Una historia con moraleja [29-M]

Contaré una pequeña historia.

Un matrimonio llega a su casa después de darse un paseo por su ciudad, aprovechando el solecito. Pero, en cuanto entran por la puerta, notan que algo va mal: no está cerrado con llave, hay marcas en la puerta, oyen ruidos en el salón. Cautamente, el señor se acerca a dicha estancia y allí ve a un par de individuos que se afanan en robarle cuanto tiene. Ya se han llevado la tele de plasma, el ordenador, el equipo de música y la termomix. Ahora uno de ellos se afana en encontrar todas las joyas de ella y el otro trata de arrastrar hacia la puerta una estatua de bronce que, además de pesada, parece valiosa.

El matrimonio, como es lógico, se espanta viendo esto. Su primera reacción es gritarles algo a los ladrones. Pero, mientras buscan rápidamente una frase apropiada, ambos se lo piensan mejor. ¿Para qué gritar? Total, seguramente los ladrones no les hagan caso y sigan a lo suyo. El caballero se plantea coger el atizador de la chimenea, o  el paragüero de hierro colado, y estampárselo a uno de ellos en el cogote. Pero, pensándolo bien, ¿de qué iba a servir? Seguro que, encima, él mismo acabaría en la cárcel por agresión o algo peor. Pensando frenéticamente, ambos convienen en que lo mejor es llamar discretamente a la policía y que pillen a los cacos con las manos en la masa. Ya están marcando el 092 cuando nuevamente se detienen: llamar… ¿para qué? Lo más probable es que los agentes se retrasen por el camino, estén ocupados en otra cosa, o no lleguen a tiempo por cualquier oscura razón. Y, aun suponiendo que llegasen a detener a los delincuentes, ¿qué importaba? Seguramente los soltarían a los dos días y volverían a las andadas. No, lo mejor era no llamar… ¿Y su hijo? ¡Claro, el chaval era despierto y fuertote, y él sabría que hacer! Y una vez más, decididos ya a hacer la llamada salvadora, se detienen… ¿No era frecuente que el chaval no pudiese contestar a sus llamadas debido a su trabajo? Tenía turnos bastante raros, y seguramente no podría atenderles. Era mejor no molestarlo inútilmente.

El matrimonio permanece quieto, apático, contemplando aquel robo grosero y apresurado. Mientras todo esto va pasando por su cabeza, los ladrones ya se han llevado todo cuando había de valor en la casa. El matrimonio los ve cargar su botín en una furgoneta que arranca a toda mecha. Se han quedado sin joyas, sin electrodomésticos, sin los ahorros de debajo del colchón. En días y meses sucesivos, se quejarían amargamente de ese injusto robo, de todo lo perdido, de la maldad de los ladrones. Y cuando alguien les preguntaba, incrédulo, por qué demonios no habían hecho nada, siempre decían lo mismo:

–       ¿Qué podíamos hacer?

Y esta es la historia. Lógicamente, os preguntaréis, ¿para qué nos cuenta esta chorrada? Pues para que vosotros podáis contársela al próximo que diga esto:

–       Yo no voy a la huelga el día 29. Total, ¿para qué?


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