El título

Título

Cuando alquilé mi casa venía amueblada. “Amueblada” suele significar que viene con lo justo para pasar como un búnker de campaña aceptable, o un refugio paleolítico apañado. En mi caso sucedió lo contrario, ya que la señora me había dejado todo tipo de cachivaches por los rincones más insospechados de la vivienda. Había fundas de almohadas, mantas y cobertores, mesas, sillas y muebles de utilidad dudosa, una máquina de coser, trapos, cuadros, retratos, pinturas al óleo, a la cera, a la acuarela y al carboncillo; figuritas y jarrones, camas completas. Viviendo ocho en casa no hubiéramos podido dar uso a todo aquello. Todo acabó, amorosamente comprimido, en un enorme armario empotrado que pasó a ser la habitación más aprovechada de la casa.

Pasaron los meses y empecé a preguntarme por qué tenía yo que usar ese armario, que bien podría usar para otras cosas, en almacenar las pertenencias de mi casera. Un día la llamé para pedirle que sacase todo aquello de mi casa, habiendo planeado ya millones de respuestas para sus millones de posibles objeciones, pero no opuso resistencia alguna: me dio carta blanca para deshacerme de todo a mi antojo.

En fin, pronto me di cuenta de que no iba a ser tan fácil. Ya no recordaba la cantidad de cosas que había metido en el armario. Al tratar de sacar algo, todo el mejunje de trastos parecía haberse amalgamado en un único bloque que se amoldaba perfectamente al interior del armario empotrado. Cuando conseguí, finalmente, sacar una pieza de un mueble que había desmontado, la cosa se fue volviendo más fácil.

No quería fatigarme con aquello, así que cada día me sumergía en el trastero empotrado y sacaba unos cuantos kilos de cosas que luego bajaba a los contenedores de la basura.

El problema surgió cuando encontré un título, enmarcado, a nombre del antiguo propietario de la vivienda (ya muerto). Al principio lo saqué del batiburrillo y no miré más para él. Saqué lámparas, patas de cama, tapetes de lana, cosas insospechadas, y luego me dio por leerlo.

MARCOS GARRIDO GUERRERO, decía, en grande, nada más verlo. Lo demás venía escrito más en pequeñito, pero aquél GARRIDO GUERRERO me aturdió un poco por su sonoridad de ultratumba. A pesar de que nunca en mi vida había conocido a MARCOS, y aunque el título en cuestión tampoco tenía mucho mérito, sentí cierto impulso a reconocer su gran logro: como un fósil que vuelve a la vida, traspasaba los ochenta años que nos separaban y me recordaba con cierta altanería que había conseguido titularse.

En fin, había que deshacerse de aquello. Puede que tuviera algún valor como artículo de colección, pero no tenía tiempo ni muchas ganas de averiguarlo y además era un marco completamente enorme, desproporcionado. Pensé en tirarlo según estaba, con lo demás, para que se lo llevaras los mozos de la basura. Luego pensé que no convenía mezclar el cristal que lo tapaba con los demás residuos, pero lo que en realidad quería evitar era dejar a GARRIDO GUERRERO tirado en la calle, como desnudo, expuesto a las miradas de cualquier a que pasara. Cogí una cuchilla y corté cuidadosamente toda la parte trasera para sacar el papel y tirar el resto. Todavía tuve que quitar unos cuantos clavos oxidados, lo que me costó bastante por una estúpida razón: a mitad de la tarea empecé a pensar que tal vez el reverso de aquel diploma tuviese algún tipo de inscripción, tal vez una nota manuscrita por su dueño que nadie llegó nunca a ver. Mejor aún –o peor aún-, puede que el propio encuadernador hubiera querido dejar constancia de algo y hubiera escrito algún tipo de información, un número de teléfono, una dirección, una confesión tal vez, a sabiendas de que una vez finalizado su trabajo nadie volvería a verla al menos hasta muchos años después. Todo esto, que parece ahora una gilipollez, me pareció entonces de lo más razonable. El ser humano se comporta de maneras extrañas.

Acabé teniendo el papel en mis manos y lo revisé ávidamente. La parte trasera resultó esperadamente decepcionante: este título está escrito en el registro de tal sitio, libro tal, folio cual. Bah.

Llegué a hacer el ademán de romper el papel. Por algún motivo no lo hice. Tiré lo demás, guardé el título en un cajón y me dediqué a otras cosas.

A los pocos días volví a mirar mi título. Bueno, no era mío pero me pertenecía. Era mío, por tanto, aunque no lo hubieran extendido a mi nombre. Cosas del lenguaje. Quiso la casualidad que hubiera encontrado algunas otras cosas de la época del señor GARRIDO GUERRERO –fotos de boda, de la jura de bandera, un permiso de conducir-, y tampoco las tiré. Más aún, las empleé para camuflar un poco el título, guardándolo todo junto. Me explicaba a mí mismo que estaba recuperando la memoria de aquel señor guardando sus cosas. Aunque, ¿para qué engañarme?, lo que me gustaba era su título. Tenía algo de imponente, de señorial. Fui a casa de mis padres y rebusqué entre mis papeles hasta encontrar los dos o tres certificados de estudios oficiales que había conseguido hasta entonces, pero me parecieron poca cosa. No tenían lo vetusto de mi título –que no era mío, ya me entendéis-, no tenían esa pátina de vejez, esa caligrafía esmerada, esa especie de seriedad burocrática. Me los llevé también.

Siempre he odiado tener certificados y orlas colgadas por las paredes. Dan la impresión de estar ahí para exhibirnos ante nosotros mismos. Por eso cuando, a los pocos días, un par de amigos vinieron a casa, se extrañaron de ver cuatro o cinco títulos en la pared del salón. Uno era notablemente más viejo que los demás. Expliqué apresuradamente que estaba ahí para ocupar esas alcayatas mientras conseguía algo más grande y mejor, pero que pensaba deshacerme pronto de todo ello. No sé si mi explicación les convenció. Como era de esperar, miraron el título más viejo con mucha más atención que los demás y, sin que preguntasen, dije que era de un familiar. Creo que ahí sí que no me creyeron, pero en fin.

Al final, y como era de esperar, me apropié del título. Si en lugar de GARRIDO GUERRERO pusiera mi nombre no me sentiría tan orgulloso de tenerlo en mi salón. Aunque he quitado los demás, ése sigue ahí. Les digo a las visitas que es mío. Lo he enviado, junto con algún documento más, a un par de empresas que me lo solicitaron para trabajar. No sé si GARRIDO es ahora yo o soy yo el que, al menos en parte, me he transmutado en él. Lo curioso de esta historia es que nadie, en ningún momento, ha mencionado el hecho de que no sea mi nombre el que aparece en mi título.


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