Viejos que corren

Tengo la insistente costumbre de espiar a los conductores con los que me cruzo por la carretera. A veces trato de averiguar cómo será un conductor por su forma de conducir: si es hombre o mujer, joven o viejo, un padre de familia o un ladrón de coches. Evidentemente, y como casi siempre que se intentan sacar conclusiones en base a pobres indicios, fallo por completo casi todas las veces. Pero cuando el coche pasa a mi lado, y miro al piloto para comprobar su identidad, compruebo una y otra vez que hay muchos viejos que corren.

Sucede muy a menudo. Uno va por la autopista y algo se le acerca por detrás como un obús. Lo más prudente suele ser dejarles libre el carril izquierdo, porque esta gente ignora que a 160 kilómetros por hora un cuerpo humano se descoyunta por mucho cinturón de seguridad que use, que un libro que llevemos en el asiento trasero es un proyectil que puede abrirnos la cabeza o que los quitamiedos pueden ensartar un coche de parte a parte, como un palillo una aceituna. La cuestión es que cuando estos coches pasan justo al lado, es muy frecuente ver un viejo al volante. Son viejos que corren: van al volante de sus SLK, sus Cayenne, sus BMW Serie 7, coches excesivos que corren a 200 km/h con un ronroneo, rumbo quién sabe a dónde. Se enfurecen si cualquier desgraciado les obliga a bajar a 120. Sobrepasan a uno con la vista fija en un destino que sólo ellos conocen.

Uno puede pensar que con semejantes bólidos lo raro sería no tirar de cilindrada. Puede ser. Pero, ¿para qué se compra uno un coche con un par motor capaz de levantar el asfalto y una cilindrada que se mide en metros cúbicos? ¿Para ir a la compra? Además, hay viejos que corren que conducen modelos ajados, coches con unos añitos y más de un abollón que no por oxidados corren menos. Hoy en día, cualquier coche de mierda corre como una bala.

Uno se pregunta por qué corren. Gente que me triplica la edad conduce más rápido para ir al Carrefour que al parto de su propia nieta. Ignoro cuántos accidentes de tráfico se deben viejos que corren, pero uno puede estar seguro de que si se implica en un choque con uno de ellos necesitara algo más que una capa de pintura nueva. ¿Acaso todos van al hospital, llevando a su hija de parto o a su esposa sufriendo una angina de pecho? Entra dentro de lo posible, pero ¿tantos y tantos partos e infartos hay a diario? Puede que sean empresarios ajetreados que corren a hacerse cargo de las ganancias de su empresa. Tal vez han preferido ignorar la edad de jubilación y siguen trabajando con el mismo entusiasmo que en su juventud. No lo sé. No quiero saberlo.

Estos son los viejos del siglo XXI. Producto de la selección natural de la locura, la codicia y la estupidez humana a lo largo de muchas generaciones, como siempre ha sido. Solo que ahora disfrutan de una vida artificialmente alargada que les permite correr como locos a los 80 años, ambas cosas –la esperanza de vida y la obsesión por la velocidad- gracias en gran parte a las tecnologías que hacen posible utilizar un marcapasos… o conducir un Alfa Romeo Spider.


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