La esquela

Aquella mañana ya se vaticinaba que algo extravagante iba a ocurrir, porque había soñado con cosas agradables, sospechosamente llenas de amistad y amor. Mucha gente tiene pesadillas que son espantosas en mayor o menor grado, pero en mis sueños suelo ser yo quien persigo y acoso a otros. Y eso que soy una persona razonablemente pacífica. En fin, los sueños son solo eso, sueños, y no tiene sentido sacar conclusiones precipitadas en base al contenido de los míos. Afortunadamente para mí.

El caso es que me desperté un poco confundido por aquellas floridas ensoñaciones y, a saber por qué, me sentí inquieto y a la espera de que algo raro ocurriera.

Ya casi había olvidado mi aprensión mañanera un rato después, en un bar cercano a casa, mientras leía un periódico local. En sentido estricto, no llegué a leer nada de aquel periódico, salvo una cosa: mi esquela. O, mejor dicho, una esquela en la que figuraba mi nombre, apellidos, fecha de nacimiento, todo. Nunca abro el periódico por atrás, igual que no se me ocurriría empezar un libro por el final, pero aquel día miré la última página sin verla realmente, hojeé un poco el diario y lo abrí distraídamente al azar, cerca del final. Posé la mirada en la página derecha –supe un día que nuestra vista se dirigía con preferencia hacia esa página, por lo que los anuncios en ella son más caros que en la izquierda; lo mismo que son más caros en la parte de arriba que en la inferior-, y allí vi mi nombre. Y justo después el primer apellido. Y, por si mi nombre y primer apellido, y más aún ambos juntos, no fuesen ya poco frecuentes, allí estaba el segundo apellido, como queriendo rematar el conjunto. Me quedé unos segundos mirando y asocié en el acto mi propio nombre al de un viejo, un anciano que por pura casualidad era mi tocayo. Pero no. Allí debajo estaba la fecha, y era la fecha de mi nacimiento. Bueno, y la de mi muerte, claro está, que coincidía con la fecha en curso.

Como en muchas situaciones inesperadas, reaccioné estúpidamente. “¡Qué curioso,” pensé, “qué curioso que se produzca una coincidencia así y todavía no me haya llamado nadie para ver si sigo vivo!”. Pero no, qué estupidez… ¿quién iba a llamar a un muerto? Cerré el periódico y lo dejé por allí, y enseguida alguien se lo llevó. Al poco salí del bar y cavilé sobre el hecho de que, a esas horas y a ojos de muchos, yo podía perfectamente estar muerto. Sonreí pensando en lo que dirían viejos conocidos del colegio. ¿Pensarían en drogas, accidentes de coche y suicidios, como pensaba yo cada vez que algún suceso parecido afectaba a alguien a quien conocía levemente? ¿O me verían incapaz de morirme de una de esas maneras y empezarían a echar la culpa al cáncer y a otras enfermedades dantescas? Pensar en conocidos me llevó a pensar en amigos cercanos y esto, a su vez, me hizo pensar casi en el acto que me habían gastado una broma demencial. ¿Qué se yo? Cosas peores se vieron. Lo que me extrañaba no era tanto que mis amigos hubieran publicado mi muerte, cosa que seguramente les parecería graciosa hasta lo indecible, sino que lo hubieran hecho sin que hubiese de por medio algún evento que lo justificase –como un descenso del Sella, o un San Patricio, o una boda, o cualquiera de las fiestas que solían acabar más mal que bien-.

De pronto quise leer de nuevo la esquela, y leerla entera, pues solo había mirado el nombre y las fechas. No se me ocurrió otra cosa que volver al bar, cuando hubiera podido conseguir el periódico en cualquier otro bar o, más lógicamente, en cualquier quiosco. Entré y no encontré el papel, lo cual me puso un poco nervioso. Sucedió entonces algo trivial en apariencia: un señor gordo, de unos cuarenta años y gafas de contable, chocó contra mí llevado por su propia inercia y no solo no se volvió a disculparse, sino que no pareció notar ni mi presencia ni el topetazo. Pude haber pensado que llevaba prisa y que debido a su, digamos, bovina complexión no había notado cómo me atropellaba, pero no: por un segundo pensé que quizá el muerto fuera realmente yo y vagase espectralmente por el mundo de los vivos. Por un momento sopesé la idea y, en ese instante, no resultaba tan terrible. Acabé desechándola porque, si bien es cierto que había dejado bastantes cosas por hacer, ninguna de ellas parecía tan importante como para justificar mi conversión en ectoplasma. Si comprar el pan o limpiar, de una maldita vez, las estanterías que hay sobre mi escritorio fuesen razón suficiente para que volviésemos como fantasmas, estaríamos asediados a todas horas por una neurótica colección de espectros ansiosos por pasar la fregona o llevar el coche al taller. No, era poco probable.

Sonó el teléfono. Era un amigo con el que hacía años que no cruzaba más que un hola o un adiós. Ni siquiera recordaba tener su número.

– Sí -dije más que pregunté.

– Esto, hola, esto… -masculló él.

– Ejem, dime. Dime.

– Bueno, nada. Estaba leyendo el periódico y, bueno, sale tu esquela -dijo con notable aprensión. Pensé que tal vez fuese un hombre con ideas raras en lo tocante a charlar con fallecidos o con sus espectros, pues hablaba con un tono tembloroso muy lejano al carácter fiestero que yo le había conocido. Supongo que nadie está preparado para llamar a un muerto.

– Sí, bueno, -dije yo con un tono despreocupado- ha debido ser un error del periódico, ya sabes.

Como hubo un silencio incómodo mientras meditaba, añadí:

– Sería cosa de un becario.

– Ah -dijo-. Bueno.

– Bueno. Pues nada, ¿qué tal por la carrera? -dije sin saber cómo continuar una llamada cuya causa había sido tan anómala.

Hablamos algo más, de cosas insustanciales, y pude ver que su actitud volvía poco a poco a la normalidad. Supuse que, sobre todo, por verse libre de una visita al tanatorio.

En fin, la llamada me había devuelto la fe en mi propia existencia y despreocupadamente quise darme una vuelta por la ciudad. No pasaron ni treinta segundos cuando volvió a sonar el móvil, y ahora era un amigo cercano. Lo saludé con un insulto, como era costumbre entre ambos, aunque sospechaba que la llamada iba a ser similar a la anterior.

– Oye, tío. Que vi tu esquela. Está en el periódico tu esquela

“Muy original”, pensé yo.

– Mira, sí, hoy sale una esquela de alguien que se llama igual que yo, se apellida también igual, y tiene la misma edad. Pero es una casualidad. Un error de un becario -dije, y tosí.

Se oyó un “ah” muy largo al otro lado de la línea, y luego mi amigo añadió alguna broma brutal sobre coronas de flores y consolar a mi mujer, que yo me tomé a chirigota pero luego, recapacitando, me hizo pensar con inquietud en lo que podría pasar en el hipotético caso de que yo me muriese de verdad.

No pude rumiar mucho aquello porque volvieron a llamarme. Era otro amigo de los más cercanos, y me extrañó especialmente su llamada porque sabía que estaba trabajando en la otra punta de España y yo sólo me había muerto en un periodicucho de provincias, como quien dice. No dudaba, por supuesto, que me llamaba únicamente por saber si aún vivía. Cogí la llamada casi con un gruñido.

– Sí, estoy vivo -dije a modo de saludo.

– Oyequetevienunaesquela -dijo él sin casi respirar, como si llevase toda la mañana tratando de condensar lo que quería decir en una frase con poco éxito; hubiera dicho lo mismo aunque se hubiese equivocado de número y hubiera llamado a su compañía de seguros.

En fin, ¿qué iba a hacer? Expliqué nuevamente la historia del becario inepto, que ya empezaba a creerme. Colgamos.

Pensé con cierto pánico que toda la gente que había visto la esquela llevaría toda la mañana dándole vueltas a lo que haría y diría y ahora, cuando todas sus mentes empezaban a llegar a conclusiones similares, empezaría el aluvión de llamadas. Pensé en apagar el móvil, cosa que descarté rápidamente por la crueldad que supondría si alguien me llamase preocupado.

Fue entonces cuando reparé en una cosa: ¿por qué llamar a un muerto? Me paré en mitad de la calle, enfadado por no haberlo pensado antes. Si sospechas que alguien está muerto, ¿no es lógico llamar a cualquiera excepto a él?

Y no debía serlo tanto, pues otra vez sonó el móvil. Lo cogí sin pararme a mirar quién era y solté:

– Mira: sigo vivo. Sé que alguien con quien comparto nombre, apellidos y edad ha muerto, pero el culpable es un becario que… -me detuve a mitad de la frase, que había empezado bien pero amenazaba con torcerse definitivamente hacia la confusión -. Estoy bien, bueno, al menos estoy vivo.

Aproveché la confusión del llamante para mirar en pantalla su identidad, y era una compañera de estudios a la que tampoco veía desde hace años y que seguramente tendría mi teléfono por haberme llamado una única vez para hacer un trabajo o conseguir unos apuntes haría cosa de una década. Me enfadé definitiva e instantáneamente al comprobar que me llamaban personas en un orden aparentemente aleatorio; primero un conocido, luego dos buenos amigos, ahora una excompañera de la que no podía recordar ni una triste anécdota.

– Y otra cosa -añadí con ímpetu-, ¿no es un poco absurdo llamar a un sospechoso de haberse muerto? ¡Coño, podías haber usado la ouija, ya puestos!

Ella, aturdida por esa respuesta inesperada, farfulló algo que no escuché –más bien no quise escuchar- y nos despedimos. No creo que me volviese a llamar, ni ese día ni ningún otro.

Pensé instantáneamente en mi madre, y mi cabreo aumentó varios puntos. Gente que estaba en el otro extremo del país se enteraba de mi muerte antes que mi querida madre. Intolerable, era intolerable. Apresuradamente llamé a casa de mis padres, donde no me contestó nadie; llamé entonces al móvil de ella y enseguida me saludó alegremente.

– Pero vamos a ver, mamá -dije-. ¿Es que me muero y no te enteras?

Ella respondió con un gruñido que sonaba como un “¿qué?” bastante largo, y casi pude verla parándose en seco y preguntándose qué me pasaba en la cabeza esta vez.

– ¡Coño, que está mi esquela en el periódico y ni me llamas!

– Pero ¿qué esquela?

– ¡La mía, la mía! -vociferé, creyendo que, puesto que la noticia se había extendido hasta los que estaban muy lejos, por fuerza tenía que haber llegado a los que vivían cerca. Luego me compuse y reparé en que estaba diciendo tonterías- Bueno, dije, no es la mía, pero como si lo fuera. A lo mejor el…

– ¿Cómo que como si lo fuera? -interrumpió

– … becario del periódico… -seguí yo, desesperado

– O es tuya, o no es, hijo

– … es que hay un becario que… -dije, antes de que mi supuesta explicación tocase fondo. Ya me estaba creyendo que había un becario maléfico dispuesto a convencer a todo el mundo de mi muerte -. Esto, mira, mamá, si te llama alguien preguntando si estoy vivo, dile que sí, que estoy. En fin, y yo aprovecho para decírtelo a ti también. Estoy vivo. ¡Hola!

Hubo un silencio en que casi se pudo escuchar como los engranajes cerebrales de mi madre trataban de encajar el golpe que suponía para ella tenerme como hijo. Yo había empezado a sudar.

– Oye, hijo. Hay mucha gente en el mundo. Tampoco es tan extraño que alguien se llame como tú; no es frecuente, pero puede ser.

– Sí, pero ¿por qué la gente me llama si sospecha que estoy muerto?

– Porque se preocupan por ti, hombre -dijo como si me estuviera explicando algo sobre los reyes magos.

– Ah. Bueno.

– A ver cuándo te pasas a comer un día de estos, anda.

– Sí, sí.

Colgamos y me sentí imbécil del todo. Al rato volvió a sonar el teléfono y ya no lo cogí, lo mismo que todas las demás veces. En su lugar, me fui a comprar el pan, no fuera que me muriese de verdad sin haberlo hecho y mi fantasma tuviese que volver por esa gilipollez, mientras hombres gordos le embestían sin reparar en él.

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