La clepsidra de Empédocles, el abuelo de los experimentos

Empédocles de Agrigento, como tantos otros pensadores griegos cuyo nombre aún se recuerda hoy en día, fue un hombre polifacético. Médico, adivino, científico, filósofo, político, llevó una vida casi mítica con milagros y profecías incluidas y tuvo una muerte extravagante –dicen que se arrojó al Etna en plena erupción, buscando la inmortalidad-. Murió alrededor del 430 a.C.

Creía que había dos fuerzas que dictaban la forma en que los elementos (tierra, aire, fuego y agua) se combinaban entre sí: Amor y Odio. No las entendía como algo emocional, sino como fuerzas físicas, palpables, del mismo modo que hoy concebimos la gravedad. El Amor atraería a las sustancias, materias o partes semejantes, mientras que el Odio las repelería. Lo semejante conoce a lo semejante, decía Empédocles: de alguna forma los humanos lograríamos captar en otras personas aquellos elementos afines a los que nos componen a nosotros mismos, y así nos sentiríamos atraídos o repelidos por la gente. Mucho antes que Darwin, Empédocles desarrolló una curiosa teoría que recordaba a los principios de la evolución. Las partes que componen a los seres vivos –patas, brazos, bocas, ojos-, se combinarían entre sí aleatoriamente gracias a las fuerzas de Amor y Odio; de todos los seres resultantes, algunos serían funcionales y podrían reproducirse y perpetuar la especie, mientras que otros serían incapaces de vivir como es debido y, por tanto, de tener descendencia. Por ello existen los seres vivos que conocemos y no otros, que se habrían extinguido.

Pero quiero destacar un sencillo experimento que realizó Empédocles sobre la existencia del aire. Conviene ponerse en situación. Hoy en día, sabemos que el planeta Tierra está rodeado de una capa de gases llamada atmósfera, lo que vulgarmente llamamos el aire que nos rodea. Aunque el día sea claro y no podamos verlo, sabemos que está ahí, que tiene peso, que se mueve debido a los cambios en la temperatura de las masas de aire, que está compuesto de distintos gases, etc. Pero tengamos presente que hace 2.500 años todos estos conceptos no existían. Se debatía si todo lo que no era materia (una roca, un árbol, nosotros) era vacío o no, incluso si el propio vacío existía. La gente corriente ni siquiera se planteaba tales cosas, que estaban en manos de los sabios de la época. Empédocles realizó un experimento que hoy en día puede parecer perogrullesco, pero no en su tiempo. Fue, además, uno de los primeros intentos de experimentar con la naturaleza en lugar de elaborar teorías sobre su funcionamiento basándose solo en la lógica y el pensamiento. Igual que hizo Eratóstenes para demostrar que la Tierra es, en efecto, esférica, Empédocles agarró la naturaleza con las manos y demostró que el aire existía, que no podía ser vacío y que debía tener cuerpo y sustancia.

¿Cómo lo hizo? Empédocles utilizó una clepsidra*, un artefacto que consta de una esfera con agujeros en la parte inferior y un mango con otro agujero en su extremo, todo ello hueco. La clepsidra se usaba corrientemente en las cocinas de Grecia, a modo de cucharón para el agua. Al sumergirla en agua, ésta entraba a la esfera por los agujeritos inferiores; luego se tapaba el agujero superior con el pulgar y el agua se quedaba en el interior de la esfera al sacarla del agua. Cuando se quería echar el líquido en otro recipiente, se levantaba el pulgar y el agua caía. ¿Por qué? Empédocles observó que, si se sumergía la esfera en agua mientras se tapaba el agujero superior con el pulgar, el agua no entraba en ella. Pensó, por tanto, que debía haber una sustancia o entidad que impedía que el agua entrase en la clepsidra, y que esa misma sustancia debía hacer que el agua saliese del aparato cuando se destapaba el agujero superior. Razonó que debía de ser el aire que nos rodea la sustancia que empujaba al agua o le impedía la entrada en la clepsidra, y que el agua necesitaba desplazar este aire para llenar el aparato. De esta forma demostró que nos rodea una sustancia física, material y medible, y que no estábamos rodeados del fantástico “aliento de los dioses”. Pensó también que el aire debía de tener peso, aunque nadie pudo demostrarlo experimentalmente hasta Galileo, dos mil años más tarde.

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Una clepsidra en funcionamiento. La mano que la sujeta pertenece, creedme, al que va camino de convertirse en el autor más citado en este blog: Carl Sagan.

 

*Más habitualmente, la palabra clepsidra se refiere a una especie de reloj de agua que antiguamente se empleaba para medir el paso del tiempo. Había muchos tipos, desde un recipiente con un agujero que tardaba un tiempo determinado en llenarse hasta complejos sistemas de engranajes y ruedas que se movían con agua. Otra acepción, menos usada, es la que se refiere al aparato descrito aquí.

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