Archivo del Autor: Maxi

La coraza de Antoine Favreau

Antoine Favreau fue un Carabinier-à-cheval (carabinero montado) durante la época de las Guerras Napoleónicas. Los Carabinier eran un cuerpo de caballería pesada. En la época de Napoleón, llevaban una coraza de acero chapada en latón, bien pulida, e iban armados con la carabina que les daba nombre (una especie de fusil corto), un sable y un par de pistolas.

Antoine Favreau tomó parte en la batalla de Waterloo, que supuso el ocaso del imperio Napoleónico. Favreau murió en dicha batalla, y podemos adivinar la causa de su muerte viendo su coraza, que se ha conservado hasta el día de hoy y puede verse en el Museo del Ejército de París:

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Podemos decir, con bastante certeza, que el valeroso Antoine no pudo sufrir demasiado.

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España no es un país aconfesional

Manel Fontdevilla 20-Agosto-11blog

Efectivamente, el Estado Español ha reconocido públicamente que no es un estado aconfesional como ordena la Constitución en su artículo 16 (“Ninguna confesión tendrá carácter estatal”), sino un estado marcadamente cristiano. Y lo ha hecho a través del BOE del 24 de Febrero de 2015:

1849 Resolución de 11 de febrero de 2015, de la Dirección General de Evaluación y Cooperación Territorial, por la que se publica el currículo de la enseñanza de Religión Católica de la Educación Primaria y de la Educación Secundaria Obligatoria.

 El documento completo puede consultarse aquí y excluye completamente cualquier otra religión que no sea la cristiana. Tampoco hace mención a la historia de las religiones, una materia que sí podría ser útil para los alumnos, a excepción de la historia del Dios cristiano que aparece en la Biblia. Yo no sé si en el BOE aparecerán también currículos parecidos pero destinados a otras confesiones, y todos ellos llegarán al alumno: no los he visto. Produce espanto leer los criterios de evaluación y los contenidos que se pretende transmitir al alumno según este currículum.

Si usted matricula a su hijo en Religión, está de acuerdo con que se le enseñen las siguientes cosas:

– está de acuerdo con que su hijo suplique ayuda a Dios en vez de resolver él mismo sus problemas (“Memoriza y reproduce fórmulas sencillas de petición y agradecimiento”)

– está de acuerdo en que su hijo aprenda que nunca podrá ser feliz por él mismo, sin ayuda del exterior, en este caso de la Iglesia-Dios (“Reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí mismo la felicidad)

– está de acuerdo en que su hijo aprenda que sus acciones, como ser bueno o malo, no tienen valor por sí mismas, sino solo en la medida en que agraden al Dios cristiano (“Tomar conciencia de que las acciones personales acercan o separan de Dios”)

– está de acuerdo en que su hijo valore y respete entrar en un comercio agrediendo a los comerciantes a latigazos (“Respeta y valora el comportamiento de Jesús con los pecadores”)

 – está de acuerdo en que su hijo aprenda lo que es un pecado y busque a su alrededor pecados y pecadores, puede que en su propia familia, puede que usted mismo, interiorizando un gran sentimiento de culpa al sentirse pecador él mismo o personas cercanas (“Califica el tipo de pecado en situaciones de su entorno”)

– está de acuerdo en que su hijo necesite que exista un Dios cristiano para poder ser feliz en su vida (“Reconocer y aceptar la necesidad de un Salvador para ser feliz”)

 – está de acuerdo con que su hijo ignore toda evidencia científica reunida durante los últimos siglos y crea que el universo entero es obra de un ser inteligente (“Argumenta el origen del mundo y la realidad como fruto del designio amoroso de Dios”)

 – está de acuedo con que su hijo acepte, sin discusión, la autoridad que tienen sobre él los distintos personajes de la iglesia cristiana (“Reconoce y valora en la Iglesia distintas figuras que son autoridad”).

Grotesco. Solo así puede definirse que, en el año 2015, el Boletín Oficial del Estado contenga tal carga de religión destinada a verterla en nuestras aulas públicas.


Gráficos poco gráficos, episodio 2

Hace un tiempo comentaba unas cuantas cosas sobre los gráficos de barras y la afición a las escalas truncadas que tienen los periodistas y políticos. Una escala truncada es la que no empieza en cero, si no en número más altos. Esto hace que, para el 99% de nosotros, los gráficos resultantes sean muy difíciles de entender correctamente. Suele hacerse, por decirlo llanamente, con afán manipulatorio y para engañar a la opinión pública.

Hoy veo este ejemplo en el ABC (me lo enviaron; yo no uso el ABC ni para limpiar los pinceles):

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En primer lugar, hay que decir que la línea del gráfico NO representa las cantidades que aparecen sobre ella. En 2013 hay mil empresas más que en 2012, y sin embargo la línea está a la misma altura (debo admitir que no me percaté de esto al principio; mi cerebro leyó “catorce mil” en vez de “quince mil”, en un intento de darle sentido a este gráfico… gracias a Alfonso por indicármelo).

En segundo lugar, y aparentemente, ha habido un aumento brutal del número de empresas creadas en Andalucía entre 2013 y 2014. Si uno se fía de lo que ve en el gráfico, parece que la cantidad de sociedades mercantiles se ha multiplicado por tres.

Esto es mentira. No sabemos en qué número empieza la escala vertical del gráfico, pero desde luego empieza en un número muy cercano a 12.000. Esto es lo que se conoce como escala truncada. No es que esté mal hecho, pero puede dar lugar a errores y engaños. He hecho un gráfico con esos mismos datos, empezando la escala en cero:

grafico 2La cosa cambia, ¿verdad? Se percibe un cierto aumento de las empresas creadas, pero desde luego no es ni de lejos tan espectacular como pretende hacernos creer el gráfico del ABC.

Por eso os doy dos consejos:

a) no leáis el ABC

b) ojo con este tipo de gráficos manipulados por ignorancia o por mala intención.


Blue Monday, un día como otro cualquiera

Seré breve: hoy no es el día más triste del año. La tristeza es algo subjetivo que cada persona experimenta de una forma particular.

El Blue Monday es un día absurdo inventado para una campaña publicitaria del programa británico de TV Sky Travel en 2005. La compañía escribió un supuesto estudio, que luego presentó a diversos profesionales, ofreciéndoles dinero a cambio de poner su firma en el. De esta forma podrían darle al “estudio” un aire de credibilidad. Finalmente fue el psicólogo y coach Cliff Arnall quien se prestó a ello. Supongo que necesitaría el dinero. Este estudio se publicó y muchos lo dieron por bueno. Sky Travel aprovechó el hecho de que Arnall había trabajado en la universidad de Cardiff para dar más empaque al engaño, pero la universidad pronto anunció en The Guardian que

“Cliff Arnall… fue profesor a tiempo parcial en la universidad pero se fue en Febrero” [antes de publicarse el “estudio”]

Además de todo esto, que ya debería hacernos dudar de la verosimilitud de cualquier publicación, el estudio era absurdo. Afirmaba que el día más triste del año es el lunes de la última semana de febrero y lo calculaba usando la siguiente fórmula:

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Tt = tiempo gastado en viajes o desplazamientos; D = retrasos; C = tiempo dedicado a actividades culturales; R = tiempo de relax; ZZ = tiempo durmiendo; St = tiempo que estamos estresados; P = tiempo haciendo maletas; Pr = tiempo preparando cosas.

En 2009, Arnall presentó una fórmula aún más ridícula:

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donde W= tiempo atmosférico, D= nuestras deudas, d= salario, T=tiempo desde Navidad, Q= tiempo desde que hemos incumplido nuestros propósitos de año nuevo, M= bajo nivel motivacional y Na= sensación de que necesitamos hacer cambios. Absurdo. ¿Cómo se mide todo esto? ¿Cómo se pueden meter en una misma fórmula conceptos tan diferentes? Es como dividir kilogramos entre minutos y multiplicarlos por amperios. Nos dará una cifra, pero una cifra sin sentido ni significado alguno.

El concepto de Blue Monday es risible y no científico. Se trata de un invento publicitario. Lo curioso es que miles de medios de comunicación han presentado hoy la noticia como si fuese verdad, como si realmente pudiera medirse la tristeza de un día y como si hoy fuese un día especial. Y no lo es.


La esquela

Aquella mañana ya se vaticinaba que algo extravagante iba a ocurrir, porque había soñado con cosas agradables, sospechosamente llenas de amistad y amor. Mucha gente tiene pesadillas que son espantosas en mayor o menor grado, pero en mis sueños suelo ser yo quien persigo y acoso a otros. Y eso que soy una persona razonablemente pacífica. En fin, los sueños son solo eso, sueños, y no tiene sentido sacar conclusiones precipitadas en base al contenido de los míos. Afortunadamente para mí.

El caso es que me desperté un poco confundido por aquellas floridas ensoñaciones y, a saber por qué, me sentí inquieto y a la espera de que algo raro ocurriera.

Ya casi había olvidado mi aprensión mañanera un rato después, en un bar cercano a casa, mientras leía un periódico local. En sentido estricto, no llegué a leer nada de aquel periódico, salvo una cosa: mi esquela. O, mejor dicho, una esquela en la que figuraba mi nombre, apellidos, fecha de nacimiento, todo. Nunca abro el periódico por atrás, igual que no se me ocurriría empezar un libro por el final, pero aquel día miré la última página sin verla realmente, hojeé un poco el diario y lo abrí distraídamente al azar, cerca del final. Posé la mirada en la página derecha –supe un día que nuestra vista se dirigía con preferencia hacia esa página, por lo que los anuncios en ella son más caros que en la izquierda; lo mismo que son más caros en la parte de arriba que en la inferior-, y allí vi mi nombre. Y justo después el primer apellido. Y, por si mi nombre y primer apellido, y más aún ambos juntos, no fuesen ya poco frecuentes, allí estaba el segundo apellido, como queriendo rematar el conjunto. Me quedé unos segundos mirando y asocié en el acto mi propio nombre al de un viejo, un anciano que por pura casualidad era mi tocayo. Pero no. Allí debajo estaba la fecha, y era la fecha de mi nacimiento. Bueno, y la de mi muerte, claro está, que coincidía con la fecha en curso.

Como en muchas situaciones inesperadas, reaccioné estúpidamente. “¡Qué curioso,” pensé, “qué curioso que se produzca una coincidencia así y todavía no me haya llamado nadie para ver si sigo vivo!”. Pero no, qué estupidez… ¿quién iba a llamar a un muerto? Cerré el periódico y lo dejé por allí, y enseguida alguien se lo llevó. Al poco salí del bar y cavilé sobre el hecho de que, a esas horas y a ojos de muchos, yo podía perfectamente estar muerto. Sonreí pensando en lo que dirían viejos conocidos del colegio. ¿Pensarían en drogas, accidentes de coche y suicidios, como pensaba yo cada vez que algún suceso parecido afectaba a alguien a quien conocía levemente? ¿O me verían incapaz de morirme de una de esas maneras y empezarían a echar la culpa al cáncer y a otras enfermedades dantescas? Pensar en conocidos me llevó a pensar en amigos cercanos y esto, a su vez, me hizo pensar casi en el acto que me habían gastado una broma demencial. ¿Qué se yo? Cosas peores se vieron. Lo que me extrañaba no era tanto que mis amigos hubieran publicado mi muerte, cosa que seguramente les parecería graciosa hasta lo indecible, sino que lo hubieran hecho sin que hubiese de por medio algún evento que lo justificase –como un descenso del Sella, o un San Patricio, o una boda, o cualquiera de las fiestas que solían acabar más mal que bien-.

De pronto quise leer de nuevo la esquela, y leerla entera, pues solo había mirado el nombre y las fechas. No se me ocurrió otra cosa que volver al bar, cuando hubiera podido conseguir el periódico en cualquier otro bar o, más lógicamente, en cualquier quiosco. Entré y no encontré el papel, lo cual me puso un poco nervioso. Sucedió entonces algo trivial en apariencia: un señor gordo, de unos cuarenta años y gafas de contable, chocó contra mí llevado por su propia inercia y no solo no se volvió a disculparse, sino que no pareció notar ni mi presencia ni el topetazo. Pude haber pensado que llevaba prisa y que debido a su, digamos, bovina complexión no había notado cómo me atropellaba, pero no: por un segundo pensé que quizá el muerto fuera realmente yo y vagase espectralmente por el mundo de los vivos. Por un momento sopesé la idea y, en ese instante, no resultaba tan terrible. Acabé desechándola porque, si bien es cierto que había dejado bastantes cosas por hacer, ninguna de ellas parecía tan importante como para justificar mi conversión en ectoplasma. Si comprar el pan o limpiar, de una maldita vez, las estanterías que hay sobre mi escritorio fuesen razón suficiente para que volviésemos como fantasmas, estaríamos asediados a todas horas por una neurótica colección de espectros ansiosos por pasar la fregona o llevar el coche al taller. No, era poco probable.

Sonó el teléfono. Era un amigo con el que hacía años que no cruzaba más que un hola o un adiós. Ni siquiera recordaba tener su número.

– Sí -dije más que pregunté.

– Esto, hola, esto… -masculló él.

– Ejem, dime. Dime.

– Bueno, nada. Estaba leyendo el periódico y, bueno, sale tu esquela -dijo con notable aprensión. Pensé que tal vez fuese un hombre con ideas raras en lo tocante a charlar con fallecidos o con sus espectros, pues hablaba con un tono tembloroso muy lejano al carácter fiestero que yo le había conocido. Supongo que nadie está preparado para llamar a un muerto.

– Sí, bueno, -dije yo con un tono despreocupado- ha debido ser un error del periódico, ya sabes.

Como hubo un silencio incómodo mientras meditaba, añadí:

– Sería cosa de un becario.

– Ah -dijo-. Bueno.

– Bueno. Pues nada, ¿qué tal por la carrera? -dije sin saber cómo continuar una llamada cuya causa había sido tan anómala.

Hablamos algo más, de cosas insustanciales, y pude ver que su actitud volvía poco a poco a la normalidad. Supuse que, sobre todo, por verse libre de una visita al tanatorio.

En fin, la llamada me había devuelto la fe en mi propia existencia y despreocupadamente quise darme una vuelta por la ciudad. No pasaron ni treinta segundos cuando volvió a sonar el móvil, y ahora era un amigo cercano. Lo saludé con un insulto, como era costumbre entre ambos, aunque sospechaba que la llamada iba a ser similar a la anterior.

– Oye, tío. Que vi tu esquela. Está en el periódico tu esquela

“Muy original”, pensé yo.

– Mira, sí, hoy sale una esquela de alguien que se llama igual que yo, se apellida también igual, y tiene la misma edad. Pero es una casualidad. Un error de un becario -dije, y tosí.

Se oyó un “ah” muy largo al otro lado de la línea, y luego mi amigo añadió alguna broma brutal sobre coronas de flores y consolar a mi mujer, que yo me tomé a chirigota pero luego, recapacitando, me hizo pensar con inquietud en lo que podría pasar en el hipotético caso de que yo me muriese de verdad.

No pude rumiar mucho aquello porque volvieron a llamarme. Era otro amigo de los más cercanos, y me extrañó especialmente su llamada porque sabía que estaba trabajando en la otra punta de España y yo sólo me había muerto en un periodicucho de provincias, como quien dice. No dudaba, por supuesto, que me llamaba únicamente por saber si aún vivía. Cogí la llamada casi con un gruñido.

– Sí, estoy vivo -dije a modo de saludo.

– Oyequetevienunaesquela -dijo él sin casi respirar, como si llevase toda la mañana tratando de condensar lo que quería decir en una frase con poco éxito; hubiera dicho lo mismo aunque se hubiese equivocado de número y hubiera llamado a su compañía de seguros.

En fin, ¿qué iba a hacer? Expliqué nuevamente la historia del becario inepto, que ya empezaba a creerme. Colgamos.

Pensé con cierto pánico que toda la gente que había visto la esquela llevaría toda la mañana dándole vueltas a lo que haría y diría y ahora, cuando todas sus mentes empezaban a llegar a conclusiones similares, empezaría el aluvión de llamadas. Pensé en apagar el móvil, cosa que descarté rápidamente por la crueldad que supondría si alguien me llamase preocupado.

Fue entonces cuando reparé en una cosa: ¿por qué llamar a un muerto? Me paré en mitad de la calle, enfadado por no haberlo pensado antes. Si sospechas que alguien está muerto, ¿no es lógico llamar a cualquiera excepto a él?

Y no debía serlo tanto, pues otra vez sonó el móvil. Lo cogí sin pararme a mirar quién era y solté:

– Mira: sigo vivo. Sé que alguien con quien comparto nombre, apellidos y edad ha muerto, pero el culpable es un becario que… -me detuve a mitad de la frase, que había empezado bien pero amenazaba con torcerse definitivamente hacia la confusión -. Estoy bien, bueno, al menos estoy vivo.

Aproveché la confusión del llamante para mirar en pantalla su identidad, y era una compañera de estudios a la que tampoco veía desde hace años y que seguramente tendría mi teléfono por haberme llamado una única vez para hacer un trabajo o conseguir unos apuntes haría cosa de una década. Me enfadé definitiva e instantáneamente al comprobar que me llamaban personas en un orden aparentemente aleatorio; primero un conocido, luego dos buenos amigos, ahora una excompañera de la que no podía recordar ni una triste anécdota.

– Y otra cosa -añadí con ímpetu-, ¿no es un poco absurdo llamar a un sospechoso de haberse muerto? ¡Coño, podías haber usado la ouija, ya puestos!

Ella, aturdida por esa respuesta inesperada, farfulló algo que no escuché –más bien no quise escuchar- y nos despedimos. No creo que me volviese a llamar, ni ese día ni ningún otro.

Pensé instantáneamente en mi madre, y mi cabreo aumentó varios puntos. Gente que estaba en el otro extremo del país se enteraba de mi muerte antes que mi querida madre. Intolerable, era intolerable. Apresuradamente llamé a casa de mis padres, donde no me contestó nadie; llamé entonces al móvil de ella y enseguida me saludó alegremente.

– Pero vamos a ver, mamá -dije-. ¿Es que me muero y no te enteras?

Ella respondió con un gruñido que sonaba como un “¿qué?” bastante largo, y casi pude verla parándose en seco y preguntándose qué me pasaba en la cabeza esta vez.

– ¡Coño, que está mi esquela en el periódico y ni me llamas!

– Pero ¿qué esquela?

– ¡La mía, la mía! -vociferé, creyendo que, puesto que la noticia se había extendido hasta los que estaban muy lejos, por fuerza tenía que haber llegado a los que vivían cerca. Luego me compuse y reparé en que estaba diciendo tonterías- Bueno, dije, no es la mía, pero como si lo fuera. A lo mejor el…

– ¿Cómo que como si lo fuera? -interrumpió

– … becario del periódico… -seguí yo, desesperado

– O es tuya, o no es, hijo

– … es que hay un becario que… -dije, antes de que mi supuesta explicación tocase fondo. Ya me estaba creyendo que había un becario maléfico dispuesto a convencer a todo el mundo de mi muerte -. Esto, mira, mamá, si te llama alguien preguntando si estoy vivo, dile que sí, que estoy. En fin, y yo aprovecho para decírtelo a ti también. Estoy vivo. ¡Hola!

Hubo un silencio en que casi se pudo escuchar como los engranajes cerebrales de mi madre trataban de encajar el golpe que suponía para ella tenerme como hijo. Yo había empezado a sudar.

– Oye, hijo. Hay mucha gente en el mundo. Tampoco es tan extraño que alguien se llame como tú; no es frecuente, pero puede ser.

– Sí, pero ¿por qué la gente me llama si sospecha que estoy muerto?

– Porque se preocupan por ti, hombre -dijo como si me estuviera explicando algo sobre los reyes magos.

– Ah. Bueno.

– A ver cuándo te pasas a comer un día de estos, anda.

– Sí, sí.

Colgamos y me sentí imbécil del todo. Al rato volvió a sonar el teléfono y ya no lo cogí, lo mismo que todas las demás veces. En su lugar, me fui a comprar el pan, no fuera que me muriese de verdad sin haberlo hecho y mi fantasma tuviese que volver por esa gilipollez, mientras hombres gordos le embestían sin reparar en él.


Cómo cabrear al personal inventando cosas

Encontrado en Facebook, hoy:

Comparto esto: Aquí tenemos la fotografía de una libreta de Banco, y no es de alguien cualquiera es de un ciudadano marroquí residente en la ciudad de Vitoria. En ella podéis apreciar los apuntes 616 euros de Lambide y 1407 del ayuntamiento de Vitoria que hacen un total de 2023 euros mensuales en concepto de ayuda. Y mi pregunta es la siguiente ¿cuantos de vosotros, trabajando y cotizando toda la vida, no llegáis ni a la mitad de eso con vuestra paga de jubilados? ¿Cuantos de nosotros trabajando honradamente a diario no ganamos ni la mitad y encima tenemos que pagar impuestos? Es totalmente vergonzoso que una persona por tocarse la barriga todo el día y que el mayor esfuerzo que hace es ir a retirar esas “ayudas” en el momento que esos dos estamentos oficiales se las ingresan, y que en España tengamos compatriotas nuestros pasando hambre, Es totalmente injusto que un ciudadano de otro pais le estén dando por todo el “morro”unos 800 mas de lo que un Guardia Civil gana por jugarse la vida a diario. Lo dicho VERGONZOSO. Primero ayudar a los españoles y después si sobra a los de fuera, no es ser racista, es ser humano con los nuestros, si no nos sobra y hay que alimentar a los nuestros, manden a su tierra a estos vividores, maldita sea… Un mensaje claro a emitir… ¡¡¡Los Españoles primero, y si sobra se ayuda a los de fuera, y si no sobra pues lo sentimos!!!!

Nomina

Aquí tenemos esta foto y este comentario pseudo-fascista que se está compartiendo locamente por Facebook. Ahora mismo lo han compartido más de 17.000 veces y tiene cinco mil y pico comentarios, que vale más no leer.

¿Es verdad esta foto? Imposible comprobarlo. Ahí vemos una cartilla que dice varias cosas:

– que esa persona recibió mensualmente una transferencia por valor de 616 € (he contado cuatro ingresos de esos). Como pone Lanbide, podemos suponer que se refiere al ayuntamiento de Lanbide (País Vasco). A saber. Puede ser el paro, por ejemplo, el sueldo de un Plan de Empleo Local, cualquier cosa. Imposible saberlo. Lanbide es el INEM o Sercicio Público de Empleo del País Vasco. Esos 616,13 € son la Renta de Garantía de Ingresos (gracias, Carles Espinosa, por la aclaración).

– que esa persona recibió una transferencia de algo más de 1.400 € de AYTO. VITO (¿Ayuntamiento de Vitoria?), que puede tener relación con lo anterior… o no tenerla.

En resumen, esa foto no dice absolutamente nada. La descripción de la foto, adecuadamente xenófoba, es mentira. Dice que esta persona recibe 2000 € y pico al mes, cosa que no ocurre en ningún momento (mirad y sumad). Dice que es de un “ciudadano marroquí” que se dedica a “tocarse la barriga todo el día” (¿?). O sea, cosas imposibles de comprobar. Luego se lanza a una serie de preguntas retóricas, construidas para avivar la mala leche, la ignorancia, la xenofobia y otros sentimientos no muy nobles compartidos por tantos y tantos amables españoles.

Si has visto la foto y te has puesto de mala leche, quizás te gustaría reflexionar sobre lo que acabo de decir antes de seguir echando bilis.

PD: quien compartió originariamente la imagen tiene una foto de perfil en la que aparece con tricornio y como portada una bandera de España. Es posible que sea simple casualidad.


Los temas recurrentes de Lovecraft

Howard Phillips Lovecraft (1890 – 1937) es justamente reconocido como uno de los más grandes escritores de terror de todos los tiempos. Aunque hay quien lo tiene por un escritor pulp más, somos legión los que idolatramos su obra como algo excepcional. Como escritor, ha recibido innumerables críticas: no todas las viejas glorias de la época pulp eran grandes escritores, y no todas esas críticas son desacertadas, la verdad. Pero dejaré para los críticos literarios el análisis de la parte técnica de su obra, porque creo que el verdadero encanto de Lovecraft reside en su ambientación, en ese espíritu inquietante y sombrío que supo darle a todas sus historias.

El universo de Lovecraft tiene sus propias peculiaridades.

En primer lugar, es un universo indiferente en el mejor de los casos, y atrozmente hostil en el peor. Los personajes de Lovecraft llevan vidas anodinas hasta que tropiezan con lo inesperado, lo misterioso, lo aterrador. En ese momento sus vidas se quiebran y la locura y la muerte campan a sus anchas. Los humanos son meras motas de polvo que tienen fugaces vidas en un universo frío e infinito. Y ya en las primeras frases de La llamada de Cthulhu, el más famoso de sus relatos famosos, se nos advierte que

no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debiéramos llegar muy lejos. Hasta el momento las ciencias, cada una orientada en su propia dirección, nos han causado poco daño; pero algún día, la reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terribles panorámicas de la realidad, y lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que sólo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelación, o huir de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas.

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Otro de los elementos omnipresentes en sus obras es la existencia de conocimientos prohibidos o, simplemente, demasiado horrendos para ser conocidos. La ignorancia es una bendición, y una vez perdida el hombre queda a merced de terribles verdades que le llevan a la locura. En cuando empezamos a leer Arthur Jermyn (relato en el que veremos reflejados prácticamente todos los temas recurrentes lovecraftianos), se nos dice que

la vida es algo espantoso; y desde el trasfondo de lo que conocemos de ella asoman indicios demoníacos que la vuelven a veces infinitamente más espantosa. La ciencia, ya opresiva en sus tremendas revelaciones, será quizá la que aniquile definitivamente nuestra especie humana —si es que somos una especie aparte—; porque su reserva de insospechados horrores jamás podrá ser abarcada por los cerebros mortales, en caso de desatarse en el mundo.

Relatos enteros se han construido sobre el tema de la ignorancia y la horrible revelación final. En El extraño, el propio protagonista lo ignora todo acerca de sí mismo y de sus orígenes, hasta que el encuentro fortuito con un espejo le revela que él es el monstruo del relato. En La declaración de Randolph Carter, excelente historia, la verdad llega en forma de frase lapidaria que revela al protagonista la existencia de insospechados mundos subterráneos. En La sombra sobre Innsmouth, el protagonista ahonda en su propio linaje para descubrir espantosas revelaciones. ¿Y qué decir del desgraciado Arthur Jermyn, el conocimiento de cuyos orígenes le llevó a prenderse fuego? La ignorancia es una bendición.

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En ocasiones, estas tremendas revelaciones son liberadas de forma inconsciente por los avances científicos. A medida que la ciencia avanza (y recordemos que en 1920 los avances parecían ilimitados y vertiginosos), deja al descubierto nuevas posibilidades de horror. En En las montañas de la locura, una expedición científica desata un horror de eras pasadas. La propia Keziah Mason, la bruja de Los sueños de la casa de la bruja, usa extraños símbolos mágicos que el protagonista intenta desvelar empleando el poder de las matemáticas… con horribles consecuencias. Y ¿no es Herbert West, Reanimador, el prototipo de científico loco? El estudio de la “metafísica” había marcado profundamente al protagonista de La música de Erich Zann. La Teoría especial de la Relatividad fue publicada por Einstein en 1905, seguida de su Teoría General en 1916. Lovecraft ya habla de múltiples dimensiones y de espacios no euclideos. Y en El que susurra en la oscuridad, Lovecraft explica el reciente descubrimiento de Plutón (1930) como el resultado de una voluntad más siniestra:

se había localizado un noveno planeta más allá de Neptuno, tal como aquellos seres habían adelantado. Los astrónomos, con una implacable propiedad que estaban lejos de sospechar, lo denominaron «Plutón». Yo estoy convencido de que se trata nada menos que del nocturnal Yuggoth…

Curiosamente, razas alienígenas como los Mi-go, los Antiguos o la Gran Raza de Yith disfrutan de un aventajadísimo dominio sobre la tecnología y la ciencia.

Hay dos características de la obra lovecraftiana que parecen no tener relación, pero yo creo que una es consecuencia de la otra. Me refiero, por una parte, al concepto del destino (o culpa) heredada y por otra al profundo clasismo del que hacía gala.

La herencia de las culpas de nuestros ancestros es un tema recurrente. En Las ratas en las paredes, los De la Poer sufren terribles destinos por sus pecados ancestrales (“¿por qué no podían comerse las ratas a un De la Poer, del mismo modo que un De la Poer comía cosas prohibidas?”). De nuevo Arthur Jermyn sufre las consecuencias de los pecados de su antepasado. En El alquimista, un asesinato perpetrado por un antepasado lejano hace que un brujo se vengue de todos sus descendientes… durante siglos. La maldición que cayó sobre Sarnath relata una venganza que se demoró un milenio; el protagonista de La sombra sobre Innsmouth desciende de una impía unión (al igual que muchos de los habitantes de la propia Innsmouth). Las consecuencias de pecados y errores se extienden durante siglos y acaban alcanzando a los incautos y desprevenidos descendientes.

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Esto me lleva al tema del clasismo. Para Lovecraft, no todas las razas humanas eran iguales, y esto se hace evidente en sus obras. Más aún, dentro de las razas hay clases mejores y clases… menos mejores. El ideal de protagonista lovecraftiano es un blanco de ascendencia anglosajona, de la zona de Nueva Inglaterra o de ascendencia de la propia Inglaterra. Y, en el otro extremo, los cultistas, dementes, asesinos y criminales solían ser gente negra, india, morena o simplemente dedicada a oficios serviles y manuales. Para Lovecraft, la virtud y la belleza van unidas, y lo mismo ocurre con la maldad y la fealdad (los héroes son elegantes y distinguidos, en tanto que los sirvientes y sectarios son jorobados y horribles). En La calle, nos dice

Nuevos rostros aparecieron en la Calle; rostros morenos, siniestros, de ojos furtivos y facciones singulares, cuyos poseedores hablaban exóticas lenguas y trazaban signos de caracteres conocidos y desconocidos sobre la mayoría de las casas anticuadas.

Y los cultistas de La llamada de Cthulhu son descritos así:

Allí saltaba y se retorcía una indescriptible horda de monstruosidad humana que nadie salvo Sime o Angarola hubiera sido capaz de retratar. Sin ropa alguna encima, aquellos engendros mestizos rugían, vociferaban y se contorsionaban

El terror suele venir de fuera, de los extraños, de las tribus, de los sitios lejanos, exóticos e incivilizados.

Pero ¿por qué afirmo que la culpa heredada y el racismo van unidos? Si uno asume que la culpa de los antepasados se transmite a sus descendientes y que somos en cierto modo “esclavos” de sucesos del pasado, aceptar ideas racistas y valorar el hecho de ser “de buena familia” es una consecuencia natural. Parecen dos aspectos del mismo concepto: la herencia y lo inevitable del destino. Los descendientes de criminales, aunque sean de origen noble, no pueden escapar de su destino; mientras que los squires de buena familia y ascendencia intachable seguirán siéndolo. El racismo y la exhaltación de los blancos anglosajones son ideas que casan muy difícilmente con el lector medio del siglo XXI.

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La ausencia de mujeres es otra peculiar característica que choca con las actuales costumbres. No hay novias ni esposas. Ni amor, ni cariño, ni ternura de ningún tipo. ¿Cómo podría haberlo, en un universo empeñado en destruirnos? Hay quien ha dicho que la ausencia de mujeres se debe al desdén natural de Lovecraft hacia el sexo femenino, aunque parece ser que nada en su correspondencia o en su vida privada apoya tal teoría. Se carteaba igualmente con amigos y amigas, escritores y escritoras. Es lógico que en una época en la que las mujeres tenían muchísimos menos puestos de responsabilidad, haya pocas entre los nobles, bibliotecarios, sabios y científicos que pueblan sus novelas. Y también es lógico que las emociones humanas queden relegadas a un segundísimo plano ante los horrores cthulhuideos. Excepto, claro está, el terror…

Es curioso como las mujeres que aparecen en las obras de Lovecraft desempeñan casi siempre papeles pérfidos, engañosos o directamente malvados. Muchas de ellas son adoradoras de los Mitos (Keziah Mason en Los sueños de la casa de la bruja, Asenath Waite en El ser en el umbral, con cambio de sexo mágico incluido, Lavinia Weatheley en El horror de Dunwich…) y algunas otras ni siquiera son humanas (la tatarabuela simiesca de Arthur Jermyn o la esposa del viejo Obed Marsh -y, por extensión, muchas de las esposas del pueblo- en La sombra sobre Innsmouth). La mujer es colaboradora del horror.

Así es que, si es usted el protagonista de un relato o novela lovecraftiana, una cosa es segura: no lo va a pasar usted nada bien…


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