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La coraza de Antoine Favreau

Antoine Favreau fue un Carabinier-à-cheval (carabinero montado) durante la época de las Guerras Napoleónicas. Los Carabinier eran un cuerpo de caballería pesada. En la época de Napoleón, llevaban una coraza de acero chapada en latón, bien pulida, e iban armados con la carabina que les daba nombre (una especie de fusil corto), un sable y un par de pistolas.

Antoine Favreau tomó parte en la batalla de Waterloo, que supuso el ocaso del imperio Napoleónico. Favreau murió en dicha batalla, y podemos adivinar la causa de su muerte viendo su coraza, que se ha conservado hasta el día de hoy y puede verse en el Museo del Ejército de París:

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Podemos decir, con bastante certeza, que el valeroso Antoine no pudo sufrir demasiado.


La carga de Louis Lepic: las cabezas altas

Toda guerra es una inagotable fuente de anécdotas, reales o apócrifas. Corría el año 1807 y las Guerras Napoleónicas azotaban Europa entera. Napoleón se encontraba en Prusia Oriental (hoy Rusia), donde había llegado tras una serie de épicas victorias sobre los prusianos, los rusos y todo el que se le puso delante, gracias a su genio táctico y su nutrido ejército. Llegaba el corso a Rusia, por tanto, con la sangre caliente de aplastar ejércitos. Entre el día 7 y 8 de febrero se libró la llamada batalla de Eylau, que, aunque parecía que iba a ser una victoria más para los franceses, acabó siendo una masacre de 14 horas que costó 30.000 vidas entre unos y otros, y que no tuvo valor estratégico para ninguno de los bandos. Hubo nutrido fuego de artillería y fusiles por ambos bandos, sangre en abundancia y cargas de caballería a la vieja usanza, sable en mano y dientes apretados, con personajes como Murat –cuya melenita de rizos no le impedía tener unos huevos como el caballo de Espartero- o Soult; o Michael Ney, de cuyo valor da fe el hecho de que, años más tarde, cuando le fusilaron, quiso mirar a su pelotón de ejecución y dar, él mismo, la orden de fuego que lo mató.

Entre los distinguidos señores que mandaban el ejército francés estaba Louis Lepic, coronel de los Granaderos a Caballo de Napoleón. La caballería pesada de élite, con corazas, gorros altos de piel y espadas pesadas, cuya carga no podían esperar resistir salvo los más disciplinados y duros, y que dejaban tras de sí un rastro de muertos y mutilados cada vez que entraban en combate. Lepic fue uno de los que cargó, al frente de sus coraceros, contra las líneas rusas. Cuando los coraceros estaban formando para iniciar la carga, Lepic miraba a su alrededor con aire altivo, como el que está por encima de la sangre y la destrucción que le rodea. Como sus hombres carecían del mismo aplomo que su comandante, algunos se agachaban y se encorvaban sobre los lomos de sus monturas, como queriendo esquivar la granizada de acero que pasaba sobre sus cabezas y a la que iban a enfrentarse en breves instantes. Y Lepic, pensando tal vez que esa postura no era digna de un cuerpo de caballería de tanta calidad como el suyo, se volvió y gritó a sus hombres:

 ¡Las cabezas bien altas, caballeros! ¡Son obuses, no cagadas!

Y se lanzaron a la carga, como fieras, contra los rusos.

 

Lepic en la Batalla de Eylau, óleo de Édouard Detaille


La Tallboy o Bomba Sísmica

Corría el año 1941 y Europa se desangraba en plena Segunda Guerra Mundial. Uno de los problemas con los que se enfrentaban casi todos los ejércitos era la imposibilidad de destruir las nuevas e impenetrables fortificaciones. Los alemanes, en especial, tenían búnkeres de hormigón armado de metros de espesor, que eran prácticamente inmunes a cualquier arma que los aliados pudieran lanzarles.

Un ingeniero aeronáutico inglés, Barnes Wallis, creía haber dado con una solución. Pensó que lo mejor no era poner más explosivos en las bombas, sino aumentar su tamaño, velocidad y penetración. Ideó una bomba enorme, de 10 toneladas, que alcanzaría una velocidad de caída tan alta que la haría penetrar en el suelo y explotar bajo tierra. Las ondas de choque resultantes derribarían todo lo que hubiese cerca. Ni siquiera haría falta que la bomba cayese justo en el objetivo, ya que las ondas sísmicas se encargaría de demoler tanto búnkeres como edificios. Wallis publicó sus ideas en un panfleto en 1941.

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Barnes Wallis

Lógicamente, una bomba de semejante tamaño tenía sus problemas. Hacía falta un avión especial para llevarla, y dicho avión no podría llevar más armamento que la bomba. El propio Wallis diseñó un bombardero al que llamó Victory Bomber que, al menos sobre el papel, podía cargar con su invención y lanzarla desde 14.000 metros de altura. La Royal Air Force acabó desestimando el proyecto por considerar demasiado arriesgado, caro y poco práctico enviar bombarderos con una única bomba.

Wallis, sin embargo, no se rindió. Otro de sus inventos revolucionarios fue la “bomba saltarina”. Era una idea extraña que funcionó muy bien: una bomba con forma de barril que se dejaba caer sobre la superficie del agua desde muy baja altura y rebotaba sobre su superficie. Se ideó para destruir presas, y se usó con éxito en 1943 en la Operación Chastise, en la que Inglaterra atacó y destruyó varias presas para inundar varias fábricas y campos de trabajo alemanes. El éxito de la “bomba saltarina” otorgó a Walis la confianza de la RAF, que finalmente apostó por su proyecto de la bomba sísmica. El invento acabó llamándose Tallboy y entró en servicio en junio de 1944.

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Un esquema de cómo funcionba la Bouncing bomb o "bomba saltarina" de Wallis

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Cargando las Tallboy

La Tallboy era francamente imponente, aunque Wallis tuvo que conformarse con hacerla a mitad de su tamaño original. Medía 6,35 metros de largo, casi un metro de ancho y pesaba más de 5.400 kg., de los que 2.300 correspondían a explosivo. Había que adaptar los bombardeos Avro Lancaster para que pudiesen llevarla, y había que quitarles puertas, torretas y planchas de blindaje para que pudiesen volar. Incluso así, solo podían lanzarla desde 7.700 metros de altura, y no desde los 12.000 que inicialmente se planeaban. La Tallboy tenía una forma aerodinámica perfecta, diseñada para disminuir su resistencia al aire y alcanzar la máxima velocidad posible en caída libre. Las aletas de su cola estaban colocadas en ángulo, para hacerla girar a medida que caía y mejorar su precisión y velocidad. Para poder soportar el impacto, la Tallboy contaba con un morro de acero de 10 centímetros de grosor, afilado como una lanza para incrustarse en el suelo, en un búnker o en lo que fuese. Cuando llegaba al suelo, viajaba a más de 4.000 km/h. Era más rápida que el sonido: el rugido que la acompañaba al caer solo podía escucharse después de que hubiese impactado en su objetivo. No obstante, podía programarse la espoleta para que detonase la carga explosiva hasta media hora más tarde de haber caído.

La Tallboy se usó por primera vez el 8 de junio de 1944 para destruir un túnel ferroviario alemán en Saumur. Diecinueve Lancaster soltaron sus correspondientes bombas sísmicas sobre él; una de ella atravesó casi veinte metros de montaña, explotó dentro del túnel y lo destruyó por completo. A partir de ahí, la Tallboy se empleó para destruir objetivos que habían resistido todos los demás ataques, como búnkeres, bases de submarinos, túneles e incluso hundieron un acorazado, el Tirpitz, en 1944. Era, después de todo, una bomba muy costosa y difícil de producir, y no podía malgastarse en objetivos menores. Se fabricaron un total de 854 Tallboys.

Algo más adelante se comprobó que un bombardero Lancaster podía modificarse para llevar una bomba aún más pesada, y a Wallis le faltó tiempo para construir una bomba mayor y más potente. Finalmente pudo construir la que había sido su idea original, un monstruo de casi 11 toneladas a la que se llamó Grand Slam. Era un monstruo de casi 8 metros de largo, con más de cuatro toneladas de explosivos en su interior. Aunque era más lenta que su prima la Tallboy, la Grand Slam caía casi a la velocidad del sonido y era capaz de penetrar penetrar cuarenta metros en el suelo o hasta seis metros en hormigón. El 14 de marzo de 1945, la Grand Slam se usó –junto con varias Tallboys– contra el viaducto ferroviario de Bielefeld. El viaducto era una vía de suministros muy importante para las fuerzas alemanas, y había resistido más de 3.000 toneladas de bombas sin caer. Era muy difícil destruir un viaducto de este tipo, ya que se necesitaba un impacto directo para derribarlo, y desde el aire se veía como una pequeña y delgada línea. Pero la Gran Slam era letal. Ni siquiera necesitaba acertar en el propio viaducto: se enterró en el suelo cerca de él y detonó. Cien metros de puente quedaron pulverizados por una única bomba.

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Así quedó el viaducto de Bielefeld; alrededor pueden verse docenas de impactos anteriores de bombas que no pudieron destruirlo

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Destrozos causados por una única Grand Slam en un búnker de submarinos alemán

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Comparativa de tamaños: a la izquierda la Tallboy, en el centro la "bomba saltarina" y a la derecha la Grand Slam

Se fabricaron 99 bombas Grand Slam, y 42 de ellas fueron usados durante la II Guerra Mundial. Puentes, viaductos y búnkeres, cayeron ante el feroz ataque de las dos bombas más poderosas de su época, la Tallboy y su hermana mayor, la Grand Slam. Fueron retiradas del servicio cuando terminó la guerra, y más adelante fueron reemplazadas por bombas menos potentes pero mucho más precisas.


Project Pigeon: Skinner y las bombas guiadas por palomas

Misiles tripulados por palomas. En fin. Si yo sacase este tema de conversación en mitad de una cena con gente que no me conociese muy bien, probablemente muchos acabasen convencidos de que no ando muy bien de la cabeza o de que veo demasiado Cuarto Milenio. Pero si hay algo que este blog ha demostrado innumerables veces es que la realidad supera frecuentemente a la ficción.

Corrían los años turbulentos de la Segunda Guerra Mundial y, cosa sorprendente, se desarrollaban muchísimas ideas y diseños que artefactos que destruían y mataban cada vez mejor. Una de las cosas que todo el mundo trataba de conseguir en aquél entonces era un sistema para guiar bombas y misiles de forma fiable hasta sus blancos. En aquel momento no existía nada parecido a las bombas inteligentes de hoy en día, lo que hacía necesario emplear cantidades ingentes de bombas en bombardeos masivos para asegurarse la destrucción del blanco. Otra opción era emplear una única bomba de gran potencia, como las bombas-terremoto británicas o la Bomba Zar soviética, ya algo posterior.

En este contexto aparece en escena un psicólogo de la Universidad de Minnesota: B. F. Skinner. Años después Skinner sería conocido mundialmente por sus aportaciones a la psicología conductista, hasta el punto de ser uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX. A mediados de los 40, aunque aún no se había convertido en una figura de renombre mundial, ya experimentaba con aprendizaje y conducta animal. Le gustaba emplear ratas, palomas y pichones en sus experimentos. Inventó la llamada caja de Skinner, muy usada en experimentos con animales, fácil de usar y extendida hoy en día por las facultades de psicología del mundo entero. Basta decir que en la caja de Skinner, un animal –una paloma o una rata, por ejemplo- puede aprender a pulsar palancas y botones para obtener cierta recompensa –habitualmente, comida-. De esta forma pueden estudiarse los procesos que llevan a un animal a desarrollar una cierta conducta: en este caso, picotear una palanca o un botoncito.

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Una caja de Skinner

Skinner pensó que sus palomas podrían usarse para guiar un misil o una bomba. Si se les podía enseñar a picotear lo que uno deseara, y se podía, entonces podía usarse algún sistema que “transformase” ese picoteo en señales eléctricos que guiasen una bomba hacia su objetivo. El invento de Skinner fue el siguiente: colocó tres pichones, cada uno inmovilizado dentro de un pequeño tubo, en la cabeza de una bomba. Delante de cada pichón había una pantalla, y cada animal podía ver una imagen proyectada de lo que había justo delante de la bomba (un sistema de cámaras proporcionaba la imagen). Cada uno de los pichones era enseñado a mantener una determinada imagen (el objetivo) justo en el centro de la pequeña pantalla, mediante el sistema de refuerzos y recompensas que Skinner usaba en sus experimentos. Un sistema de sensores convertía los picoteos de las palomas en señales que moverían las aletas que guiaban la bomba; mientras los picoteos de los pichones mantuvieran el objetivo en el centro de las pantallas, la bomba se dirigiría hacia allí. Había tres pichones para minimizar los errores y por si alguno de ellos resultaba muerto en combate.

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Detalle del frontal de una bomba, con los tres compartimentos para las palomas

El Comité de Investigación del ejército, que era quien decidía qué se investigaba y qué no en materia militar, le dio 25.000 dólares a Skinner para sus investigaciones.

Los palomos lo hicieron espléndidamente bien. Superaron las más exigentes pruebas y conseguían mantener la bomba sobre el objetivo con una precisión admirable. Ellos no podían saberlo, claro, pero su misión alcanzaría un rápido y violento final cuando la bomba llegase a su objetivo: no había ningún sistema para que los animales abandonasen su puesto, por lo que eran auténticos kamikazes con plumas.

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Esquemas de una “bomba-paloma” y la posición de los pichones

Por suerte o por desgracia, el Proyecto Pichón –fue llamado así- no llegó a salir de la sala de experimentación. Se decidió apostar por otros campos de investigación y el proyecto fue finalmente cancelado en 1944. Imagino que los oficiales estadounidenses no querían tener un montón de bombas pilotadas por palomas que podían volverse contra ellos en cualquier momento. No puede uno fiarse de estas aves de ojos negros.

Curiosamente, la Marina retomó el proyecto en 1948 con el nombre de Proyecto Orcon (de “Organic Control”), pero lo abandonaron en 1953 cuando fueron apareciendo sistemas de guiado electrónico más fiables.


El concurso japonés de matar 100 personas con una espada

Si nos dicen la palabra “holocausto” o “genocidio”, casi inmediatamente pensamos en los horrores de los campos de concentración alemanes durante la guerra del 39-45. Tal vez, por cercanía cronológica, recordemos los sucesos de Europa del Este, Serbia y los Balcanes. Pero hubo otras masacres de las que se habla poco, tal vez por su lejanía, tal vez porque algunas zonas del mundo parecen interesar menos que otras.

En 1937 comenzó la llamada Segunda Guerra Chino-Japonesa, durante la cual Japón invadió parte del norte y este de China. Durante varios años los chinos sufrieron terribles bajas a manos del Ejército Imperial Japonés: se habla de veinte millones de bajas, en su mayoría civiles. Hubo otra guerra al margen de las batallas, una guerra insidiosa y terrible en la que los japoneses dieron rienda suelta al odio que sentían por sus enemigos chinos. En diciembre de 1937 los japoneses entraron en la ciudad de Nanking, por entonces capital de China. En los meses anteriores habían tenido que enfrentarse a una durísima resistencia por parte de los chinos, que no cedían su territorio a pesar de las terribles bajas que sufrían. El emperador japonés Hiroito llegó a dar órdenes a su ejército para que ignorasen las leyes internacionales sobre trato de prisioneros, como medida para aumentar la ferocidad de los hombres y aterrorizar a los chinos. En Nanking, los japoneses pusieron en marcha una auténtica campaña de exterminio y barbarie sobre civiles y soldados ya prisioneros. La llamada Masacre de Nanking se prolongó un mínimo de seis semanas, durante las cuales los soldados japoneses realizaron todo tipo de atrocidades con los chinos. No se sabe ni cuánta gente murió. Los más conservadores hablan de 100.000 muertos; las estimaciones más altas alcanzan los 300.000. Ni mujeres, ni ancianos ni niños se libraron de las torturas, asesinatos y violaciones. En fin, no merece la pena extenderse en detalles cruentos: quien quiera saber, que se enfrente a ello por su cuenta.

Aún hoy en día, hay quien duda de que la Masacre tuviese lugar: algunos revisionistas japoneses afirman que se trata de una invención propagandística china para perjudicar la imagen de Japón. Lo cual, a la vista de los documentos, imágenes y testimonios, parece como decir que los internos de Auschwitz eran alegres voluntarios bien pagados.

Mientras las tropas japoneses avanzaban hacia Nanking, apareció en dos periódicos japoneses la curiosa –y terrible- noticia de dos oficiales que competían entre ellos por saber quién era el primero en matar a 100 chinos con la espada. No era un cuento inventado por un redactor patriótico, sino que ambos oficiales aparecían perfectamente identificados. El primer artículo apareció el 30 de noviembre en los periódicos Osaka Mainichi Shimbun y Tokyo Nichi Nichi Shimbun, y describe como los tenientes segundos Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda decidieron comprobar quién era más hábil con su espada poniendo como meta la muerte de 100 enemigos. En ese primer artículo, la puntuación era de 56 para Mukai y 25 para Noda. Aparecieron otros tres artículos en dichos periódicos, describiendo como los dos soldados se iban cobrando más “piezas” en heroico combate. Sus hazañas fueron debidamente maquilladas para que diese la impresión de que Mukai y Noda, como samuráis de siglo XX, se enfrentaban cuerpo a cuerpo a hordas de enemigos y salían victoriosos. Las víctimas de cada uno se iban igualando en cada artículo, e incluso daban detalles de sus logros. Mukai decía el 4 de diciembre:

Los huesos de un tipo que maté en Lingkou le hicieron una mella a mi espada, pero aún podré tajar a 100 o 200 personas más, estoy seguro.

Las espadas de ambos eran herencias familiares muy valiosas. Mukai vuelve a decir, en el último artículo (12 de diciembre):

Dañé mi Seki no Magoroku [su espada] con el yelmo de alguien, al cortarlo en dos.

El resultado final fue de 106 muertos para Mukai y 105 para Noda, sin que se supiera quién había llegado antes a los 100. Después de la guerra hubo muchos japoneses que fueron juzgados y condenados por crímenes de guerra, entre ellos los tenientes Mukai y Noda. Ambos fueron extraditados a China para ser juzgados, y fueron condenados a muerte y ejecutados el 28 de enero de 1948 cerca de Nanking.

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Mukai (izquierda) y Noda (derecha) con sus armas

 

El Japón, el evento permaneció en el olvido durante 30 años, hasta que historiadores y periodistas lo sacaron a la luz. El periodista Katsuichi Honda publicó numerosos artículos sobre la guerra chino-japonesa, con entrevistas y testimonios de supervivientes. La “competición de los 100 muertos” fue una de las historias de horror que rescató de la guerra, y resultó particularmente polémica. Aún hoy en día hay quien discute que ocurriera realmente. Lo que resulta poco creíble es que, en mitad de una batalla mecanizada como las de los años 30 y 40, dos individuos armados con katanas lograsen acaban con dos centenares de enemigos en combate cuerpo a cuerpo y sobrevivir. En este sentido, cabe dudar de la veracidad del periódico. Lo cual hace que la historia sea más siniestra si cabe, ya que nos lleva a pensar que las víctimas de Mukai y Noda fueron soldados capturados y desarmados o tal vez simples civiles. A su vuelta a Japón tras la guerra, el teniente Noda dio una conferencia en un colegio donde habló del “concurso”. Sus palabras fueron:

Realmente, no maté a más de cuatro o cinco personas en combate cuerpo a cuerpo. […] Fuimos a una trinchera enemiga que habíamos capturado y cuando gritamos “Ni, lai-lai!” (¡salid de ahí!), los estúpidos soldados chinos se precipitaron sobre todos nosotros. Entonces los pusimos en fila a todos y fuimos rajándolos, de un extremo de la fila al otro. Me alabaron por haber matado a un centenar de personas, pero la verdad es que a casi todas ellas las maté de esta manera.

En el Ejército Imperial Japonés era relativamente común, incluso en épocas tan recientes como los años 30 y 40, ejecutar a prisioneros de guerra con el arma tradicional del guerrero o bushi: la espada. Entre los años 35 y 45, los oficiales portaban espadas hechas a imagen y semejanza de las antiguas katanas, llamadas Shin-gunto (Espada del Nuevo Ejército). Algunos japoneses, tan apegados siempre a la tradición, llevaban las espadas ancestrales de la familia a la batalla. Es el caso de Mukai y Noda.

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Una ejecución
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Oficial japonés con su gunto

En 2003 las familias de los tenientes Mukai y Noda fueron a juicio contra Katsuichi Honda y otros periodistas, además de los dos periódicos que publicaron los artículos originariamente. En 2005 los tribunales determinaron que, si bien los artículos contenían elementos falseados, la verdad de los hechos y los crímenes de ambos soldados no podían ser negados y desestimaron la demanda. Una de las espadas empleadas en la competición se exhibe hoy en día en el Museo del Ejército de Taipei, en China.

Libro La Masacre de Nanking, de Katsuichi Honda, donde se describe este y otros actos de barbarie, aquí (inglés).

Originales y traducciones al inglés de los cinco artículos que describieron la competición, aquí.


Armas automáticas en el cine y en la realidad

Artículo breve, poco leer, muchos videos, ideal para alumnos de la LOGSE.

Supongo que todo el mundo se ha fijado alguna vez en que, en el cine, las balas de las armas son infinitas. Las automáticas disparan millones de proyectiles y las pistolas y revólveres necesitan cargarse solo de vez en cuando… Aquí van tres escenas de películas donde se gasta más munición que en la Batalla de Verdún:

Scarface, el Precio del Poder (1983). Tony Montana lleva una variante del M16 americano (para los frikis, es un Colt AR-15):

En Rambo II (1985), Stallone dispara una M60 como si nada -no es precisamente un cacharro que se lleve en una funda sobaquera-, y durante una eternidad:

La mítica escena de Depredador (1987) en la que los protagonistas arrasan una selva tropical entera. “¡Contaaaactoooooo!”:

¿Qué pasa en la realidad al disparar un arma automática? Tengo algunos ejemplos que os dejarán decepcionados. El primero es un H&K G3, alemán y español, 500 o 600 disparon por minuto. Disparado en automático con el cargador de 20 balas, pasa esto:

Tenemos ahora un M14, el rifle americano que luego fue sustituido por el mítico M16. Con una velocidad de disparo de 700 balas por minuto, 20 balas cunden esto:

Una de las variantes de AK47 dispara 30 balas así de rápido:

Este es el AK47, el arma preferida de vuestro enemigo“. Tiene un mítico cargador curvo de 40 balas. Lo hemos visto en millones de películas. Atentos a lo rápido que gasta este soldado varios cargadores:

El M16 del ejército americano, 800-900 tiros por minuto. El que vemos aquí tiene un cargador especial de 100 balas, cuando normalmente llevan cinco veces menos::

Esto es un M1 “Tommy Gun“, la que llevaban los hombres de Al Capone -al menos según Hollywood-. Lo hemos visto con el clásico cargador tipo “tambor” que se usaba muy poco; lo normal es utilizar el recto de 20 o 30 balas, que dura lo que se ve en el vídeo:

Es por esto que muchas armas tipo ametralladora, subfusil, etc., ni siquiera tienen modo automático. Como mucho tienen el modo ráfaga, que permite disparar un número limitado de veces (digamos tres disparos) antes de tener que apretar de nuevo el gatillo.


El Paso Honroso de Suero de Quiñones

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El Paso Honroso fue uno de los eventos de caballería más famosos de la Europa medieval y se celebró aquí, en la vieja España. Su artífice fue el caballero Don Suero de Quiñones, leonés, fiel servidor del rey Juan II …y enamorado.

Suero de Quiñones tenía la peculiar costumbre de colocarse al cuello una pesada anilla de hierro cada jueves. Con ello pretendía demostrar que se encontraba preso, cautivo de amor por su dama; estaba, como él mismo decía “en una cárcel de amor”. Y como todo presidiario, soñaba con escapar. Suero era hijo segundón, y sin duda deseaba ponerse a prueba y demostrar su valía y conseguir fortuna y gloria. De modo que tuvo la ocurrencia de presentarse ante el rey Juan II y proponerle la realización de una justa, un evento como no se había visto nunca y que le permitiría tanto ganar fama como liberarse de su “prisión de amor”.

El primero de enero de 1434 se presenta en la corte del rey en Medina del Campo junto con otros nueve caballeros, todos ellos ataviados con sus mejores ropajes. Así le habla Suero de Quiñones al rey Juan: “Señor: deseo justo e razonable es que en los que en prisiones o fuera de su libre poder son, desear la libertad e como yo, Suero de Quiñones, sea en prisión por una señora, por la que traigo todos los jueves este fierro, según es notorio en vuestra magnífica Corte. Yo, poderoso Señor, he concertado mi rescate de esa prisión en trescientas lanzas rompidas por el asta con fierros de Milán de mí e de estos nueve caballeros que aquí son”. Ignoramos la cara que se le quedó al rey al escuchar semejante ocurrencia. El leonés quería liberarse de su amor rompiendo, entre él y sus compadres, trescientas lanzas en la lid. Hay que tener en cuenta que la caballería, ya casi mediado el siglo XV, se encontraba en franca decadencia. Hacía ya un siglo que los arqueros ingleses habían infringido una terrible derrota a los caballeros del rey de Franciaen Crecy. Las armas y tácticas cambiaban, y los caballeros no lograban encontrar su sitio en la nueva sociedad que se avecinaba. Los torneos y justas, ya en aquella época, resultaban un anacronismo.

Juan II, sin embargo, no se lo pensó dos veces. Su reinado había sido relativamente pacífico en cuestión de guerras (aunque prolijo en intrigas palaciegas), por lo que decidió que la idea de Suero resultaría una gran demostración del honor y el poder de Castilla. Autorizó el torneo, que se celebraría entre el 10 de julio y 9 de agosto de aquel mismo año en Hospital de Órbigo, hoy provincia de León. La elección no fue casual, ya que 1434 fue año Jacobeo y Hospital de Órbigo se encuentra en mitad del Camino Francés, siendo paso obligado para peregrinos y viajeros. Se enviaron mensajeros a todas las cortes europeas, tanto para asegurarse una máxima participación como para extender la noticia de que los auténticos caballeros aún existían en Castilla.

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El hermoso puente del Paso Honroso.

Es de sobra conocido el torneo medieval, y también la justa. Pero había un tercer tipo de enfrentamiento, con sus propias reglas, que era el llamado paso. En un paso, uno o varios caballeros se apostaban en un sitio estratégico –típicamente un camino o puente- y se enfrentaban a cualquiera que pretendiese cruzarlo, siguiendo las reglas de la caballería. Don Suero había elegido el lugar perfecto, el puente de Hospital de Órbigo, llamado precisamente del Paso Honroso. Allí se talaron árboles, se construyeron gradas y palcos y un palenque donde se batirían los caballeros. El escribano real Pedro Rodríguez de Lena estuvo presente durante el suceso y dejó constancia de todo lo ocurrido. Como cualquier gran espectáculo, el Paso atrajo a los turistas de la época: mercaderes, tenderos, putas, ladrones, artesanos, juglares, criados, herreros… Se nombraron oficialmente jueces que solventaran posibles desacuerdos en los combates, incluso se habilitó un servicio médico al mando del judío Salomón Seteni, para atender a caballeros heridos. Don Suero incluso ordenó hacer una estatua a Nicolás Francés, artesano de la catedral de León, que representaba un heraldo señalando hacia el puente con las palabras POR AY VAN AL PASSO esculpidas en la base.

Las reglas del Paso Honroso

1. Aquel caballero o gentilhombre que desee cruzar el Paso Honroso ha de batirse con Suero de Quiñones o uno de sus nueve compañeros hasta romper tres lanzas, o dejar sus armas en prenda y vadear el río a pie.

2. Se da garantía a los caballeros que acudan de que contarán con traje, armas y caballo adecuado a su honor;

3. Los participantes deben dar su nombre, títulos, procedencia y estado;

4. Los participantes no podrán elegir a su oponente; sólo sabrán a quién se han enfrentado después de romper tres lanzas;

5. La lanza que haga sangre, cuenta como una lanza rota;

6. El que sea herido en la justa no podrá participar hasta terminado el torneo;

7. Serán jueces del torneo Pero Barba y Gómez Arias de Quiñones.

El primer combate tuvo lugar el 12 de julio entre el propio Suero de Quiñones y un alemán llamado Arnaldo de Brandemburgo. Vence Suero al romper las tres lanzas –era costumbre que venciera el que rompía tres veces su lanza, pues equivalía a haber golpeado con fuerza y destreza al oponente; a veces no era necesario que la lanza llegase a partirse, si hacía sangre o si el golpe era claro-. Siguieron los combates durante días y semanas. A lo largo de un mes hubo heridos, hubo emoción y gritos, incluso hubo un muerto, Asbert de Claramunt, un aragonés a quien Suero mata involuntariamente atravesándole el yelmo y la cabeza con la lanza. Al desafortunado Asbert le negaron un entierro cristiano, ya que la Iglesia condenaba los torneos y se negaba a dar sepultura a los caballeros muertos durante estos “juegos”. Aunque se ha acordado que los heridos no pueden volver a competir, Suero y sus nueve compañeros se saltaban la norma a la torera. Por ejemplo, sabemos que el 4 de agosto todos ellos estaban en la enfermería cuando dos caballeros catalanes, Francí del Valle y Rimbao de Corbera, aparecen exigiendo luchar de malos modos, y ofreciéndose a “romper, en un solo día, todas las lanzas que faltan para llegar a las 300”. Don Suero y compañía ordenan a los médicos que les arreglen lo mejor que puedan y no dudan en combatir contra los catalanes al día siguiente, derrotándolos a ambos.

El día 9 de agosto se da por finalizado el torneo del Paso Honroso y ese mismo día cae herido de nuevo Don Suero. No se llegaron a romper las 300 lanzas pero los jueces, a la vista del valor y el arrojo de Suero, dan por cumplido su voto y le despojan del aro de hierro en una solemne ceremonia. Habían participado 68 caballeros, algunos venidos desde Alemania o Italia, aunque la mayor rivalidad fue entre los castellanos y aragoneses y catalanes. Los diez mantenedores, es decir, lo que se enfrentaban a los caballeros que iban llegando, fueron éstos:

Sancho de Rabanal (33 lanzas rotas)
Gómez de Villacorta (24)
Pedro Navas (22)
Pedro de los Ríos (18)
Lope de Estúñiga (17)
Diego de Bazán (16)
Suero Gómez (14)
Lope de Aller (12)
Diego de Benavides (10)

Acabado el épico torneo, Don Suero y los demás fueron a Santiago en peregrinación. En conmemoración del anillo de hierro que había llevado, Suero dona a la catedral un aro de oro y joyas que aún puede verse en el busto de Santiago el Menor, en la capilla de las reliquias.

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El busto de Santiago Menor, con el collar que donó Suero.



El episodio del Paso Honroso fue la última luz de la caballería en España y la última de las grandes demostraciones de honor y valor que dieron los caballeros antes de que los cambios que se avecinaban acabasen con sus tradiciones. En una época en la que la palabra dada y la honra valían algo, hubo caballeros que cruzaron países enteros para partirse el pecho luchando con otros que, como ellos, aún recordaban épocas mejores.


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