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La esquela

Aquella mañana ya se vaticinaba que algo extravagante iba a ocurrir, porque había soñado con cosas agradables, sospechosamente llenas de amistad y amor. Mucha gente tiene pesadillas que son espantosas en mayor o menor grado, pero en mis sueños suelo ser yo quien persigo y acoso a otros. Y eso que soy una persona razonablemente pacífica. En fin, los sueños son solo eso, sueños, y no tiene sentido sacar conclusiones precipitadas en base al contenido de los míos. Afortunadamente para mí.

El caso es que me desperté un poco confundido por aquellas floridas ensoñaciones y, a saber por qué, me sentí inquieto y a la espera de que algo raro ocurriera.

Ya casi había olvidado mi aprensión mañanera un rato después, en un bar cercano a casa, mientras leía un periódico local. En sentido estricto, no llegué a leer nada de aquel periódico, salvo una cosa: mi esquela. O, mejor dicho, una esquela en la que figuraba mi nombre, apellidos, fecha de nacimiento, todo. Nunca abro el periódico por atrás, igual que no se me ocurriría empezar un libro por el final, pero aquel día miré la última página sin verla realmente, hojeé un poco el diario y lo abrí distraídamente al azar, cerca del final. Posé la mirada en la página derecha –supe un día que nuestra vista se dirigía con preferencia hacia esa página, por lo que los anuncios en ella son más caros que en la izquierda; lo mismo que son más caros en la parte de arriba que en la inferior-, y allí vi mi nombre. Y justo después el primer apellido. Y, por si mi nombre y primer apellido, y más aún ambos juntos, no fuesen ya poco frecuentes, allí estaba el segundo apellido, como queriendo rematar el conjunto. Me quedé unos segundos mirando y asocié en el acto mi propio nombre al de un viejo, un anciano que por pura casualidad era mi tocayo. Pero no. Allí debajo estaba la fecha, y era la fecha de mi nacimiento. Bueno, y la de mi muerte, claro está, que coincidía con la fecha en curso.

Como en muchas situaciones inesperadas, reaccioné estúpidamente. “¡Qué curioso,” pensé, “qué curioso que se produzca una coincidencia así y todavía no me haya llamado nadie para ver si sigo vivo!”. Pero no, qué estupidez… ¿quién iba a llamar a un muerto? Cerré el periódico y lo dejé por allí, y enseguida alguien se lo llevó. Al poco salí del bar y cavilé sobre el hecho de que, a esas horas y a ojos de muchos, yo podía perfectamente estar muerto. Sonreí pensando en lo que dirían viejos conocidos del colegio. ¿Pensarían en drogas, accidentes de coche y suicidios, como pensaba yo cada vez que algún suceso parecido afectaba a alguien a quien conocía levemente? ¿O me verían incapaz de morirme de una de esas maneras y empezarían a echar la culpa al cáncer y a otras enfermedades dantescas? Pensar en conocidos me llevó a pensar en amigos cercanos y esto, a su vez, me hizo pensar casi en el acto que me habían gastado una broma demencial. ¿Qué se yo? Cosas peores se vieron. Lo que me extrañaba no era tanto que mis amigos hubieran publicado mi muerte, cosa que seguramente les parecería graciosa hasta lo indecible, sino que lo hubieran hecho sin que hubiese de por medio algún evento que lo justificase –como un descenso del Sella, o un San Patricio, o una boda, o cualquiera de las fiestas que solían acabar más mal que bien-.

De pronto quise leer de nuevo la esquela, y leerla entera, pues solo había mirado el nombre y las fechas. No se me ocurrió otra cosa que volver al bar, cuando hubiera podido conseguir el periódico en cualquier otro bar o, más lógicamente, en cualquier quiosco. Entré y no encontré el papel, lo cual me puso un poco nervioso. Sucedió entonces algo trivial en apariencia: un señor gordo, de unos cuarenta años y gafas de contable, chocó contra mí llevado por su propia inercia y no solo no se volvió a disculparse, sino que no pareció notar ni mi presencia ni el topetazo. Pude haber pensado que llevaba prisa y que debido a su, digamos, bovina complexión no había notado cómo me atropellaba, pero no: por un segundo pensé que quizá el muerto fuera realmente yo y vagase espectralmente por el mundo de los vivos. Por un momento sopesé la idea y, en ese instante, no resultaba tan terrible. Acabé desechándola porque, si bien es cierto que había dejado bastantes cosas por hacer, ninguna de ellas parecía tan importante como para justificar mi conversión en ectoplasma. Si comprar el pan o limpiar, de una maldita vez, las estanterías que hay sobre mi escritorio fuesen razón suficiente para que volviésemos como fantasmas, estaríamos asediados a todas horas por una neurótica colección de espectros ansiosos por pasar la fregona o llevar el coche al taller. No, era poco probable.

Sonó el teléfono. Era un amigo con el que hacía años que no cruzaba más que un hola o un adiós. Ni siquiera recordaba tener su número.

– Sí -dije más que pregunté.

– Esto, hola, esto… -masculló él.

– Ejem, dime. Dime.

– Bueno, nada. Estaba leyendo el periódico y, bueno, sale tu esquela -dijo con notable aprensión. Pensé que tal vez fuese un hombre con ideas raras en lo tocante a charlar con fallecidos o con sus espectros, pues hablaba con un tono tembloroso muy lejano al carácter fiestero que yo le había conocido. Supongo que nadie está preparado para llamar a un muerto.

– Sí, bueno, -dije yo con un tono despreocupado- ha debido ser un error del periódico, ya sabes.

Como hubo un silencio incómodo mientras meditaba, añadí:

– Sería cosa de un becario.

– Ah -dijo-. Bueno.

– Bueno. Pues nada, ¿qué tal por la carrera? -dije sin saber cómo continuar una llamada cuya causa había sido tan anómala.

Hablamos algo más, de cosas insustanciales, y pude ver que su actitud volvía poco a poco a la normalidad. Supuse que, sobre todo, por verse libre de una visita al tanatorio.

En fin, la llamada me había devuelto la fe en mi propia existencia y despreocupadamente quise darme una vuelta por la ciudad. No pasaron ni treinta segundos cuando volvió a sonar el móvil, y ahora era un amigo cercano. Lo saludé con un insulto, como era costumbre entre ambos, aunque sospechaba que la llamada iba a ser similar a la anterior.

– Oye, tío. Que vi tu esquela. Está en el periódico tu esquela

“Muy original”, pensé yo.

– Mira, sí, hoy sale una esquela de alguien que se llama igual que yo, se apellida también igual, y tiene la misma edad. Pero es una casualidad. Un error de un becario -dije, y tosí.

Se oyó un “ah” muy largo al otro lado de la línea, y luego mi amigo añadió alguna broma brutal sobre coronas de flores y consolar a mi mujer, que yo me tomé a chirigota pero luego, recapacitando, me hizo pensar con inquietud en lo que podría pasar en el hipotético caso de que yo me muriese de verdad.

No pude rumiar mucho aquello porque volvieron a llamarme. Era otro amigo de los más cercanos, y me extrañó especialmente su llamada porque sabía que estaba trabajando en la otra punta de España y yo sólo me había muerto en un periodicucho de provincias, como quien dice. No dudaba, por supuesto, que me llamaba únicamente por saber si aún vivía. Cogí la llamada casi con un gruñido.

– Sí, estoy vivo -dije a modo de saludo.

– Oyequetevienunaesquela -dijo él sin casi respirar, como si llevase toda la mañana tratando de condensar lo que quería decir en una frase con poco éxito; hubiera dicho lo mismo aunque se hubiese equivocado de número y hubiera llamado a su compañía de seguros.

En fin, ¿qué iba a hacer? Expliqué nuevamente la historia del becario inepto, que ya empezaba a creerme. Colgamos.

Pensé con cierto pánico que toda la gente que había visto la esquela llevaría toda la mañana dándole vueltas a lo que haría y diría y ahora, cuando todas sus mentes empezaban a llegar a conclusiones similares, empezaría el aluvión de llamadas. Pensé en apagar el móvil, cosa que descarté rápidamente por la crueldad que supondría si alguien me llamase preocupado.

Fue entonces cuando reparé en una cosa: ¿por qué llamar a un muerto? Me paré en mitad de la calle, enfadado por no haberlo pensado antes. Si sospechas que alguien está muerto, ¿no es lógico llamar a cualquiera excepto a él?

Y no debía serlo tanto, pues otra vez sonó el móvil. Lo cogí sin pararme a mirar quién era y solté:

– Mira: sigo vivo. Sé que alguien con quien comparto nombre, apellidos y edad ha muerto, pero el culpable es un becario que… -me detuve a mitad de la frase, que había empezado bien pero amenazaba con torcerse definitivamente hacia la confusión -. Estoy bien, bueno, al menos estoy vivo.

Aproveché la confusión del llamante para mirar en pantalla su identidad, y era una compañera de estudios a la que tampoco veía desde hace años y que seguramente tendría mi teléfono por haberme llamado una única vez para hacer un trabajo o conseguir unos apuntes haría cosa de una década. Me enfadé definitiva e instantáneamente al comprobar que me llamaban personas en un orden aparentemente aleatorio; primero un conocido, luego dos buenos amigos, ahora una excompañera de la que no podía recordar ni una triste anécdota.

– Y otra cosa -añadí con ímpetu-, ¿no es un poco absurdo llamar a un sospechoso de haberse muerto? ¡Coño, podías haber usado la ouija, ya puestos!

Ella, aturdida por esa respuesta inesperada, farfulló algo que no escuché –más bien no quise escuchar- y nos despedimos. No creo que me volviese a llamar, ni ese día ni ningún otro.

Pensé instantáneamente en mi madre, y mi cabreo aumentó varios puntos. Gente que estaba en el otro extremo del país se enteraba de mi muerte antes que mi querida madre. Intolerable, era intolerable. Apresuradamente llamé a casa de mis padres, donde no me contestó nadie; llamé entonces al móvil de ella y enseguida me saludó alegremente.

– Pero vamos a ver, mamá -dije-. ¿Es que me muero y no te enteras?

Ella respondió con un gruñido que sonaba como un “¿qué?” bastante largo, y casi pude verla parándose en seco y preguntándose qué me pasaba en la cabeza esta vez.

– ¡Coño, que está mi esquela en el periódico y ni me llamas!

– Pero ¿qué esquela?

– ¡La mía, la mía! -vociferé, creyendo que, puesto que la noticia se había extendido hasta los que estaban muy lejos, por fuerza tenía que haber llegado a los que vivían cerca. Luego me compuse y reparé en que estaba diciendo tonterías- Bueno, dije, no es la mía, pero como si lo fuera. A lo mejor el…

– ¿Cómo que como si lo fuera? -interrumpió

– … becario del periódico… -seguí yo, desesperado

– O es tuya, o no es, hijo

– … es que hay un becario que… -dije, antes de que mi supuesta explicación tocase fondo. Ya me estaba creyendo que había un becario maléfico dispuesto a convencer a todo el mundo de mi muerte -. Esto, mira, mamá, si te llama alguien preguntando si estoy vivo, dile que sí, que estoy. En fin, y yo aprovecho para decírtelo a ti también. Estoy vivo. ¡Hola!

Hubo un silencio en que casi se pudo escuchar como los engranajes cerebrales de mi madre trataban de encajar el golpe que suponía para ella tenerme como hijo. Yo había empezado a sudar.

– Oye, hijo. Hay mucha gente en el mundo. Tampoco es tan extraño que alguien se llame como tú; no es frecuente, pero puede ser.

– Sí, pero ¿por qué la gente me llama si sospecha que estoy muerto?

– Porque se preocupan por ti, hombre -dijo como si me estuviera explicando algo sobre los reyes magos.

– Ah. Bueno.

– A ver cuándo te pasas a comer un día de estos, anda.

– Sí, sí.

Colgamos y me sentí imbécil del todo. Al rato volvió a sonar el teléfono y ya no lo cogí, lo mismo que todas las demás veces. En su lugar, me fui a comprar el pan, no fuera que me muriese de verdad sin haberlo hecho y mi fantasma tuviese que volver por esa gilipollez, mientras hombres gordos le embestían sin reparar en él.

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Padre e hijo

Padre e hijo

Ambos, el padre y el hijo, eran animales de costumbres. El padre también era especialmente animal, aunque sin duda el hijo iría adquiriendo esa característica con el tiempo.

Todas las tardes hacían lo mismo: reñir. Pero lo hacían, como casi todo lo humano, siguiendo unas pautas que apenas variaban con el paso de los días. Los padres llegaban a la terraza del bar, pedían algo y se pasaban la tarde haciendo acto de presencia. Como casi todas las parejas que no acaban de conocerse y se sientan en una terraza, pasaban las horas en una solitaria compañía. Resultaba un alivio para ambos que hubiese algún partido interesante o una carrera de Fórmula 1 o de motos, porque eso los liberaba durante dos o tres horas del tedio de aparentar interés mutuo.

El chaval no pasaría de los ocho años y jugaba al fútbol en la plazoleta con otros como él. Todos ellos tenían nombres curiosos, que hace veinte años hubieran sido impensables: Kevin, Yago, Chris. Curiosamente, ninguno de los padres estaban a la altura de la supuesta sofisticación y modernez que sugerían los nombres de sus hijitos.

A una hora determinada el padre se levantaba, como cada día, para convertirse junto a su hijo en uno de los actores de la siguiente escena. Entraba en el bar, pagaba lo que debía y salía a reunirse de nuevo con su mujer, que a partir de aquí pasaba a ser una mera figurante. Llamaba entonces a su hijo por el nombre (no recuerdo si era Yago, Kevin o Sinforoso), con voz sonora, y éste le respondía obediente:

–          ¡El último tiro, papá! ¡El último tiro!

Esperaba el padre unos segundos, mirando a veces fijamente al hijo, comentando otras algo a su mujer, consultando tal vez la hora. Y, como cada vez, le gritaba al hijo:

–          Es la última vez que te lo digo. ¡La última!

Estas dos frases eran siempre idénticas, dichas ambas con el mismo tono, volumen y cadencia. Resultaba asombroso cómo conseguían articular las palabras con el mismo timbre, exacto, que el día o la semana anterior. Si ambos hubieran sido actores, no hubieran logrado tal precisión en sus ensayos. A partir de aquí se permitían variar ligerísimamente las palabras o la entonación, aunque sin salirse nunca de su guión.

–          ¡El último penalti, papá!, gritaba el hijo.

–          ¡No te lo vuelvo a repetir!, respondía cansinamente el padre.

El padre decía sus frases con gesto entre impaciente, hastiado y enfadado con su hijo. Si uno le quitaba el volumen al señor y se fijaba en sus gestos, diríase que estaba tratando de discutir con un policía o un inspector de hacienda, alguien a quien trataba de convencer de algo a sabiendas de que sus palabras seguramente iban a caer en saco roto, que casi no valía la pena intentarlo. Daba la impresión de que estaba actuando, pero no para una audiencia, sino para su hijo. Parecía querer convencer al niño de que era fuerte, autoritario, con energía sobrada para respaldar sus amenazas. En este sentido resultaba un penoso actor. Cada vez que repetía es la última vez, no vuelvo a repetirlo, su hijo iba aprendiendo justamente lo contrario. Los niños aprenden muy rápidamente algunas cosas que no queremos enseñarles.

La escena duraba entre cinco y diez minutos, repitiéndose este intercambio de frases una vez por minuto, más o menos. Una precisión más que notable. Finalmente, como atendiendo a una orden invisible que nada tenía que ver con su padre, el niño cogía el balón y los tres se iban juntos. Hasta la próxima actuación.


La decisión de Felipe

felipe rep

Hola, Felipe.

Tu padre ha abdicado. Ahora te toca ser rey. Serás el nieto de un dictador, y no me refiero a tu abuelo biológico, sino al señor gracias al cual tu padre fue rey, y ahora lo serás tú. Tu padre fue hijo político de Francisco Franco, y tú ahora serás su nieto.

Estoy hablando como si ya fuerse cosa hecha, pero aún hay esperanza. Desde mi punto de vista, tienes una elección que hacer, y sólo una. Dependiendo de tu elección, todas las demás decisiones que tomes en tu vida serán bien las de un hombre libre y respetable o bien las de un autócrata anacrónico, empeñado a toda costa en mantener un sistema moribundo y medieval. Esa elección se reduce a dos opciones: una es ser rey; la otra es renunciar al trono y abrir el camino que lleva a la supresión de la monarquía en España y a la República.

Me gustaría que tomases la decisión correcta para tus conciudadanos. Cuál es la correcta… debes decidirlo tú.


El título

Título

Cuando alquilé mi casa venía amueblada. “Amueblada” suele significar que viene con lo justo para pasar como un búnker de campaña aceptable, o un refugio paleolítico apañado. En mi caso sucedió lo contrario, ya que la señora me había dejado todo tipo de cachivaches por los rincones más insospechados de la vivienda. Había fundas de almohadas, mantas y cobertores, mesas, sillas y muebles de utilidad dudosa, una máquina de coser, trapos, cuadros, retratos, pinturas al óleo, a la cera, a la acuarela y al carboncillo; figuritas y jarrones, camas completas. Viviendo ocho en casa no hubiéramos podido dar uso a todo aquello. Todo acabó, amorosamente comprimido, en un enorme armario empotrado que pasó a ser la habitación más aprovechada de la casa.

Pasaron los meses y empecé a preguntarme por qué tenía yo que usar ese armario, que bien podría usar para otras cosas, en almacenar las pertenencias de mi casera. Un día la llamé para pedirle que sacase todo aquello de mi casa, habiendo planeado ya millones de respuestas para sus millones de posibles objeciones, pero no opuso resistencia alguna: me dio carta blanca para deshacerme de todo a mi antojo.

En fin, pronto me di cuenta de que no iba a ser tan fácil. Ya no recordaba la cantidad de cosas que había metido en el armario. Al tratar de sacar algo, todo el mejunje de trastos parecía haberse amalgamado en un único bloque que se amoldaba perfectamente al interior del armario empotrado. Cuando conseguí, finalmente, sacar una pieza de un mueble que había desmontado, la cosa se fue volviendo más fácil.

No quería fatigarme con aquello, así que cada día me sumergía en el trastero empotrado y sacaba unos cuantos kilos de cosas que luego bajaba a los contenedores de la basura.

El problema surgió cuando encontré un título, enmarcado, a nombre del antiguo propietario de la vivienda (ya muerto). Al principio lo saqué del batiburrillo y no miré más para él. Saqué lámparas, patas de cama, tapetes de lana, cosas insospechadas, y luego me dio por leerlo.

MARCOS GARRIDO GUERRERO, decía, en grande, nada más verlo. Lo demás venía escrito más en pequeñito, pero aquél GARRIDO GUERRERO me aturdió un poco por su sonoridad de ultratumba. A pesar de que nunca en mi vida había conocido a MARCOS, y aunque el título en cuestión tampoco tenía mucho mérito, sentí cierto impulso a reconocer su gran logro: como un fósil que vuelve a la vida, traspasaba los ochenta años que nos separaban y me recordaba con cierta altanería que había conseguido titularse.

En fin, había que deshacerse de aquello. Puede que tuviera algún valor como artículo de colección, pero no tenía tiempo ni muchas ganas de averiguarlo y además era un marco completamente enorme, desproporcionado. Pensé en tirarlo según estaba, con lo demás, para que se lo llevaras los mozos de la basura. Luego pensé que no convenía mezclar el cristal que lo tapaba con los demás residuos, pero lo que en realidad quería evitar era dejar a GARRIDO GUERRERO tirado en la calle, como desnudo, expuesto a las miradas de cualquier a que pasara. Cogí una cuchilla y corté cuidadosamente toda la parte trasera para sacar el papel y tirar el resto. Todavía tuve que quitar unos cuantos clavos oxidados, lo que me costó bastante por una estúpida razón: a mitad de la tarea empecé a pensar que tal vez el reverso de aquel diploma tuviese algún tipo de inscripción, tal vez una nota manuscrita por su dueño que nadie llegó nunca a ver. Mejor aún –o peor aún-, puede que el propio encuadernador hubiera querido dejar constancia de algo y hubiera escrito algún tipo de información, un número de teléfono, una dirección, una confesión tal vez, a sabiendas de que una vez finalizado su trabajo nadie volvería a verla al menos hasta muchos años después. Todo esto, que parece ahora una gilipollez, me pareció entonces de lo más razonable. El ser humano se comporta de maneras extrañas.

Acabé teniendo el papel en mis manos y lo revisé ávidamente. La parte trasera resultó esperadamente decepcionante: este título está escrito en el registro de tal sitio, libro tal, folio cual. Bah.

Llegué a hacer el ademán de romper el papel. Por algún motivo no lo hice. Tiré lo demás, guardé el título en un cajón y me dediqué a otras cosas.

A los pocos días volví a mirar mi título. Bueno, no era mío pero me pertenecía. Era mío, por tanto, aunque no lo hubieran extendido a mi nombre. Cosas del lenguaje. Quiso la casualidad que hubiera encontrado algunas otras cosas de la época del señor GARRIDO GUERRERO –fotos de boda, de la jura de bandera, un permiso de conducir-, y tampoco las tiré. Más aún, las empleé para camuflar un poco el título, guardándolo todo junto. Me explicaba a mí mismo que estaba recuperando la memoria de aquel señor guardando sus cosas. Aunque, ¿para qué engañarme?, lo que me gustaba era su título. Tenía algo de imponente, de señorial. Fui a casa de mis padres y rebusqué entre mis papeles hasta encontrar los dos o tres certificados de estudios oficiales que había conseguido hasta entonces, pero me parecieron poca cosa. No tenían lo vetusto de mi título –que no era mío, ya me entendéis-, no tenían esa pátina de vejez, esa caligrafía esmerada, esa especie de seriedad burocrática. Me los llevé también.

Siempre he odiado tener certificados y orlas colgadas por las paredes. Dan la impresión de estar ahí para exhibirnos ante nosotros mismos. Por eso cuando, a los pocos días, un par de amigos vinieron a casa, se extrañaron de ver cuatro o cinco títulos en la pared del salón. Uno era notablemente más viejo que los demás. Expliqué apresuradamente que estaba ahí para ocupar esas alcayatas mientras conseguía algo más grande y mejor, pero que pensaba deshacerme pronto de todo ello. No sé si mi explicación les convenció. Como era de esperar, miraron el título más viejo con mucha más atención que los demás y, sin que preguntasen, dije que era de un familiar. Creo que ahí sí que no me creyeron, pero en fin.

Al final, y como era de esperar, me apropié del título. Si en lugar de GARRIDO GUERRERO pusiera mi nombre no me sentiría tan orgulloso de tenerlo en mi salón. Aunque he quitado los demás, ése sigue ahí. Les digo a las visitas que es mío. Lo he enviado, junto con algún documento más, a un par de empresas que me lo solicitaron para trabajar. No sé si GARRIDO es ahora yo o soy yo el que, al menos en parte, me he transmutado en él. Lo curioso de esta historia es que nadie, en ningún momento, ha mencionado el hecho de que no sea mi nombre el que aparece en mi título.


El viejo truco del malvado Presidente

Había una vez un malvado y tiránico gobierno que se mantenía en el poder, año tras año y década tras década. El Presidente, enfermo y malvado, imponía su voluntad de forma despótica, mientras los ciudadanos languidecían. Todos ellos querrían otro gobierno y otro Presidente, y sin embargo no hacían nada por librarse de su yugo. ¿Por qué? El gobierno temía a los ciudadanos. Sabía muy bien que, si todos ellos se unían, si todos se ponían de acuerdo y decidían acabar con sus injusticias, desmanes y atropellos, no tardarían más de una semana en acabar con el Presidente y sus Secuaces. Habían encontrado una solución, simple y eficaz, que llevaba siglos funcionando: poner a los ciudadanos en contra de sí mismos.

La idea era que las iras del pueblo se dirigesen contra el mismo pueblo. Así, cuando el Presidente quería subir los impuestos, echaba la culpa a los extranjeros, y todos odiaban a los extranjeros. Cuando quería bajar los sueldos, culpaba a los jubilados, y todo el mundo pasaba a odiar a los viejos. Si quería hacer que los policías pudiesen cometer ilegalidades, hacía que los pobres vigilantes de seguridad también fuesen policías. Esto último quiso hacerlo no se sabe muy bien por qué; pero lo hizo, y dejó que los trabajadores de tiendas y colmados pudiesen detener y cachear a los ciudadanos. Los guardias de tiendas y colmados no tenían ningún interés en absoluto en poder hacer estas cosas, encepto tal vez algún loco. Pero todo el mundo odió en el acto a los guardias, que eran trabajadores corrientes, como casi todo el mundo, y eso era lo importante. Era vital que nadie odiase al gobierno y al Presidente.

Los ciudadanos echaban pestes contra los guardias, y los guardias solo querían vivir tranquilos y trabajar, y atacaban a los policías y a los otros ciudadanos. Mientras, el Presidente y los Secuaces sonreían. El viejo truco había funcionado otra vez.


La roca, un cuento hindú

Imagina una isla desierta, una isla pequeña en los mares del sur, tan pequeña que ni siquiera figura en los mapas. En esa isla hay una playa de arena blanca, y en esa playa hay una enorme roca. La roca esta allí desde hace miles y miles de años, con el paso de los siglos y milenios le ha ido sucediendo algo maravilloso…

La roca sufre los embates de los elementos: las mareas altas y bajas, las lluvias y los vientos, las tormentas y las tempestades, los huracanes y los ciclones, los tornados y los tifones, las trombas marinas e incluso los maremotos.

Pues bien, lo notable y maravilloso que le ocurre a la roca es que a pesar de las mareas altas y bajas, las lluvias y los vientos, las tormentas y los tifones, las trombas marinas e incluso los maremotos… la roca esta cada vez mas suave y pulida, con lo cual recibe más y mejor la tibia protección del sol de la primavera.

La roca ha perdido todas las aristas, está muy suave… y la roca posee una profunda paz interior. Y esto es gracias a la sabiduría adquirida… Es curioso que hable de la sabiduría de una roca, pero lo cierto es que hoy la roca sabe a ciencia cierta que no importa cuán fuerte sople el viento o arriece el temporal: en poco tiempo más… días… semanas… inevitablemente volverá a salir el sol… y este conocimiento permite a la roca tener esa profunda paz interior.


Los cuatro lectores

Necesito un pequeño ejercicio de imaginación por parte del lector. Imaginemos la siguiente escena: cinco personas, hombres y mujeres, están sentadas en la mesa de un bar, charlando animadamente. Póngase el tema de conversación que se quiera: política, fútbol o física, no importa. Resulta que a cuatro de las cinco personas presentes les gusta leer. Les encanta. Nunca salen de casa sin un libro metido en alguna parte de sus ropas y bolsillos. Uno de ellos lleva bajo el brazo las obras completas de Poe; una chica esconde en su bolso a Cortázar; el pesimista del grupo lee a Bukowski, y otra sujeta un espanto romántico de Rosamunde Pilcher, por ejemplo. Hay gente para todo.

Ocurre también que al quinto miembro del grupo no le gusta nada la lectura. Tal vez haya hojeado alguna vez el Tele Indiscreta o leído los titulares de El Mundo, pero nunca ha leído de verdad. Pero, en fin, como hablan de temas sin relación alguna con la literatura, no parece haber ningún problema. Él se lo pierde.

Llegado un momento ocurre lo siguiente. Los cinco lectores anuncian animadamente que se van a leer un rato. Los cinco se levantan a la par y salen del bar. Uno se sienta en un portal, otro se apoya en el marco de la puerta, alguno ocupa una silla de la terraza, y todos cogen sus libros y leen durante un ratito. De vez en cuando alguno comenta con una risa alguna ocurrencia del borracho Chinaski, o dice lo muy empalagoso que le resulta ese relato de Poe, Ligeia. Les gusta la literatura.

¿Y el quinto amigo? Observémoslo. Lo han dejado solo en mitad del bar, mirando la tele como un gilipollas o buscando algún periódico con el que parecer menos estúpido mientras sus amigos se dedican a leer. Pasados diez o quince minutos, los cuatro compañeros vuelven a entrar en el bar, riendo; se sientan de nuevo y la conversación prosigue como si nada. Ni rastro de arrepentimiento por parte de los lectores. No parece que su amigo les importe demasiado, a pesar de compartir la velada con él.

¡Qué situación más ridícula! ¿Se imagina alguien que le hagan eso en una reunión de amigos? Qué falta de respeto, diríamos. Qué mala educación, qué poca consideración por el desgraciado que se queda en el bar. No creo que a nadie en el mundo le sentase bien.

Sustituyamos los libros por un cigarrillo y ya verá el lector lo rápidamente que es abandonado en cualquier bar. Basta salir con cuatro fumadores para comprobar lo considerados que son con los que no fumamos.

Desde el punto de vista de un fumador una persona que intenta explicarle que el tabaco es una gravísima enfermedad es un obstáculo que se interpone entre él y su siguiente cigarro. Ni siquiera son conscientes de lo estúpido y demencial que resulta su comportamiento hasta que alguien se atreve a decírselo. He inventado esta pequeña historia de los cuatro lectores para utilizarla como ejemplo ante fumadores, tratando de que vean, por un momento, lo absurda que resulta la conducta de fumar y las indeseables consecuencias que tiene a nivel social –amigos, pareja, familiares, conocidos-. La he contado varias veces ante grupos de fumadores y no fumadores y hasta ahora nadie me ha ofrecido un argumento en contra. Muchos se sorprenden. No son conscientes de lo que hacen. Uno de los grandes peligros del tabaco es que no necesita que el fumador desee o decida fumar, ya que tiene un fuerte componente inconsciente, impulsivo, rutinario. Estoy convencido de que el 90 % del tabaco consumido en el mundo ni siquiera apetece.

También diré que los mismos que me dan la razón y reconocen que tienen “un hábito muy feo” (a pesar de que es una enfermedad potencialmente mortal) encenderán un cigarro y se pondrán a hablar del tiempo en cuanto salgan a la calle. El ser humano es sorprendente.


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