMENTE DESPUÉS del primer mes.

¿Qué esperar de una empresa que ya en la oferta de trabajo te promete trabajar sin contrato, y probablemente sin sueldo, un mes? ¿Cómo es posible que una empresa, sea grande o pequeña, se atreva a publicar que tiene gente sin contrato, sin dar de alta, sin cotizar, en otras palabras, que está defraudando? Esto, señores, sólo es posible en España, donde saben que tendrán una cola de desgraciados listos para pasar por la humillación que haga falta con tal de tener un trabajo, y que ni la autoridad laboral, ni los trabajadores, ni los sindicatos les van a toser. Y, ojo, digo “desgraciados” porque estar sin trabajo es una desgracia que sufrimos muchos. “Hombre”, me dirá alguno, “puede que haya gente muy necesitada de dinero”. No me sirve. De este tipo de “trabajos” no lo van a sacar. No van a obtener ese dinero que tantísimo necesitan trabajando gratis.  

Y, como no podía ser de otra forma, un poco más abajo vemos esto:

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Más de 700 almas han querido participar en esta tomadura de pelo. Un poco de amor propio y de dignidad, por favor. Hoy en día todo dios quiere darnos por el culo: no nos humillemos más nosotros mismos tomando parte en estos timos.

La oferta es ésta, la empresa es ANEXA, y me encantaría que intentasen rebatir lo que digo. Tal vez la oferta estaba mal redactada. Tal vez el que la escribió era un becario. Tal vez… qué sé yo.


Una historia con moraleja [29-M]

Contaré una pequeña historia.

Un matrimonio llega a su casa después de darse un paseo por su ciudad, aprovechando el solecito. Pero, en cuanto entran por la puerta, notan que algo va mal: no está cerrado con llave, hay marcas en la puerta, oyen ruidos en el salón. Cautamente, el señor se acerca a dicha estancia y allí ve a un par de individuos que se afanan en robarle cuanto tiene. Ya se han llevado la tele de plasma, el ordenador, el equipo de música y la termomix. Ahora uno de ellos se afana en encontrar todas las joyas de ella y el otro trata de arrastrar hacia la puerta una estatua de bronce que, además de pesada, parece valiosa.

El matrimonio, como es lógico, se espanta viendo esto. Su primera reacción es gritarles algo a los ladrones. Pero, mientras buscan rápidamente una frase apropiada, ambos se lo piensan mejor. ¿Para qué gritar? Total, seguramente los ladrones no les hagan caso y sigan a lo suyo. El caballero se plantea coger el atizador de la chimenea, o  el paragüero de hierro colado, y estampárselo a uno de ellos en el cogote. Pero, pensándolo bien, ¿de qué iba a servir? Seguro que, encima, él mismo acabaría en la cárcel por agresión o algo peor. Pensando frenéticamente, ambos convienen en que lo mejor es llamar discretamente a la policía y que pillen a los cacos con las manos en la masa. Ya están marcando el 092 cuando nuevamente se detienen: llamar… ¿para qué? Lo más probable es que los agentes se retrasen por el camino, estén ocupados en otra cosa, o no lleguen a tiempo por cualquier oscura razón. Y, aun suponiendo que llegasen a detener a los delincuentes, ¿qué importaba? Seguramente los soltarían a los dos días y volverían a las andadas. No, lo mejor era no llamar… ¿Y su hijo? ¡Claro, el chaval era despierto y fuertote, y él sabría que hacer! Y una vez más, decididos ya a hacer la llamada salvadora, se detienen… ¿No era frecuente que el chaval no pudiese contestar a sus llamadas debido a su trabajo? Tenía turnos bastante raros, y seguramente no podría atenderles. Era mejor no molestarlo inútilmente.

El matrimonio permanece quieto, apático, contemplando aquel robo grosero y apresurado. Mientras todo esto va pasando por su cabeza, los ladrones ya se han llevado todo cuando había de valor en la casa. El matrimonio los ve cargar su botín en una furgoneta que arranca a toda mecha. Se han quedado sin joyas, sin electrodomésticos, sin los ahorros de debajo del colchón. En días y meses sucesivos, se quejarían amargamente de ese injusto robo, de todo lo perdido, de la maldad de los ladrones. Y cuando alguien les preguntaba, incrédulo, por qué demonios no habían hecho nada, siempre decían lo mismo:

–       ¿Qué podíamos hacer?

Y esta es la historia. Lógicamente, os preguntaréis, ¿para qué nos cuenta esta chorrada? Pues para que vosotros podáis contársela al próximo que diga esto:

–       Yo no voy a la huelga el día 29. Total, ¿para qué?


Dinero y sanidad: un sorprendente estudio sobre la corrupción en el ámbito sanitario

Un impresionante mini-documental sobre la corrupción en el sistema sanitario de Cataluña.


Hecho por la revista cafeambllet, tras dos años de investigación. Tremendo.


De estado laico, nada

Ha vuelto a ocurrir. La Iglesia ha vuelto a meter baza en asunto públicos, con el beneplácito de administración, políticos y jueces. Como sin duda todo el mundo habrá escuchado ya, la profesora de religión Resurrección Galera ha ganado su batalla personal contra la Iglesia, que la había despedido de su puesto por haberse casado hace casi doce años con un señor divorciado. Ahora, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía le ha dado la razón y ha obligado a readmitirla. La noticia, que en un principio parece algo para celebrar, se vuelve indignante cuando se sabe que a quien condenó el TSJA es al Ministerio de Educación, es decir: a todos nosotros.

Esta señora dio clase de religión en varios colegios públicos y concertados de Almería durante años. El obispado la echó por demostrar una “falta de coherencia con la doctrina católica sobre el matrimonio”.

Yo no sé si esto pasa en algún otro país civilizado. Los profesores de religión son contratados por el Ministerio de Educación según las directrices del obispado de turno, y por lo visto también pueden ser despedidos bajo idéntico criterio. No tienen que seguir los mismos cauces de contratación que los demás, y esto ya es bastante surrealista. Después de doce años de pleitos, a esta señora hay que pagarle ahora entre todos, con dinero público, 200.000 euros, debido a los caprichos ideológicos de la secta católica.

Dice la Constitución Española:

Artículo 16.

1. Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la Ley.

2. Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias.

3. Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.

Esas “relaciones de cooperación” se referirán al anacrónico Concordato firmado entre España y el Vaticano allá por el 79. Cómo, ¿qué no lo sabías? Pues sí, España tiene firmados con el Vaticano acuerdos según los cuales la Santa Sede puede meter las narices en asuntos legales, económicos, militares y, lo que es más alarmante, en asuntos relacionados con la enseñanza y el adoctrinamiento. En Francia, sin ir más lejos, hace más de cien años que la ley prohíbe este tipo de concordatos.

 ¿España, aconfesional? Dejad que me ría. España se lleva mejor con la Iglesia en 2011 que en las primeras décadas del régimen franquista, y no es una forma de hablar. Por uno u otro motivo, ningún político ni dirigente español ha tenido el valor, el sentido común o la autoridad necesaria para dar un puñetazo sobre la mesa y acabar de una vez por todas con este acatamiento rastrero de los dictados de la secta más grande del mundo.


Homenaje a Simoncelli y Jobs

Los dos fallecidos de mayor impacto mediático de los últimos tiempos han sido Marco Simoncelli y Steve Jobs. Ambas muertes han sido muy sentidas en todo el mundo y millones de personas han hecho sus particulares homenajes, y siguen haciéndolos.

Yo propongo homenajearlos con un problema. Un problema de mates que habría que podríamos proponer a los chavales de nuestros colegios, o tal vez a los tertulianos de la tele, o a los parroquianos de un bar. Sin ánimo de meter dedos en llagas ajenas, os propongo plantearnos entre todos estas dos preguntas:

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La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que unos 920 millones de personas en el mundo sufren hambre. Se ha dicho en los últimos años que cada día mueren 25.000 personas de hambre en el mundo, la mayoría por desnutrición crónica.


El sorprendente accidente del Lago Peigneur

Ocurren a veces accidentes que parecen sacados de una historia de Mortadelo y Filemón: inundaciones de cerveza, aludes de melaza, explosiones de trigo… En fin, sucesos inesperados que a veces acaban en tragedia y a veces resultan cómicos.

Lo que voy a contar hoy ocurrió hace no demasiado tiempo, el 20 de noviembre de 1980. Situémonos en el estado de Luisiana, EE.UU., y concretamente en un pequeño lago rodeado de pueblos llamado Lago Peigneur. El Peigneur era un lago pequeño, de unos 5 km2 y de muy poca profundidad: no pasaba de los dos o tres metros en su punto más hondo. Desaguaba al golfo de México a través de un tranquilo canal de 15 km., el Canal Delcambe. Bajo el lago, y a kilómetros alrededor, se extendían grandes depósitos naturales de sal que llevaban muchos años siendo explotados por varias industrias. Los túneles iban horadando las enormes cúpulas subterráneas, y cuando se extraía toda la sal, las galerías iban quedando abandonadas. La Diamond Crystal Salt Company se encargaba de las perforaciones en la época.

El mencionado día de noviembre, varias barcazas de la petrolera Texaco estaban haciendo prospecciones en busca de petróleo en el lecho del lago. Siguiendo las indicaciones de los ingenieros, ponían la barcaza en un punto determinado y perforaban con una máquina que llevaban instalada a bordo. La broca iba penetrando en la tierra durante muchos cientos de metros, y así esperaban hallar petróleo.

Ocurrió, por supuesto, lo que alguno debió haberse temido… La cabeza perforadora, por un error de cálculo, entró por uno de los túneles de sal abandonados a más de 350 metros de profundidad. Los tripulantes de la barcaza notaron algo raro en el agua y las lanchas comenzaron a moverse de forma extraña. De pronto, el tranquilo lago comenzó a moverse impulsado por corrientes lentas pero imparables. Temiéndose lo peor, trabajadores y pescadores corrieron a todo correr hacia la orilla y desde allí vieron el espectáculo que se avecinaba.

El agua del lago entró en la mina con la presión de millones de litros de agua. Había en la mina 55 trabajadores que se encontraron de pronto en medio de un infierno de túneles inundados, sirenas de alarma y ascensores de emergencia. Ni uno de ellos murió, no obstante, gracias a un sistema de alarma y evacuación bien diseñado. La broca había hecho un agujero de 14 pulgadas de ancho, pero en cuestión de segundos la fuerza del agua lo ensanchó hasta convertir el lago en un vórtice que succionaba todo a su alcance. Podemos imaginarnos la situación como una enorme bañera a la que alguien le ha quitado el tapón, pero eso no se acercaría a la realidad. Una bañera no absorbe barcazas enteras bajo el agua, no arranca metros de orilla con sus árboles y casas y los subsume hacia las profundidades. La gente miraba aturdida como las minas se iban inundando. El agua, a medida que iba entrando con enorme presión, disolvía miles de toneladas de sal natural y creaba huecos que también había que llenar. El agua de todo el lago no era suficiente para inundar todas las galerías y cavernas que había debajo, pero la gravedad siguió haciendo de las suyas y el agua siguió fluyendo desde donde podía: el canal Delcambe. El flujo de agua hacia el mar empezó a ralentizarse, luego se detuvo y poco a poco el canal entero empezó a fluir hacia atrás. El golfo de México empezó a inundar el lago Peigneur mientras arrastraba todo lo que flotaba en las aguas –o simplemente estaba cerca de la orilla- hacia el gigantesco sumidero. Se tragó dos barcazas de perforación, árboles, camiones y vehículos, un pontón, viviendas, más de 250.000 metros cuadrados de terrenos y hasta un parking. Varios pontones y barcazas de transporte -un total de once- que estaban en el canal fueron arrastradas hacia el sumidero y desaparecieron bajo las aguas, atrapadas por una fuerza irresistible. Se calcula que más de 13.000 millones de litros de agua de mar inundaron los túneles durante los siguientes días. Tal fue la fuerza con la que el agua entró por el canal hacia el lago, que la erosión creó durante un par de días una cascada de 15 metros, la más alta de todo el estado de Luisiana.

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Barcazas y pontones siendo succionados

A medida que las cavidades subterráneas iban llenándose, el aire desplazado salió a presión en varios puntos cercanos, creando géiseres de 100 metros de alto que causaron nuevos destrozos. Un testigo describió la escena de esta forma: “hubo un enorme ruido como de aire a presión que venía de la mina. El agua entraba en ella más rápido de lo que el aire podía salir. Creó un geiser que se elevó 400 pies [120 metros], esparciendo agua y escombros por el aire”.

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La cascada que se formó cuando el canal empezó a inundar el lago

 

En un par de días, las aguas se calmaron. Cuando las galerías subterráneas se inundaron completamente, varias de las cosas que habían sido tragadas por el sumidero volvieron a la superficie. Nueve de las barcazas salieron perezosamente a flote, destrozadas, como un corcho soltado en el fondo de la bañera… El lago Peigneur, de tres metros de profundidad, se había convertido en un abismo de 300 y pico metros. Sus aguas se convirtieron en saladas de la noche a la mañana, y poblaciones enteras de especies se vieron arrastradas a un nuevo ecosistema en cuestión de segundos. Hoy en día, el lago sigue siendo de agua salada. Las causas del accidente nunca se esclarecieron totalmente, aunque se supone que los ingenieros de Texaco cometieron un error… catastrófico.

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Una casa abandonada, arrastrada en su día por las aguas

Hoy en día, las minas han cerrado y el subsuelo del lago se usa para almacenar gas natural a presión. Los vecinos, como es lógico, miran esta nueva iniciativa con cierta suspicacia.

History Channel tiene un reportaje sobre el tema, donde pueden verse algunas imágenes impactantes grabadas durante el accidente:


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