Las placas de oro de las Pioneer

Las Pioneer 10 y 11 son dos sondas gemelas que fueron lanzadas a principios de los 70. La Pioneer 10, la abuelita de la exploración espacial, salió de la Tierra en marzo de 1972 en dirección al gigante Júpiter. Fotografió con gran detalle sus nubes y anillos, siguió hacia el exterior del sistema solar y sobrepasó la órbita de Neptuno en 1983, siendo el primer artefacto humano en conseguirlo. En 1997, cuando la misión de la Pioneer 10 se dio por terminada, había viajado más de diez mil millones de kilómetros. En 2003 se perdió definitivamente el contacto con la sonda y actualmente, ya muerta, viaja gracias a su impulso inicial hacia Aldebarán, donde tardará más de un millón y medio de años en llegar.

La Pioneer 11 fue lanzada en 1973. Tardó casi veinte meses en llegar a Júpiter, y casi cinco años más en alcanzar Saturno –y eso que la inmensa gravedad de Júpiter permitió acelerarla hasta más de 170.000 km/h, tan grande es el sistema solar-. Su vida útil acabó en 1995 cuando su energía se debilitó tanto que su antena ya no podía seguir apuntando a la Tierra. Ahora viaja en dirección opuesta a su hermana, hacia las profundidades del espacio.

 

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La Pioneer 10

 

Las sondas Pioneer, sin embargo, son más conocidas por la información que los humanos enviaron en ellas que por la que recibieron. Cada una de ellas lleva una placa de oro con unos peculiares símbolos y un hombre y una mujer desnudos, un mensaje lanzado al vacío con la intención de que quien lo recoja sepa algo más acerca de las criaturas que construyeron la nave. Cada placa es más pequeña que un folio (miden 15×22 centímetros) y se situaron en un lugar donde estuviesen protegidas de la erosión del polvo interestelar. La placa fue diseñada por un titán del mundo científico, Carl Sagan, en colaboración con el astrónomo Frank Drake. Linda Salzman Sagan, entonces esposa del divulgador, fue quien preparó los dibujos. Analizando los distintos elementos de la placa uno se da cuenta de la enorme capacidad comunicativa humana. Resulta muy interesante ver como se ha ideado un sistema que puede ser entendido por casi cualquier ser, en cualquier parte del universo.

 

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En la esquina superior izquierda hay dos círculos con varias líneas. Representan la inversión del spin o momento angular de un átomo de hidrógeno, el elemento más abundante del universo. La inversión del spin puede definir una unidad de medida (21 centímetros) o de frecuencia (1420 MHz). ¿Qué importancia puede tener esto? Cualquier raza alienígena debería conocer estas propiedades básicas del hidrógeno, que son las mismas en todo el universo, y entender que estamos usando esas dos unidades de medida para dar más información. Es como decirle a los lectores: “¿comprendéis el valor que os mostramos aquí? Pues basaremos en él todas nuestras explicaciones”. Algo así como explicar al público lo que es un metro antes de comenzar a mostrarles planos de un edificio.

El hombre y la mujer desnudos son el elemento más reconocible de la placa. Hay quien ha apuntado que la mano alzada del hombre puede interpretarse como un gesto de amenaza, pero es una forma de mostrar cómo podemos mover nuestros brazos y manos y que poseemos un pulgar oponible. Al lado de la mujer hay un número 8 en binario (es decir, 1.000) entre dos pequeños trazos que indican su altura. Tomando como unidad de medida los 21 cm. que indica la inversión del spin del hidrógeno, pretende indicarse que la altura media de una mujer humana es de 21×8= 168 centímetros. Sagan se planteó dibujarlos cogidos de la mano, pero pensó que quizás un ser extraterrestres fuese incapaz de percibirlos como dos individuos diferentes y decidió separarlos.

 

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Tras la pareja humana vemos una especie de radios que emanan de un mismo punto. Ese punto representa a nuestro sol, mientras que las líneas indican la posición, distancia y periodo de pulsación de catorce púlsares conocidos (usando, de nuevo, la transición del hidrógeno como unidad de medida). Todos los datos están en binario. Puesto que se sabe que el periodo de los púlsares va cambiando a un ritmo constante con el paso del tiempo, una hipotética civilización extraterrestre podría saber con gran precisión cuándo fue lanzada la sonda al espacio según el periodo de dichos púlsares en el momento del hallazgo. Incluso aunque desde su posición no fueran visibles todos los púlsares indicados, es seguro que verán al menos alguno; podrán, por tanto, triangular la posición exacta de nuestro planeta. La línea horizontal que se extiende por detrás de los humanos representa la distancia de nuestro sol respecto al centro de la galaxia. Este esquema, así como el de los átomos de hidrógeno, se encuentran también en el disco de oro de las sondas Voyager.

 

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Otro elemento claramente reconocible es nuestro sistema solar. Se muestran los planetas principales (Plutón incluido) y las distancias entre ellos tomando como unidad de media una décima parte de la órbita de Mercurio. De nuevo se ha empleado el lenguaje binario para mostrar las distancias. También aparece la sonda Pioneer abandonando el tercer planeta del sistema, nuestra Tierra.

 

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Justo detrás de las siluetas humanas se encuentra un sencillo esquema de la propia sonda, que da una idea del tamaño real de los humanos respecto a la nave.

Algunos dijeron que era vergonzoso mostrarnos desnudos a posibles alienígenas. Otros señalaron que era un grave error señalar nuestra posición en el universo a posibles razas hostiles (ignorando que, desde que aparecieron las señales de radio, estas viajan por el espacio a la velocidad de la luz, señalando la posición de nuestra civilización a un observador atento con la misma precisión que un cartel de neón interestelar). También se dijo, con cierta razón, que la flecha que indica la trayectoria de la Pioneer saliendo de la Tierra puede no tener significado para una civilización que ignore lo que es una flecha.

 

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Carl Sagan con una de las placas.

 

Las sondas siguen viajando hacia el infinito con su precioso mensaje. Puede que algún día sean halladas por una raza capaz de comprenderlas. Puede que jamás logren descifrarlas y permanezcan como un gran misterio. Si nos basamos en las pruebas existentes hasta ahora sobre la existencia de vida inteligente extraterrestre, lo más seguro es que jamás las encuentre otro ser civilizado. En cualquier caso, pasarán milenios antes de que ocurra cualquiera de las cosas; quizás dentro de millones de años unas extremidades extraterrestres se posen al fin sobre una de las placas y descifren nuestro mensaje. Lo más probable es que la especie humana sea tan solo un vago recuerdo cuando esto ocurra. El mensaje de las Pioneer nos sobrevivirá.

 


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