Los experimentos de Sherif, o la influencia del grupo en los juicios del individuo

Muzafer Sherif, psicólogo social de origen turco, realizó en 1935 una serie de experimentos sobre la influencia del medio social en los juicios de una persona. La base del experimento era muy simple y se basaba en una ilusión óptica llamada efecto autocinético.

El efecto autocinético es el movimiento aparente de un punto luminoso en la oscuridad, cuando realmente no hay movimiento alguno. Es una mera ilusión óptica. Suponemos que se produce por los pequeños movimientos involuntarios de nuestros ojos, y por la falta de elementos de referencia que nos permitirían comprobar que la luz, en efecto, no se mueve. El efecto autocinético produce a veces errores en el mundillo de la astronomía (cuando un observador mira un punto luminoso sobre fondo negro, como una estrella, y le parece ver como se mueve) y también entre los pilotos de aviones que vuelan de noche y con escasas fuentes de luz. También se supone que este efecto es responsable de muchos presuntos avistamientos de OVNIS, que no serían más que un punto luminoso fijo percibido por el testigo como móvil.

Al ser una mera ilusión, el efecto autocinético puede ser fuertemente influido por otros estímulos, como la opinión de otras personas. La situación es ambigua, siendo muy difícil decir si el puntito luminoso se ha movido o no, hacia dónde y cuánta distancia. Por eso Sherif utilizó esta ilusión óptica en sus estudios, queriendo comprobar hasta qué punto se aferraban los individuos a la opinión de otros en una situación de gran ambigüedad.

El experimento se dividía en dos fases. En una primera fase, Sherif ponía al sujeto en una habitación oscura. Les explicaban que iban a ver un puntito de luz moviéndose, y debían determinar qué distancia, según ellos, se había desplazado. La luz, por supuesto, no se movía realmente. Los sujetos pasaban varias veces por este ensayo, y Sherif comprobó que al cabo de varias pruebas, cada uno establecía su propia media respecto a la distancia que recorría la luz: normalmente, entre 5 y 15 centímetros. También había gente que daba valores más dispares, entre 2 y 20 y pico centímetros.

En la segunda fase de la prueba, Sherif ponía juntos a dos o tres personas en la sala. Las instrucciones eran las mismas, pero ahora les pedía que llegasen a un consenso entre ellas sobre la distancia que había recorrido la lucecita. Una y otra vez se le presentaba la luz al grupo, y cada uno decía en voz alta su estimación. Sherif comprobó que, a medida que se iban dando más respuestas, las opiniones que la gente había dado previamente se modificaban rápidamente para adaptarse a una especie de “media grupal” o consenso; los que antes habían dicho que la luz se movía 5, 6 o 7 centímetros subieron su estimación hasta 10, 12 o más. Los que habían dado una media superior superior, cerca de los 15 centímetros, bajaban hasta acercarse a los 8-10. Sherif, como buen psicólogo, manipuló un poco los grupos. Solía poner dos individuos que habían dado respuestas previas muy parecidas junto a un tercero que había contestado algo muy diferente (por ejemplo, dos personas que habían “visto” moverse la luz 20 cm. y otro que había dicho 5 cm). Como cabía esperar, la opinión que más cambiaba era la del individuo que estaba solo, el que más “se desviaba” de la opinión de la mayoría.

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Un plano de la sala en la que se desarrollaban las pruebas. Los participantes se sentaban en las tres sillas que pueden verse en la parte inferior, y veían la luz a través de un pequeño agujero hecho en una pantalla sobre la mesa de enfrente

Curiosamente, no todos los grupos se amoldaban a una media aritmética general, sino que cada uno establecía su media. Había grupos que adaptaban sus respuestas a una media alta, digamos en torno a los 15 o 20 cm. Otros, en cambio, se situaban alrededor de los 2-5 cm. Y había grupos que se posicionaban en cualquier punto intermedio. Podría decirse que cada grupo establecía así su propia norma social, es decir, lo que era normal para esa pequeña sociedad que se había formado durante el experimento.

Cuando más tarde se les preguntó a los participantes si su opinión había sido influida por otros, casi todos lo negaron. Y, sin embargo, cuando estas personas volvieron a hacer la prueba ellas solas, su opinión no era la que habían dado en un principio, sino que se acercaba mucho a la del grupo. En otras palabras: la opinión del grupo no se imponía por presión o coacción (si así fuera, la persona volvería a su opinión anterior cuando se viese de nuevo libre de la influencia grupal), sino que realmente le servía al individuo como punto de referencia de lo que era “normal” e influía sobre su opinión personal e individual. Los individuos habían hecho una especie de revisión de su estimación individual durante su experiencia con el grupo.

La principal conclusión del experimento de Sherif es que, en situaciones confusas, ambiguas, de difícil resolución, el individuo recurre a la opinión de la mayoría para construir su propio marco de lo que está “bien” y “mal”. ¿Por qué ocurre esto? Las explicaciones pueden ser variadas. Puede que la persona considere que el grupo es, en su conjunto, más capaz que cada uno por separado; puede que vea a los demás como más sabios, perspicaces o competentes; puede que únicamente quiera encajar socialmente o no destacar. En fin, los psicólogos sociales podrían proporcionar explicaciones mucho más completas.

Otra de las moralejas que podemos extraer de este experimento es que una opinión consensuada entre varios no tiene por qué ser más válida que la de uno solo. El efecto autocinético es una ilusión: la luz nunca se movía. Por lo tanto, no había forma de acertar con la distancia real y cualquier estimación era tan falsa como las demás. Los participantes en el experimento creían estar acercándose más a la verdad cuando alcanzaban un consenso. Pero, aunque conseguían ponerse de acuerdo entre ellos, seguían estando equivocados.


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