La carga de Louis Lepic: las cabezas altas

Toda guerra es una inagotable fuente de anécdotas, reales o apócrifas. Corría el año 1807 y las Guerras Napoleónicas azotaban Europa entera. Napoleón se encontraba en Prusia Oriental (hoy Rusia), donde había llegado tras una serie de épicas victorias sobre los prusianos, los rusos y todo el que se le puso delante, gracias a su genio táctico y su nutrido ejército. Llegaba el corso a Rusia, por tanto, con la sangre caliente de aplastar ejércitos. Entre el día 7 y 8 de febrero se libró la llamada batalla de Eylau, que, aunque parecía que iba a ser una victoria más para los franceses, acabó siendo una masacre de 14 horas que costó 30.000 vidas entre unos y otros, y que no tuvo valor estratégico para ninguno de los bandos. Hubo nutrido fuego de artillería y fusiles por ambos bandos, sangre en abundancia y cargas de caballería a la vieja usanza, sable en mano y dientes apretados, con personajes como Murat –cuya melenita de rizos no le impedía tener unos huevos como el caballo de Espartero- o Soult; o Michael Ney, de cuyo valor da fe el hecho de que, años más tarde, cuando le fusilaron, quiso mirar a su pelotón de ejecución y dar, él mismo, la orden de fuego que lo mató.

Entre los distinguidos señores que mandaban el ejército francés estaba Louis Lepic, coronel de los Granaderos a Caballo de Napoleón. La caballería pesada de élite, con corazas, gorros altos de piel y espadas pesadas, cuya carga no podían esperar resistir salvo los más disciplinados y duros, y que dejaban tras de sí un rastro de muertos y mutilados cada vez que entraban en combate. Lepic fue uno de los que cargó, al frente de sus coraceros, contra las líneas rusas. Cuando los coraceros estaban formando para iniciar la carga, Lepic miraba a su alrededor con aire altivo, como el que está por encima de la sangre y la destrucción que le rodea. Como sus hombres carecían del mismo aplomo que su comandante, algunos se agachaban y se encorvaban sobre los lomos de sus monturas, como queriendo esquivar la granizada de acero que pasaba sobre sus cabezas y a la que iban a enfrentarse en breves instantes. Y Lepic, pensando tal vez que esa postura no era digna de un cuerpo de caballería de tanta calidad como el suyo, se volvió y gritó a sus hombres:

 ¡Las cabezas bien altas, caballeros! ¡Son obuses, no cagadas!

Y se lanzaron a la carga, como fieras, contra los rusos.

 

Lepic en la Batalla de Eylau, óleo de Édouard Detaille

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