Padre e hijo

Padre e hijo

Ambos, el padre y el hijo, eran animales de costumbres. El padre también era especialmente animal, aunque sin duda el hijo iría adquiriendo esa característica con el tiempo.

Todas las tardes hacían lo mismo: reñir. Pero lo hacían, como casi todo lo humano, siguiendo unas pautas que apenas variaban con el paso de los días. Los padres llegaban a la terraza del bar, pedían algo y se pasaban la tarde haciendo acto de presencia. Como casi todas las parejas que no acaban de conocerse y se sientan en una terraza, pasaban las horas en una solitaria compañía. Resultaba un alivio para ambos que hubiese algún partido interesante o una carrera de Fórmula 1 o de motos, porque eso los liberaba durante dos o tres horas del tedio de aparentar interés mutuo.

El chaval no pasaría de los ocho años y jugaba al fútbol en la plazoleta con otros como él. Todos ellos tenían nombres curiosos, que hace veinte años hubieran sido impensables: Kevin, Yago, Chris. Curiosamente, ninguno de los padres estaban a la altura de la supuesta sofisticación y modernez que sugerían los nombres de sus hijitos.

A una hora determinada el padre se levantaba, como cada día, para convertirse junto a su hijo en uno de los actores de la siguiente escena. Entraba en el bar, pagaba lo que debía y salía a reunirse de nuevo con su mujer, que a partir de aquí pasaba a ser una mera figurante. Llamaba entonces a su hijo por el nombre (no recuerdo si era Yago, Kevin o Sinforoso), con voz sonora, y éste le respondía obediente:

–          ¡El último tiro, papá! ¡El último tiro!

Esperaba el padre unos segundos, mirando a veces fijamente al hijo, comentando otras algo a su mujer, consultando tal vez la hora. Y, como cada vez, le gritaba al hijo:

–          Es la última vez que te lo digo. ¡La última!

Estas dos frases eran siempre idénticas, dichas ambas con el mismo tono, volumen y cadencia. Resultaba asombroso cómo conseguían articular las palabras con el mismo timbre, exacto, que el día o la semana anterior. Si ambos hubieran sido actores, no hubieran logrado tal precisión en sus ensayos. A partir de aquí se permitían variar ligerísimamente las palabras o la entonación, aunque sin salirse nunca de su guión.

–          ¡El último penalti, papá!, gritaba el hijo.

–          ¡No te lo vuelvo a repetir!, respondía cansinamente el padre.

El padre decía sus frases con gesto entre impaciente, hastiado y enfadado con su hijo. Si uno le quitaba el volumen al señor y se fijaba en sus gestos, diríase que estaba tratando de discutir con un policía o un inspector de hacienda, alguien a quien trataba de convencer de algo a sabiendas de que sus palabras seguramente iban a caer en saco roto, que casi no valía la pena intentarlo. Daba la impresión de que estaba actuando, pero no para una audiencia, sino para su hijo. Parecía querer convencer al niño de que era fuerte, autoritario, con energía sobrada para respaldar sus amenazas. En este sentido resultaba un penoso actor. Cada vez que repetía es la última vez, no vuelvo a repetirlo, su hijo iba aprendiendo justamente lo contrario. Los niños aprenden muy rápidamente algunas cosas que no queremos enseñarles.

La escena duraba entre cinco y diez minutos, repitiéndose este intercambio de frases una vez por minuto, más o menos. Una precisión más que notable. Finalmente, como atendiendo a una orden invisible que nada tenía que ver con su padre, el niño cogía el balón y los tres se iban juntos. Hasta la próxima actuación.

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