Intoxicaciones por monóxido y dióxido de carbono

Recientemente un trabajador murió intoxicado en una draga atracada en el puerto de Avilés. El accidente se produjo cuando entró en uno de los depósitos de lastre de la draga, cuyo contenido en oxígeno era de aproximadamente un 10% (frente al 21% que nos encontramos normalmente). Un segundo trabajador que trato de rescatarlo también resultó afectado, y un tercero tuvo que acudir en ayuda de los dos primeros con un equipo de respiración autónomo. Este tipo de accidentes con gases son frecuentes tanto en verano (por la limpieza de fosas sépticas) como en invierno (por las combustiones incompletas de braseros y estufas).

Hay dos gases que provocan la mayor parte de las intoxicaciones y asfixias: el monóxido de carbono y el dióxido de carbono. Ambos actúan de forma diferente sobre nuestro cuerpo y, aunque sus efectos son similares a primera vista, cada uno puede matar por un mecanismo distinto.

El monóxido de carbono (CO) actúa como un veneno que permanece en el torrente sanguíneo; se combina con la hemoglobina para formar carboxihemoglobina, que es incapaz de transportar oxígeno a las distintas células del cuerpo. Cuanto más CO se inhale, más moléculas de hemoglobina se verán afectadas, y menos oxígeno recibirán las células. Con 667 partes por millón (ppm), la mitad de la hemoglobina de un adulto se convertirá en carboxihemoglobina, resultando en inconsciencia, coma y muerte en muchos casos. Los primeros síntomas del envenenamiento por CO son mareos, dolores de cabeza, debilidad, desorientación, nauseas y vómitos. Se trata de síntomas bastante comunes, que suelen confundirse al principio con otro tipo de enfermedad, infección o envenenamiento. Esto, unido al hecho de que el CO es incoloro, inodoro y carece de sabor, hace que sea muy difícil detectar a tiempo una intoxicación. El rescate también es complicado porque, aunque saquemos a la víctima de la zona contaminada, el CO seguirá en su torrente sanguíneo interrumpiendo el suministro de oxígeno. El cerebro comienza a deteriorarse muy rápido cuando no recibe oxígeno, por lo que suelen quedar secuelas irreversibles a nivel cerebral.

El CO se forma cuando se produce una combustión (fuego, motor, una estufa o brasero…) en un entorno con poco oxígeno. Se produce así una combustión incompleta, que genera monóxido de carbono en lugar de dióxido de carbono. El CO se almacena en lugares cerrados y con mala ventilación. Braseros y estufas de gas tienden a liberarlo, a veces con fatales consecuencias. El tratamiento, aparte de una intervención rápida, consiste en administrar oxígeno concentrado para que las moléculas de hemoglobina vuelvan a funcionar con normalidad cuanto antes.

El dióxido de carbono (CO2) es un producto de la respiración celular de los seres vivos. Es un subproducto resultante de muchos procesos biológicos, y también de procesos de combustión como fuegos, volcanes y géiseres. También resulta indetectable para nuestros sentidos, aunque a muy altas concentraciones tiene un olor ácido y penetrante. Por sí solo puede producir vértigo, mareos, dolor de cabeza y taquicardias, a concentraciones de varios miles de partes por millón (ppm). Sin embargo, su mayor peligro es que es más denso que el oxígeno, y puede acumularse en zonas bajas cerca del suelo. De esta forma se crean zonas muy pobres en oxígeno, con el consiguiente riesgo de desmayo y posterior asfixia. Es corriente encontrar estas zonas en espacios cerrados y confinados, donde el CO2 se acumula peligrosamente. Son muy frecuentes los accidentes relacionados con pozos y fosas sépticas, ya que el CO2 se produce también en procesos de fermentación y descomposición. Habitualmente (como en el caso de la draga de Avilés), varias personas se intoxican al tratar de auxiliar al primero. En estos casos hay que resistir el impulso de rescatar a la persona, pues probablemente nos ahogaremos también nosotros: hay que conseguir un suministro de oxígeno con bombonas o similares y únicamente entonces rescatar a la persona. Una vez sacada de la zona baja en oxigeno, la víctima recupera la normalidad, aunque puede necesitar reanimación o haber fallecido ya.

Estos dos gases se encuentran juntos con frecuencia, y también con otros gases nocivos mezclados. La estrategia de los mineros de antaño, que llevaban un canario enjaulado, servía para detectar bolsas de gases nocivos, entre ellos CO y CO2. El canario, mucho más sensible que nosotros a los cambios atmosféricos, se desmayaría rápidamente en presencia de gases tóxicos, avisando así a los mineros.


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