La gran mentira de la homeopatía

Llevo un tiempo queriendo escribir algo sobre homeopatía. Últimamente me he topado con varias personas que sacaron el tema por uno u otro motivo, por pura casualidad, y me he quedado con las siguientes ideas:

a) No sabemos lo que es la homeopatía

b) Consideramos la homeopatía como una medicina o algo que, al menos, se le parece.

Hay que dejar una cosa muy clara: la homeopatía no es una medicina, no cura enfermedades, no cumple ninguna de las premisas en las que se basa la ciencia médica convencional. Es una mera evolución de la alquimia medieval o la brujería animista de tiempos remotos. Pero vayamos por partes.

La homeopatía fue desarrollada por el alemán Samuel Hahnemann (1755-1843) a principios del siglo XIX. Homeopatía proviene del griego y viene a significar algo así como “curación mediante lo semejante”, y realmente el nombre describe perfectamente las bases de esta pseudomedicina. Hahnemann publicó en 1810 su obra fundamental, Organnon der Rationellen Heilkunde, en la que describe las bases de su “ciencia”. Resumo brevemente los principios básicos de la homeopatía:

Ley de similitud. Similia similubus curantur, un latinajo que significa que lo semejante cura a lo semejante. Cualquier sustancia activa provoca una serie de síntomas en una persona. Pueden curarse los síntomas de una enfermedad dándole al paciente un preparado que contenga una porción de una sustancia que provoque los mismos síntomas. Es decir, si tal o cual enfermedad provoca accesos de tos, le administramos al paciente un preparado que contenga una sustancia que provoque tos, muy diluida en agua, y se curará.

Preparados muy diluidos. Esta es una de las partes más graciosas de todo el montaje homeopático. Hahnemann observó que muchas sustancias tóxicas provocaban en animales unos síntomas muy característicos y que, en dosis elevadas, provocaban a veces la muerte. Con dosis menores, se producían únicamente estos síntomas pero no la muerte. A medida que la dosis bajaba, los síntomas también. El razonamiento de Hahnemann fue el siguiente: cuanto más pequeña sea la dosis de una sustancia o toxina que le demos al enfermo y que reproduzca sus síntomas, mejor y más completa será su curación. La homeopatía, por tanto, receta preparados que consisten en una cierta sustancia diluida en agua. Muy diluida. Tan diluida, de hecho, que es prácticamente imposible encontrar una sola molécula de la sustancia que va a curarnos en el agua que nos estamos tomando. Ofreceré algunas cifras. Diluyen primero una parte de la sustancia activa en 99 partes de agua, lactosa o etanol. A eso se le llama 1CH (Centesimal Hahnemanniano). Luego cogen una parte de esa mezcla (que tiene un 1% de principio activo) y la mezclan con 99 partes de agua, lactosa o etanol, para obtener 2CH. Y otra vez, y otra. Estoy seguro de que os hacéis a la idea. Como puede suponerse, llega un momento en el que, sencillamente, la sustancia activa ha desaparecido de la mezcla. Cuando se hace esto 9 veces, es prácticamente imposible encontrar una sola molécula de la sustancia dentro de la mezcla. En EE.UU., el agua del grifo tiene arsénico disuelto en una proporción equivalente a 4CH (1 parte por 100.000.000) y no provoca muertes por envenenamiento, que se sepa. Estos datos ayudan a hacernos una idea de la inexistente cantidad de principio activo que tienen las mezclas que usan los preparados homeopáticos, que suelen llevan 30 mezclas a cuestas (30 CH), a veces muchísimas más: es decir, son agua. Pero según la homeopatía, cuanto más diluida está la sustancia activa (aquello que debería curarnos), más efectiva es la mezcla. Al proceso de mezclado lo llaman potenciación, porque según ellos potencia el efecto de lo que estamos diluyendo. Y al proceso de agitar la mezcla cada vez les ha dado por llamarlo sucusión.

No importan las causas, importan los síntomas. La homeopatía no considera la etiología de unos síntomas, ignora las causas que los provocan. Para ellos no importa qué cause la fiebre de un paciente, a pesar de que sabemos que la fiebre es un síntoma que puede ser provocado por infinidad de dolencias y que cada una tendrá un tratamiento muy diferente. Los homeópatas ignoran los síntomas que son comunes a muchas enfermedades (una de las bases de la medicina actual) y se centran únicamente en lo que cada paciente, de forma personal e individual, le cuente al “terapeuta”. ¿Por qué? Porque otra de sus bases es la…

– …Ley de Individualización. No importan, como he dicho, los síntomas comunes a muchas enfermedades. Lo que importa es lo llamativo, lo peculiar, las particularidades que describa cada uno de los enfermos. El homeópata debe fijarse en factores como la vida privada del paciente, sus relaciones sociales, cuántos amigos tiene, si le gusta cocinar, qué tipo de libros lee o qué deportes practica. No hay, por tanto, remedios universales, sino preparados diseñados únicamente para un paciente, y no para otro. Hoy en día los homeópatas se pasan por el forro este dogma de fe de su maestro, ya que disponen de cientos de preparados hechos de forma industrial y listos para ser recetados a sus clientes.

– Las enfermedades se deben a un desequilibrio en la “fuerza vital” del paciente. Las enfermedades agudas se deben a “operaciones rápidas de la fuerza vital salida de su ritmo normal, que terminan en un tiempo más o menos largo”. Las dolencias crónicas son “poco marcadas, y aun muchas veces imperceptibles en su principio, se apoderan del organismo cada una a su modo, lo desarmonizan dinámicamente, y poco a poco lo alejan de tal modo del estado de salud, que la automática energía vital destinada al mantenimiento de éste, que se llama fuerza vital, no puede oponerse a ellas sin una resistencia incompleta, mal dirigida e inútil, y que no pudiendo extinguirlas por sí misma, tiene que dejarlas aumentar hasta que por fin ocasionan la destrucción del organismo”. Son palabras de la obra magna de Hahnemann. ¿No resulta deliciosamente anacrónico ese concepto de “fuerza vital”? ¿Cómo se cuantifica? ¿Qué aparato la mide? Etcétera.

El agua tiene memoria. Hay que defender esta idea si se quiere creer que, tras varias docenas de diluciones, una sustancia sigue pudiendo hacer algún efecto en el paciente. Una sustancia disuelta 30 veces consecutivas en agua en una proporción de 1 a 100 tiene la misma proporción de esa sustancia que si arrojamos una gota de pintura -o de lo que sea- en un cubo de agua del tamaño del sistema solar. Por ello los homeópatas defienden que, durante el proceso de mezclado, el agua retiene de alguna forma la información y características de la sustancia que estamos diluyendo. En otras palabras, si yo mezclase una gota de diesel en un cubo de agua una vez, y otra, y otra… hasta, digamos, medio centenar de veces, el agua resultante podría hacer andar mi Seat Ibiza. No sólo eso, sino que cuantas más veces diluya esa diminuta gota de diesel, el combustible resultante será “más potente”.

Resumamos lo dicho. La homeopatía, para curar a un hombre con una úlcera de estómago que le provoca dolores y problemas digestivos, le daría un preparado que consiste en agua (a la que, en un principio, se añadió una sustancia que provocase dolores de estómago y problemas digestivos, pero que ahora se encuentra tan diluida que no existe), después de indagar en su vida personal y privada. Cuanto menos principio activo demos al paciente, más efectivo será el tratamiento. Es decir, un cuarto de aspirina tiene más potencia que una aspirina entera. 1 mg de biodramina diluido en 9 mg de azúcar es más eficaz que 10 mg de biodramina. Una dilución de una parte por cada millón de partes de estricnina debería ser más letal que una cucharada de estricnina pura. Tales son las bases de la “medicina” homeopática.

Haré ahora una pregunta cuya respuesta sorprenderá a los que hayan leído hasta aquí: ¿hay pacientes que se curan cuando se someten a un tratamiento homeopático? Sí, sin duda.

Por supuesto, esta pregunta tiene una segunda parte.

¿Podemos decir que los pacientes que se curan siguiendo un tratamiento homeopático deben su curación precisamente al tratamiento homeopático? No, nunca. La homeopatía jamás a ha demostrado una eficacia superior al efecto placebo. En todos los ámbitos de la medicina, la psiquiatría y la psicología hay curaciones que no se deben al propio tratamiento, sino al mero hecho de estar sometido a tratamiento, a la recuperación espontánea o a los propios medios curativos de nuestro organismo. Esto se ve muy frecuentemente en tratamientos psicológicos: el mero hecho de verse atendido por alguien, de ser escuchado, de que alguien se preocupe (o parezca preocuparse) por nuestro bienestar, aumenta la tasa de recuperación y puede, por sí solo, aumentar o favorecer las recuperaciones. El placebo es un efecto poderoso, y se ha demostrado su importancia tanto en animales como en personas. El hecho de creer que uno recibe un tratamiento puede producir mejoras en la enfermedad aunque el tratamiento no tenga absolutamente ningún principio activo. Pastillas de azúcar pueden reducir el dolor de cabeza o los mareos si la persona cree que se está tomando un remedio contra el dolor de cabeza o los mareos. Los ejemplos son innumerables. Gracias al efecto placebo (o más bien por su culpa) pueden tener éxito terapias sin ningún otro tipo de valor: el agua imantada, la acupuntura, las pulseras magnéticas, el psicoanálisis, la santería, las terapias con gemas. Creer que las curaciones se producen gracias a una de estas pseudomedicinas es caer en la falacia lógica llamada post hoc, ergo propter hoc: creer que una cosa es consecuencia de otra solo por ocurrir a continuación o a la vez que ella. Por supuesto, creer algo, sea por ignorancia o por engaño, no convierte ese algo en verdad.

Como muchas otras pseudociencias o pseudomedicinas, la homeopatía no puede ser sometida a un análisis científico riguroso. Su creador prohibió la experimentación con animales, por considerarlos inútiles, de modo que no puede hacerse un estudio serio con ratas, cerdos o kiwis, por decir algo. Una de las bases fundamentales de la homeopatía antes mencionadas, la Ley de Individualización, impide precisamente que se hagan estudios serios de los pacientes. ¿Por qué? La forma más simple de comprobar un tratamiento es coger a dos grupos equivalentes de pacientes con una misma dolencia, someter a un grupo al tratamiento y al otro no, y comparar los resultados. Este es el diseño más básico concebible en ciencia. Pero según los homeópatas no hay dos pacientes equivalentes, el tratamiento ha de ser completamente individualizado y los síntomas comunes a muchas enfermedades no tienen importancia. ¿Cómo puede hacerse un estudio de grupos asumiendo esto? De ninguna forma. Es imposible hacer dos grupos equivalentes si asumimos que aquello que los pacientes comparten –precisamente lo que los hace equivalentes- carece de importancia.

¿Qué decir de la forma de preparar medicamentos homeopáticos? Se asume que el agua tiene algún tipo de memoria en virtud de la cual “recuerda” las características de las sustancias que fueron diluidas en ella hasta el infinito. Pero esa agua ha pasado, a lo largo de los siglos, por mares, ríos, lagos, cloacas, sistemas digestivos, nubes contaminantes, ha sido bebida, digerida y orinada, ha sido mezclada de forma natural con miles de sustancias. Si la teoría de la disolución homeopática fuera cierta, ¿no estaría toda el agua del planeta contaminada de las propiedades de miles de sustancias? ¿No “recordaría” el agua corriente las propiedades tóxicas del plomo que se usaba en las cañerías de la antigua Roma? Voy aún más allá. Los homeópatas creen que cuanto más diluida una sustancia, más poderosos los efectos del fármaco elaborado. Si esto, que contradice las leyes de la química y el sentido común, fuese cierto, ¿no se iría volviendo el agua más tóxica, radioactiva, o lo que sea, a medida que se diluye más la presencia de aquellas sustancias con las que ha tenido contacto? Sin embargo, esto no ocurre. Bebemos agua del grifo, o de un río o un lago, y no nos ocurre nada.

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No me cansaré de repetir que los remedios, jarabes y pastillas homeopáticos no contienen principio activo alguno, por lo que no pueden curar. Es imposible. El físico Robert L. Park, de la Sociedad Americana de Física –la segunda más importante del mundo-, lo explica de esta forma:

Puesto que la mínima cantidad posible de una sustancia cualquiera en una solución es una molécula, una solución de 30 CH tendría que conservar al menos una molécula de la sustancia original disuelta en un mínimo de 1,000,000,000, 000,000,000,000,000,000,000,000,000, 000,000,000,000,000,000,000,000,000 de moléculas de agua. Para ello se necesitaría un recipiente al menos 30,000.000.000 de veces más grande que el planeta Tierra.

En alguna ocasión los homeópatas han citado que las vacunas, una de las bendiciones de la medicina convencional, también usan dosis más pequeñas de la enfermedad que se quiere curar. Esto es una verdad a medias, y una comparación sin sentido. Las vacunas inyectan una variante menos potente del virus, o bacteria, o toxina en el cuerpo, que genera anticuerpos gracias al sistema inmunitario (y no debido al reajuste de una mística “fuerza vital” interna). Estos anticuerpos permiten al organismo enfrentarse con éxito a una posible infección posterior de dicho virus o bacteria. Las vacunas previenen enfermedades, no suelen curarlas. Y si usamos el principio homeopático de dilución en una vacuna perdería toda su eficacia, ya que si diluimos tanto el virus que nuestro sistema inmunitario no sea capaz de detectarlo, jamás podremos crear anticuerpos contra él.

Hoy en día la homeopatía se vende como una medicina: sus preparados son presentados como medicamentos, pero no pasan ninguno de los controles que deben pasar los medicamentos reales. Los remedios homeopáticos no preparados de forma industrial sí deben, en teoría, ser supervisados por un farmacéutico. Los que se hacen de manera industrial, que son casi todos, se venden sin pasar control alguno. Y, según la ley, deberían demostrar su eficacia para comercializarse como medicamentos. Como son básicamente agua, con algo de azúcar de vez en cuando, resultan totalmente inocuos y nunca podrán hacer daño a ningún consumidor. De hecho, hace no mucho se organizaron suicidios homeopáticos en distintas partes del mundo: los participantes tomaron grandes dosis de medicamentos homeopáticos que, en teoría y según los principios de Hahnemann, deberían haberlos matado. Ni un triste dolor de barriga tuvo lugar entre los entusiastas escépticos que confiaron sus vidas a la homeopatía.

La homeopatía mueve miles de millones a nivel mundial. Se ha cifrado el mercado homeopático en Europa en más de 1.700 millones de euros. Algunos estados destinan dinero público a los homeópatas; en España, sin ir más lejos, se dedicaron este mismo año casi dos millones y medio de euros para restaurar e inaugurar el Instituto Homeopático y Hospital San José de Madrid. En Francia la seguridad social cubre los tratamientos homeopáticos. Se me podrá decir que estos tratamientos, en el peor de los casos, no tienen ningún efecto y por tanto no hacen daño a nadie. Pero, ¿por qué desviar unos fondos que podrían ir a parar a verdadera investigación médica o científica a una serie de mercachifles? Los homeópatas, sabiéndolo o no, están equivocados. ¿Es razonable darles subvenciones y dedicar dinero público a practicantes de un “arte” con la misma eficacia y parecidos métodos que la magia o la santería? ¿Qué pensaríais si abriesen bajo vuestra casa, pagado con vuestros impuestos, un centro de vudú? ¿Qué decir de la gente que abandona terapias reales, médicas, efectivas, para acogerse a tratamientos homeopáticos? Unos cuarenta fallecidos se han contabilizado ya por abandonar tratamientos efectivos y refugiarse en la homeopatía; diez veces más personas, más de cuatrocientas, han sufrido empeoramientos graves o han contraído nuevas enfermedades. La superstición, la ignorancia y la mala información pueden matar. Las cifras y detalles pueden consultarse aquí. ¿Es lícito financiar un sistema “médico” que, en último término, engaña, tima y da falsas esperanzas a gente enferma? El dinero que se destina a financiar la homeopatía o a sus practicantes debería dedicarse a concienciar e informar al público de la inutilidad de sus tratamientos y a extender a las escuelas e institutos el uso del pensamiento crítico.

Claro que algo así sería posible únicamente en un mundo perfecto. Hoy por hoy, la ignorancia o la falta de interés permiten que falsos remedios como el que hoy analizo campen a sus anchas. No deberíamos vivir en un mundo tecnologizado como el nuestro y conservar pensamientos místicos, mágicos o sobrenaturales. La superstición y las falsas creencias de este tipo deberían ser combatidas con ciencia, escepticismo y formación, y más cuando juegan con el dinero y la salud de la gente.

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7 responses to “La gran mentira de la homeopatía

  • Anónimo

    Ah! Con razón hasta los animales tratados con homeopatía se han curado de varias enfermedades, hasta cáncer!!!

  • Filosofo

    En fin…mejor, de manera individual; que cada quién decida con qué se cura, y con qué se trata…y ya, se acabó el problema. Finalmente todos vamos a MORIR – tarde que temprano. Esta misma discusión se presenta en política, religión…etc etc…a nivel colectivo jamás se podrá tener una razón común, por muchos factores. Quizás la verdad es un estado relativo a la individualidad. Lo que sí es triste es que se descalifique y se trate como “peligroso” o “tonto”, algo que no se considera afín a un grupo – sea cual sea su naturaleza -…el humano teme a lo que no conoce, porque lo que no conoce podría derrumbar su esquema actual de comodidad en cualquier momento…no debemos confundir principios éticos, morales e individuales con la mera experimentación de la vida. Finalmente la vida es riesgo. Si alguien va a morir, se trate con lo que se trate va a morir.

  • Anónimo

    Yo solo se que el agua del mar isotonica cura el intestino , a personas que no hacen desde semanas la tomaron y casi al istante ..lo hicieron y mas de una vez

  • MARCELA REYES

    Es difícil opinar si no se sabe qué intereses tiene el autor de este artículo, pero pareciera que lo que realmente le interesa la cantidad de dinero público que se destina a la Medicina Homeopática, pero claro, a la Alopatía, aunque sea para engañar bobos, como es el caso de “vacunitis” que lo único que hace es acabarse los pocos recursos de los fondos públicos para fines netamente comerciales, (si es correcto?).

    Creo que la Homeopatía es una excelente alternativa barata, humanitaria y bien manejada, cura sin dañar. Lo que probablemente afecte al mercado de las empresas farmacéuticas.

    Si no se conoce la medicina homeopática en la práctica, es decir si quien escribe no es un médico que ha practicado la homeopatía y haya comprobando que no surte efecto, no puede refutar de manera tan ligera la homeopatía. Estuve atendida 24 años de mi vida por Alopatía, que me generó cantidad de enfermedades crónicas (otitis, mastoiditis, fiebre reumática, artritis reumatoide secundaria, faringitis, laringitis, rinitis, colitis gastritis, etc. etc.,. A partir de tratarme con Homeopatía mi vida cambió, tengo 58 años y calidad de vida.

    De lo único que me arrepiento es de no haber llegado a un médico Homeópata antes. Para ser placebos, funcionan bastante bien.

    Nunca conocía un tratamiento integral, antes de tratar un homeópata.

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