Archivo de la categoría: psicología

Blue Monday, un día como otro cualquiera

Seré breve: hoy no es el día más triste del año. La tristeza es algo subjetivo que cada persona experimenta de una forma particular.

El Blue Monday es un día absurdo inventado para una campaña publicitaria del programa británico de TV Sky Travel en 2005. La compañía escribió un supuesto estudio, que luego presentó a diversos profesionales, ofreciéndoles dinero a cambio de poner su firma en el. De esta forma podrían darle al “estudio” un aire de credibilidad. Finalmente fue el psicólogo y coach Cliff Arnall quien se prestó a ello. Supongo que necesitaría el dinero. Este estudio se publicó y muchos lo dieron por bueno. Sky Travel aprovechó el hecho de que Arnall había trabajado en la universidad de Cardiff para dar más empaque al engaño, pero la universidad pronto anunció en The Guardian que

“Cliff Arnall… fue profesor a tiempo parcial en la universidad pero se fue en Febrero” [antes de publicarse el “estudio”]

Además de todo esto, que ya debería hacernos dudar de la verosimilitud de cualquier publicación, el estudio era absurdo. Afirmaba que el día más triste del año es el lunes de la última semana de febrero y lo calculaba usando la siguiente fórmula:

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Tt = tiempo gastado en viajes o desplazamientos; D = retrasos; C = tiempo dedicado a actividades culturales; R = tiempo de relax; ZZ = tiempo durmiendo; St = tiempo que estamos estresados; P = tiempo haciendo maletas; Pr = tiempo preparando cosas.

En 2009, Arnall presentó una fórmula aún más ridícula:

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donde W= tiempo atmosférico, D= nuestras deudas, d= salario, T=tiempo desde Navidad, Q= tiempo desde que hemos incumplido nuestros propósitos de año nuevo, M= bajo nivel motivacional y Na= sensación de que necesitamos hacer cambios. Absurdo. ¿Cómo se mide todo esto? ¿Cómo se pueden meter en una misma fórmula conceptos tan diferentes? Es como dividir kilogramos entre minutos y multiplicarlos por amperios. Nos dará una cifra, pero una cifra sin sentido ni significado alguno.

El concepto de Blue Monday es risible y no científico. Se trata de un invento publicitario. Lo curioso es que miles de medios de comunicación han presentado hoy la noticia como si fuese verdad, como si realmente pudiera medirse la tristeza de un día y como si hoy fuese un día especial. Y no lo es.

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11 días sin dormir

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En 1963, Randy Gardner era un estudiante de enseñanza media, de 17 años de edad, con una idea ambiciosa para un proyecto de la San Diego Sciencie Fair. El 28 de diciembre se despertó a las 6 de la mañana para empezar. Cuando terminó 11 días más tarde (264 horas) había batido el récord del mundo de estar despierto continuamente bajo la atenta mirada de dos amigos y, durante los últimos 5 días, de de investigadores sobre el sueño fascinados por la experiencia. Randy no había utilizado drogas, ni tan siquiera cafeína. La experiencia no fue agradable. Randy rápidamente se sintió irritado, presentaba náuseas, tenía dificultades de la memoria e incluso después de dos días no podía ver la televisión. El cuarto día experimentó delirios leves y una fatiga abrumadora, y al séptimo día presentó temblores, su habla era farfullante y su EEG [elentroencefalograma] no mostraba ritmos alfa. Por fortuna, no llegó a experimentar una psicosis, pese a las predicciones de algunos “expertos”. Por el contrario, en su última noche despierto, derrotó a uno de sus observadores (mucho más descansado) en un videojuego de béisbol y en una conferencia de prensa nacional proporcionó una descripción muy coherente de sí mismo. Cuando por último se acostó, Randy durmió durante casi 15 horas de una tirada y después permaneció despierto 23 horas para esperar a que anocheciera y durmió otras 10 horas y media.Después del primer sueño, sus síntomas habían desaparecido en su mayor parte, y al cabo de una semana dormía y se comportaba normalmente.

Uno de los hechos más interesantes respecto a la terrible experiencia de Randy es que no provocó efectos deletéreos duraderos. No ocurre lo mismo en algunos animales que son privados de sueño. Si se mantiene despiertas a las ratas durante períodos prolongados, progresivamente pierden peso, al mismo tiempo que consumen mucha mayor cantidad de alimentos, se debilitan, acumulan úlceras gástricas y padecen hemorragias internas, e incluso mueren. Parece que experimentan un deterioro de su capacidad para regular la temperatura corporal y las necesidades metabólicas. La privación total de sueño no es necesaria. La pérdida prolongada de sueño REM es perjudicial. Estos resultados pueden implicar que el sueño proporciona algo esencial desde el punto de vista fisiológico.

Extraído del libro Neurociencia: Explorando el Cerebro. Un gran libro, por cierto.


La roca, un cuento hindú

Imagina una isla desierta, una isla pequeña en los mares del sur, tan pequeña que ni siquiera figura en los mapas. En esa isla hay una playa de arena blanca, y en esa playa hay una enorme roca. La roca esta allí desde hace miles y miles de años, con el paso de los siglos y milenios le ha ido sucediendo algo maravilloso…

La roca sufre los embates de los elementos: las mareas altas y bajas, las lluvias y los vientos, las tormentas y las tempestades, los huracanes y los ciclones, los tornados y los tifones, las trombas marinas e incluso los maremotos.

Pues bien, lo notable y maravilloso que le ocurre a la roca es que a pesar de las mareas altas y bajas, las lluvias y los vientos, las tormentas y los tifones, las trombas marinas e incluso los maremotos… la roca esta cada vez mas suave y pulida, con lo cual recibe más y mejor la tibia protección del sol de la primavera.

La roca ha perdido todas las aristas, está muy suave… y la roca posee una profunda paz interior. Y esto es gracias a la sabiduría adquirida… Es curioso que hable de la sabiduría de una roca, pero lo cierto es que hoy la roca sabe a ciencia cierta que no importa cuán fuerte sople el viento o arriece el temporal: en poco tiempo más… días… semanas… inevitablemente volverá a salir el sol… y este conocimiento permite a la roca tener esa profunda paz interior.


Curas en el hospital

No, no me refiero a ser curado en el hospital, sino al hecho de que haya sacerdotes cristianos en los hospitales. Gracias a uno de mis astutos contactos me entero de que en la Generalitat Valenciana se van a pagar 900.000 € al arzobispado por los servicios que los curas prestan en los hospitales. Esta cantidad se les paga a los sacerdotes por “arrendamiento de locales”, sea lo que sea eso, y por hacer una serie de rituales supersticiosos sin utilidad alguna desde el punto de vista terapéutico: extremaunciones, comuniones y demás pantomimas.

Para los que creáis que esto solo pasa en Valencia, os diré que el estado español paga a los curas que hay en los hospitales en cumplimiento de unos acuerdos firmados entre España y el Vaticano hace más de treinta años, y que lo hace a nivel estatal. Ocurre en todas las comunidades autónomas.

¿Tiene alguna justificación mantener a curas en un hospital? Muy poca. La única utilidad que un sacerdote tiene para un enfermo grave o terminal es el afecto, la cercanía de una persona que escucha tu problema. Entiendo que, en un trance de vida o muerte, cualquier compañía y comprensión es bienvenida, y estaré de acuerdo con cualquier persona, religiosa o no, que me diga que para el enfermo es mejor tener a alguien que esté con él que no tenerlo.

Sí, pero, ¿ese alguien tiene que ser un cura? Yo diría que en lo referente a la salud, hay dos tipos de cosas: las que funcionan, nos curan, y nos permiten vivir mejor, y las que ni funcionan, ni nos curan, ni nos permiten vivir mejor. Si lo que queremos es una persona que alivie los sufrimientos del enfermo y de sus familiares, entonces sin duda tenemos que recurrir a la psicología. Los psicólogos emplean técnicas que a lo largo de las décadas han demostrado una y otra vez su eficacia y se han ido perfeccionando (de hecho, aún siguen evolucionando y aún deben hacerlo mucho más). Los sacerdotes emplean rituales que se han perpetuado a lo largo de 2000 años, sin más fundamento que la costumbre y la credulidad de quienes los practican. Un psicólogo puede, a lo largo de varias sesiones, ayudarte a superar un duelo y a expresar de forma sana y eficaz los sentimientos de dolor y pérdida. Un cura puede hacerte sentir bien un día, pero sus hostias y genuflexiones no producirán cambio alguno en tu bienestar psicológico a largo o medio plazo. La psicología funciona; creer en un dios, no.

Imaginaos por un momento que, estando en la mesa de operaciones, el que coge el bisturí lleva alzacuellos. Y el de la anestesia es un monaguillo. ¿Os dejaríais operar en estas condiciones? Entonces, ¿por qué dejar en manos de esos personajes nuestra salud mental? Se me ocurren más preguntas. ¿Qué ocurriría si, en lugar de un sacerdote cristiano, los hospitales tuviesen un chamán animista de Nueva Guinea? ¿Y si el paciente en cuestión es musulmán, o protestante, o testigo de Jehová, o mormón? Y si un cura es también médico… ¿lo valorarían más los pacientes por una cosa o por la otra? Manteniendo a religiosos en los hospitales se produce una situación triste y alarmante: que una persona que acaba de ser curada gracias a la ciencia médica, que ha alargado nuestra esperanza y calidad de vida más allá de lo imaginable, se dedique a rituales y supersticiones sin fundamento animada por el sacerdote de turno.

Esperanza de vida


Fútbol y Fabra, Fabra y fútbol

Dos noticias me asaltaron hoy durante el telediario, ambas seguidas y en rápida sucesión: la primera tenía que ver con el proceso judicial a Carlos Fabra, presunto ladrón y mafioso que lleva OCHO años eludiendo un proceso judicial que ya ha consumido a OCHO jueces que hasta ahora no han hecho nada. El noveno juez, Jacobo Pin, ha denunciado presiones de la Audiencia de Castellón para que desestime el caso. Desde la Audiencia de Castellón, y en resumidas cuentas, se está haciendo todo lo posible para que Fabra se vaya de rositas, se olviden todas sus imputaciones y pueda seguir delinquiendo en graciosa manera.

La segunda noticia tiene que ver, lógicamente, con el España – Portugal de ayer. Miles de personas festejaban la victoria por las calles, vociferando y haciendo esas cosas que se nos permiten en estos casos (colgarse de las ventanillas de los coches, cortar carreteras y bañarse en fuentes: todos lo hemos hecho alguna vez). No hay nada intrínsecamente malo en salir a ver el partido de nuestra selección y festejar luego la victoria. A todo el mundo le gusta una noche de fiestorra aunque no caiga en fin de semana. No obstante, ambas noticias se presentaron con tan poco espacio entre ellas que no pude evitar unirlas mentalmente.

Imagináos a esas miles de personas que gritaban por las calles. 18 millones de personas vieron el partido, con prórroga, penaltis y todo. De todos esos millones, muchas estaban ya en la calle, agolpadas en terrazas y plazas, en el festival del Orgullo Gay, en auditorios, en todas partes. La calle era suya. Imagináos, como digo, toda esa pasión, todo ese esfuerzo, toda esa energía, enfocada única y exclusivamente a conseguir que Carlos Fabra sea investigado exaustiva e inmediatamente, sus presuntos delitos indagados hasta sus últimas consecuencias, y él mismo castigado de forma ejemplarizante en caso de ser culpable. O, mejor aún, que Fabra sea entregado a los ciudadanos para que apliquen sobre él su propia ley. Y, tras él, otro. Y otro. Enfocar el orgullo de ser español a exigir justicia, legalidad y transparencia, avasallar a la casta política hasta que las ilegalidades vergonzosas y manifiestas que cada día vemos a nuestro alrededor pasen a ser cosa del pasado. Enviar, con la fuerza de esos 18 millones de personas, el mensaje de que ya no se tolerarán más robos, de que España ya no se someterá de forma descerebrada, abyecta y cobarde a las exigencias de los mercados, de Alemania, de el primero que pase. Esa sí sería una visión gloriosa, histórica.

Algo así nunca ocurrirá.


El cine y el “Efecto Nostalgia”

Tengo esta discusión prácticamente cada vez que hablo con uno de mis amigos: tal película, ¿es buena o no?

¿Es posible hablar de cine sin parecer un hooligan de Bruce Willis o un repelente admirador de Lars Von Trier? En otras palabras, ¿hay alguna forma de decir si una peli es buena o mala sin caer en el gilipollismo?

Sí, hombre. Claro que la hay. Puede parecer que “saber de cine” es como “saber de colores”: hay muchos y, aunque te sepas sus nombres, nunca podrás decir si uno es mejor que otro porque cada persona tendrá sus gustos. ¿Es “mejor” el gris o el azul? ¿Es “peor” el rosa que el verde? No, esto no tiene sentido; sin embargo, hay formas medianamente objetivas de decir si una película es buena, está bien hecha, gusta, cuenta bien lo que pretende contar, como queramos decirlo.

La forma más básica de clasificar una peli es hacerse una simple pregunta: ¿nos gusta o no? Según este criterio, la peli que nos guste es buena; la que no, mala. Y cuanto más nos atraiga o nos repela, mejor o peor será. ¿Para qué complicarnos la vida? El criterio subjetivo es el más sencillo, es intuitivo, va unido a la sensación visceral que nos produce una película. Muy rara vez diremos que un film está bien cuando su visionado nos ha dejado indiferentes. Muy pocas veces decimos que una peli “es buena” si nos ha causado aburrimiento, indiferencia o enfado.

Hay otros criterios que permiten valorar una película. El guión, la forma de contar lo que quiere contar, el carisma (o falta de él) de los personajes, la fotografía y aspecto visual, los diálogos (si faltan, sobran o están en su punto), etc. Millones de cosas. Los críticos profesionales pueden evaluar todo esto con relativa facilidad, pero la mayor parte de la gente lo percibe a un nivel casi inconsciente. Por descerebrado que parezca el público en general, casi todos percibirán los fallos en el guión, los errores, las escenas “de relleno”, los personajes planos o sin interés, los fallos en los efectos especiales… Muchos grandes fracasos de taquilla se deben, simplemente, a que todos estos puntos negativos se han ido acumulando hasta hacer que el público, simplemente, pierda el interés por la película.

Pero estoy divagando y quiero hablar de un efecto que se produce habitualmente al hablar de viejas películas. A decir verdad, puede darse al hablar de cualquier otra cosa que tenga unos años de edad, y ni siquiera es necesario que haya transcurrido demasiado tiempo. Yo lo llamo Efecto Nostalgia: creer, sin razones para ello, que “todo tiempo pasado fue mejor”. Este efecto nostalgia resulta muy evidente al hablar de películas y series de la infancia o juventud. Cuando los treintañeros nos acordamos de Chicho Terremoto, Dragon Ball, Lupin, Los Aurones, Las Monstruoplantas o Heidi, se nos llena la boca de alabanzas hacia aquellas maravillosas series. Recordamos el combate de los Caballeros de Bronce contra Docrates con emoción o nos alborozamos con las ocurrencias de Chicho para seducir a Rosa. Pero, ¡ay de aquél que pretenda re-visionar aquellas cintas con los mismos ojos! Todos nos hemos dado cuenta de que las series que antes nos enloquecían ahora son, con suerte, entretenidas. No se aguanta el ritmo de los capítulos. Nos aburren algunas situaciones que se repiten una y otra vez, como clichés. ¿Qué pasa aquí?

Creo que la explicación a esto no se debe a que las obras queden desfasadas o a que las de ahora sean mejores (¡eso no!). Pienso que la explicación está en nosotros mismos: hemos cambiado, hemos envejecido, y los ojos que vuelven a visionar El Hidalgo de los Mares o El Desafío de las Águilas ya no son los mismos de hace 20 años. Al juzgar hoy obras de ayer, lo que estamos haciendo es comparar nuestra vida de entonces con nuestra vida de ahora. Y lo demuestra el hecho de que casi todos recordamos cómo y cuándo veíamos nuestras series favoritas. El bocadillo de nocilla, el viernes por la tarde, la casa de nuestros abuelos… En resumidas cuentas, el efecto nostalgia es juzgar cosas del pasado basándonos en cómo era ese pasado, y no lo que estamos juzgando.

La máxima expresión del efecto nostalgia puede verse tras el estreno de uno de esos remakes que tanto gustan.

[NOTA: iba a decir “los remakes que tanto gustan hoy en día”, pero sería mentir. Los remakes llevan muchas décadas haciéndose y son una forma de invertir en algo que ya funcionó una vez; no olvidemos que el cine es un negocio como otro cualquiera. Como ejemplos: Scarface (1983) es un remake de Scarface (1932); El Cabo del Miedo (1991) es un remake de El Cabo del Miedo (1962); Nosferatu, El Vampiro de la Noche (1979) es un remake del Nosferatu de Murnau (1922); La Cosa (1982), una de las mejores películas de terror-ciencia ficción de la historia, es un remake de El Enigma de Otro Mundo (1951); y así hasta el infinito… No nos creamos, pues, que empezaron a hacerse versiones de viejas glorias a partir del siglo XXI]

Cuando un remake o “actualización” de una película anterior se estrena, invariablemente surge la comparación con el original. En ocasiones, y esto es innegable, el remake es un truño sin ningún aliciente, como puede serlo cualquier otra película. Otras veces, el remake consigue “resucitar” parte de la esencia o el espíritu de la vieja peli, y adaptarlo a los nuevos tiempos, acercarlo a las nuevas generaciones, y conseguir hoy en día algo similar a lo que la película original logró hace décadas.

¿Vamos con un ejemplo? Furia de Titanes. La película original se estrenó en 1981, y tenía efectos especiales potentes para la época, de la mano de Ray Harryhausen, el maestro del stop-motion. Toda la cinta era un desfile de aventuras y monstruos extravagantes, desde Cerbero hasta Medusa, pasando por Pegaso, Kraken o los míticos escorpiones gigantes. No respetaba el canon mitológico establecido, eso desde luego, Se trataba de entretener, de mostrar algo fantástico y emocionante en pantalla, y desde luego lo conseguía. Si hoy en día volvemos a ver esa película, veremos que ha envejecido mal. Estando, como estamos, acostumbrados a obras digitales perfectas hasta el mínimo detalle, los monstruos de goma de Harryhausen se nos antojan bastante anticuados. Por supuesto, la peli sigue teniendo el encanto de lo vetusto.

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Pero, ¿y la nueva Furia de Titanes (2010)? Los que vimos la original también vimos esta. Venga, no lo neguéis… El comentario más oído fue el siguiente: “¡donde esté la original…!”. Pues perdonad que os diga, pero no. La nueva versión de Furia de Titanes es, exactamente, lo que habría hecho Harryhausen de haber nacido cincuenta años más tarde y haber tenido todas las opciones de animación digital de hoy en día a su disposición. Es una peli que muestra todo tipo de monstruos extravagantes sin preocuparse de cosas como encajarlos en la mitología griega. ¿En qué mito aparecen escorpiones de cuarenta metros? ¿Dónde se dice la forma y tamaño exacto de Kraken? ¡Coño, yo quiero ver cómo Perseo se enfrenta a Kraken, un monstruo kilométrico! ¡Quiero ver cómo se las arregla para derrotarlo con la cabeza cortada de otro engendro! No quiero estudiar historia, ni mitología, ni pensar en el mensaje de fondo de la película. Quiero divertirme viendo aventuras exageradas y visualmente impactantes, que es el pilar en que ambas versiones de Furia de Titanes se apoyaban. Y la nueva versión funcionó: costó 125 millones, sí, pero recaudó cerca de 500 en todo el mundo. En fin, un negocio es un negocio, y éste rindió bastante bien.

No quiero desilusionaros, pero os confundís. Nos confundimos. Cuando defendemos a capa y espada las obras de nuestra juventud frente a las de nueva hornada, estamos queriendo decir que nos gustaría volver a aquellos tiempos. Nos gustaría poder merendarnos aquellos bocadillos de nocilla. Quisiéramos poder ver los antiguos anuncios que ponían en Telecinco cuando era una cadena todavía nueva, y tal vez echar luego una partida al Hotel, al Hero Quest o al Quién es Quién. Ver pelis y series de antaño es, a veces, la forma de volver a un pasado que recordamos más amable.

Hay otro tipo de espectador que, sistemáticamente, reniega de todo lo nuevo a favor de “lo anterior”, lo que ya existía. Esto es otro tipo de actitud que podemos llamar Síndrome de Cerrilidad. Pero de ello hablaré otro día.

En fin, los tiempos cambian, las películas cambian y, sobre todo, nosotros cambiamos.


Project Pigeon: Skinner y las bombas guiadas por palomas

Misiles tripulados por palomas. En fin. Si yo sacase este tema de conversación en mitad de una cena con gente que no me conociese muy bien, probablemente muchos acabasen convencidos de que no ando muy bien de la cabeza o de que veo demasiado Cuarto Milenio. Pero si hay algo que este blog ha demostrado innumerables veces es que la realidad supera frecuentemente a la ficción.

Corrían los años turbulentos de la Segunda Guerra Mundial y, cosa sorprendente, se desarrollaban muchísimas ideas y diseños que artefactos que destruían y mataban cada vez mejor. Una de las cosas que todo el mundo trataba de conseguir en aquél entonces era un sistema para guiar bombas y misiles de forma fiable hasta sus blancos. En aquel momento no existía nada parecido a las bombas inteligentes de hoy en día, lo que hacía necesario emplear cantidades ingentes de bombas en bombardeos masivos para asegurarse la destrucción del blanco. Otra opción era emplear una única bomba de gran potencia, como las bombas-terremoto británicas o la Bomba Zar soviética, ya algo posterior.

En este contexto aparece en escena un psicólogo de la Universidad de Minnesota: B. F. Skinner. Años después Skinner sería conocido mundialmente por sus aportaciones a la psicología conductista, hasta el punto de ser uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX. A mediados de los 40, aunque aún no se había convertido en una figura de renombre mundial, ya experimentaba con aprendizaje y conducta animal. Le gustaba emplear ratas, palomas y pichones en sus experimentos. Inventó la llamada caja de Skinner, muy usada en experimentos con animales, fácil de usar y extendida hoy en día por las facultades de psicología del mundo entero. Basta decir que en la caja de Skinner, un animal –una paloma o una rata, por ejemplo- puede aprender a pulsar palancas y botones para obtener cierta recompensa –habitualmente, comida-. De esta forma pueden estudiarse los procesos que llevan a un animal a desarrollar una cierta conducta: en este caso, picotear una palanca o un botoncito.

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Una caja de Skinner

Skinner pensó que sus palomas podrían usarse para guiar un misil o una bomba. Si se les podía enseñar a picotear lo que uno deseara, y se podía, entonces podía usarse algún sistema que “transformase” ese picoteo en señales eléctricos que guiasen una bomba hacia su objetivo. El invento de Skinner fue el siguiente: colocó tres pichones, cada uno inmovilizado dentro de un pequeño tubo, en la cabeza de una bomba. Delante de cada pichón había una pantalla, y cada animal podía ver una imagen proyectada de lo que había justo delante de la bomba (un sistema de cámaras proporcionaba la imagen). Cada uno de los pichones era enseñado a mantener una determinada imagen (el objetivo) justo en el centro de la pequeña pantalla, mediante el sistema de refuerzos y recompensas que Skinner usaba en sus experimentos. Un sistema de sensores convertía los picoteos de las palomas en señales que moverían las aletas que guiaban la bomba; mientras los picoteos de los pichones mantuvieran el objetivo en el centro de las pantallas, la bomba se dirigiría hacia allí. Había tres pichones para minimizar los errores y por si alguno de ellos resultaba muerto en combate.

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Detalle del frontal de una bomba, con los tres compartimentos para las palomas

El Comité de Investigación del ejército, que era quien decidía qué se investigaba y qué no en materia militar, le dio 25.000 dólares a Skinner para sus investigaciones.

Los palomos lo hicieron espléndidamente bien. Superaron las más exigentes pruebas y conseguían mantener la bomba sobre el objetivo con una precisión admirable. Ellos no podían saberlo, claro, pero su misión alcanzaría un rápido y violento final cuando la bomba llegase a su objetivo: no había ningún sistema para que los animales abandonasen su puesto, por lo que eran auténticos kamikazes con plumas.

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Esquemas de una “bomba-paloma” y la posición de los pichones

Por suerte o por desgracia, el Proyecto Pichón –fue llamado así- no llegó a salir de la sala de experimentación. Se decidió apostar por otros campos de investigación y el proyecto fue finalmente cancelado en 1944. Imagino que los oficiales estadounidenses no querían tener un montón de bombas pilotadas por palomas que podían volverse contra ellos en cualquier momento. No puede uno fiarse de estas aves de ojos negros.

Curiosamente, la Marina retomó el proyecto en 1948 con el nombre de Proyecto Orcon (de “Organic Control”), pero lo abandonaron en 1953 cuando fueron apareciendo sistemas de guiado electrónico más fiables.


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