Las sondas Voyager

En 1977 se lanzó al espacio un artefacto que, más de 30 años después, aún seguiría proporcionando a la humanidad asombrosas informaciones sobre el universo. Me refiero a la sonda Voyager 2, un milagro tecnológico que se ha convertido en el objeto manufacturado que más se ha alejado de nuestra Tierra natal: un motivo de tímido orgullo para los humanos.

Se construyeron dos sondas hermanas, la Voyager 1 y la 2. La Voyager 2 se lanzó el 20 de agosto de 1977 desde Cabo Cañaveral, siendo su misión visitar los gigantes gaseosos Júpiter y Saturno. El 5 de septiembre de ese mismo año fue lanzada la Voyager 1. A pesar de que la Voyager 2 llevaba 16 días de ventaja a su hermana, la Voyager 1 no tardó en adelantarla debido a que fue lanzada con una trayectoria más rápida. La Voyager 1 viaja ahora más rápido que ninguna otra sonda en servicio, y nunca será alcanzada por la 2. Gracias al diseño de su trayectoria pudo provechar con gran eficacia la enorme fuerza gravitatoria de los planetas que visitaba para aumentar su propia velocidad, un proceso en su día novedoso denominado tirón gravitacional asistido. Un ingenioso sistema que se había puesto a prueba a principios de los 70 con las misiones Pioneer 10 y 11, y que permite prescindir de aparatosos tanques de combustible y de sistemas de propulsión complejos.

Las sondas llegaron a Júpiter en 1979 con algunos meses de diferencia. De enero a principios de abril de ese año, la Voyager 1 tomó más de 19.000 imágenes que superaban con mucho la calidad de cualquiera que hubiera podido tomarse desde la Tierra. La Voyager 2 llegó a finales de abril, y hasta agosto envió al centro de control otras 14.000 imágenes. Las sondas tomaron fascinantes imágenes de la actividad de Júpiter; descubrieron nuevas lunas hasta entonces desconocidas; observaron intensa actividad volcánica en Io, el más cercano de los satélites jovianos, siendo la primera vez que se detectaba actividad volcánica en otro cuerpo del sistema solar. Los datos aportados por las Voyager sobre Júpiter y sus lunas, por sí solos, compensaban el coste de todo el proyecto.

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Júpiter, visto por la Voyager 1



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Volcanes en Io (Voyager 1)


Pero las sondas continuaron su viaje. En noviembre de 1980 la Voyager 1 se aproximó a Saturno. No conviene hacerse una idea equivocada respecto a lo que significa aproximarse cuando hablamos de distancias cósmicas: el máximo acercamiento de la Voyager 1 al gigante Saturno tuvo lugar el 12 de noviembre, pero aún así se encontraba a casi 125.000 km. del planeta. Meses después, en agosto de 1981, la Voyager 2 llegó a Saturno mientras su hermana seguía su viaje. Ambas sondas descubrieron infinidad de datos sobre el planeta gigante, su atmósfera y condiciones. Observaron vientos que recorrían el planeta a más de 1.600 kilómetros por hora, extrañas auroras ecuatoriales que aún no se han explicado, atmósfera en la luna Titán. El día en Saturno, un giro completo del planeta, dura 10 horas, 39 minutos, 24 segundos. Las fotografías y grabaciones obtenidas darían trabajo a generaciones de astrónomos.

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A pale blue dot, un punto azul pálido. Así llamaron a esta impresionante fotografía de la Tierra que la Voyager 1 tomo desde 6.000 millones de kilómetros. Nuestro planeta se encuentra cerca del centro del haz naranja-marrón vertical.


Es en Saturno cuando el viaje de las Voyager toma senderos diferentes. La 1 se encamina hacia regiones desconocidas, hacia los límites del sistema solar, alejándose hacia el norte del plano de la eclíptica (un plano imaginario por el que “circularía” la Tierra en su órbita alrededor del sol). Ya no se encontrará con más planetas en su viaje.

Tras el enorme éxito de la misión, que debía haber concluido tras la visita a Saturno, la NASA reciba más fondos para que la Voyager 2 pueda continuar su trayecto hasta Urano y Neptuno. El 24 de enero de 1984 llega al punto más cercano a Urano, a 81.000 kilómetros del planeta. Se recogen informaciones sobre sus diferentes lunas que confirman que cada una pudo haber tenido un pasado muy distinto y haberse formado mediante procesos geológicos muy variados. Se detectan 10 nuevas lunas y dos anillos nuevos en Urano, cuyo día dura 17 horas y cuarto.

El último planeta que visitaría la Voyager 2 fue Neptuno. Doce años después de abandonar la Tierra, la sonda pasó a menos de 5.000 kilómetros de altura sobre el polo norte del planeta. Solo cinco horas más tarde pasó junto a Tritón, el último cuerpo sólido que visitaría antes de dirigirse hacia el fin del sistema solar.

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Neptuno y su luna Tritón, fotografiados por la Voyager 2


La misión de las Voyager ha terminado hace décadas. Los datos que han enviado a la Tierra (más de cinco trillones de bits de información) han ocupado a la NASA durante muchos años. Y aún así, su misión continúa. Ambas sondas se dirigen al final de sistema solar, allí donde ya no se siente la influencia del viento solar. La Voyager 1 se encuentra ahora mismo a 17.500 millones de kilómetros de la Tierra y cada segundo que pasa está 17 kilómetros más lejos de nosotros. Es un anciano esqueleto metálico de algo más de 700 kg de peso, un antiguo fósil que ha llegado más lejos que nada construido por el hombre. Desde la Tierra tardamos 14 horas y media en enviarle un mensaje, y otro tanto en recibir la respuesta, tal es la distancia que nos separa. En diciembre de 2004 la sonda llegó a la zona llamada Frente de Choque de Terminación, la región del espacio en la que el viento solar se debilita y disminuye su velocidad, vencido por el empuje del aparente vacío interestelar. Más allá espera la heliofunda, donde ambas fuerzas parecen estar en equilibrio; y finalmente la heliopausia, donde deja de sentirse el influjo de nuestro sol, la frontera exterior del sistema solar. Allí la Voyager 1 podrá recoger datos sobre el espacio interestelar sin la interrupción del viento de partículas que procede del sol, y nos ayudará a comprender mejor cómo funciona el universo. La Voyager 2 es algo más lenta que su hermana, aunque se aleja de nosotros 14.800 metros cada segundo. Se encuentra a más de 14.000 millones de kilómetros de la Tierra, y en septiembre de 2007 alcanzó, igual que su hermana, el frente de choque. También en 2007 se cumplió el 30º aniversario de una misión que iba a durar cinco años. Se estima que las baterías atómicas de ambas sondas permanecerán activas, pero debilitándose paulatinamente, hasta el año 2025. Cuando no dispongan de energía seguirán su viaje infinito por el vacío espacial, pero ya no podrán transmitirnos lo que ven: habrán dejado definitivamente atrás a la especie que las creó y lanzó al cosmos.

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El trayecto de las Voyager


Pero las dos sondas no solo envían información a la Tierra: también pretenden dar un mensaje a cualquiera que las encuentre, igual que botellas lanzadas al mar por un naufrago en mitad de un gran océano. Ambas sondas llevan una copia idéntica del llamado Disco de Oro, un disco de cobre que puede ser reproducido con un gramófono y en el que se han incluido todo tipo de imágenes y sonidos de la Tierra. Fue el mítico Carl Sagan, al mando de un comité de expertos, quien seleccionó el contenido del disco. Incluye saludos en 55 idiomas, 27 canciones y músicas de todo tipo (desde aborígenes australianos hasta la 5ª Sinfonía de Beethoven), y 115 imágenes de nuestro planeta y la vida en él. La propia superficie del disco incluye instrucciones para escucharlo adecuadamente y la posición de nuestro sol, basada en la posición respecto a 14 púlsares conocidos. En un gesto de conmovedora esperanza, la NASA incluyó en ambas Voyager la aguja necesaria para que alguien reproduzca el contenido del disco.

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El Disco de Oro


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