Ingenio asesino: la falcata ibérica

“¿Recuerdas, Cesar, que en España te torciste el tobillo cerca del río Júcar? ¿Recuerdas que, queriendo tumbarte a la sombra de un pequeño árbol en mitad de un terreno agreste y pedregoso, un soldado extendió su capa en el suelo para ti?” Dijo César, “por supuesto que lo recuerdo; en aquel momento, y muriendo de sed como estaba, me hubiera arrastrado a cuatro patas hasta el manantial de no haberme traído mi camarada, hombre activo y valiente, su propio casco lleno de agua.” “¿Reconocerías, general, a aquel hombre o a aquel yelmo?”. César dijo que reconocería, sin duda, al hombre, pero no al yelmo; y añadió que le molestaba que le recordasen tales cosas estando como estaban en mitad de un juicio, “de cualquier modo, tú no eres aquel soldado”. “No te culpo, César,” dijo el hombre, “por no reconocerme; cuando aquello ocurrió, estaba yo ileso; pero poco después, en la batalla de Munda, me sacaron un ojo y me aplastaron los huesos de cráneo. Tampoco reconocerías aquel casco, pues fue partido en dos por una espada española.”

Así describe Séneca el diálogo que un veterano de Hispania mantiene con César en mitad de un juicio por unas tierras en su obra De Beneficiis. La espada española que menciona el soldado, machaera hispana en el original, se refiere inequívocamente a la actualmente conocida como falcata ibérica.

La falcata es un arma de hierro o acero, con un solo filo cóncavo y una peculiar forma de hoz estilizada. Es una espada relativamente corta, entre los 55 y algo más de 60 centímetros de largo. La empuñadura tiene una forma muy particular, ya que se recurva hacia el filo para proteger los dedos de la mano que la esgrime, y normalmente está tallada en forma de animal (caballos y aves son frecuentes, una reminiscencia de antiguos cuchillos o puñales ceremoniales cuya forma de hoz acabó dando origen a la falcata). Se han encontrado falcatas de doble filo, aunque son muy extrañas; el arma tiene un único filo hasta llegar a la punta, cuyos últimos centímetros están afilados por ambos lados y permiten atacar apuñalando al enemigo.

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Detalle de una empuñadura, Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

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Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Los romanos tuvieron que enfrentarse a la falcata en numerosas ocasiones tanto en Hispania como en la propia península itálica (guerreros hispanos lucharon con ellas al menos en una de las Guerras Púnicas). En su época se habló mucho del poder de la espada ibérica, de su capacidad para infringir temibles heridas y cortar miembros y cabezas. Se dice que las legiones que operaban en Hispania llegaron a reforzar los bordes de sus escudos y sus armaduras para enfrentarse a dicha arma, aunque es de suponer que los romanos se habrían enfrentado ya a suficientes enemigos antes de llegar a Hispania como para que los íberos les enseñasen algo que no sabían ya sobre el arte de la guerra. También se habló mucho de la excelente calidad del acero empleado en la construcción de la falcata: se decía que los íberos enterraban fragmentos de acero durante dos o tres años para que el óxido se “comiese” las partes más débiles de la aleación, y con lo que luego quedaba forjaban sus espadas. Los análisis modernos realizados en algunas falcatas ibéricas nos dicen que la calidad del acero está entre muy mala y simplemente buena. Existe una gran variedad, pero sin llegar a los niveles de excelencia que los romanos les atribuían. La falcata no era universalmente utilizada en la península ibérica. El 90 % de ellas se han encontrado en el norte de Andalucía y en levante; la idea de que la falcata fuera un símbolo nacional fue una invención propagandística muy posterior.

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El Guerero de Osuna (s. III a.C.) sostiene claramente una falcata.

Los íberos usaron la falcata durante unos 500 años, hasta que cayó en desuso alrededor del siglo I a.C. Hay que tener en cuenta que en dicha época las espadas no eran el arma principal de la infantería, sino las lanzas, los arcos, las jabalinas y las hondas. La falcata sería por tanto un arma “secundaria”, destinada a su uso en combate cerrado, cuando se perdía o rompía el arma principal o contra ciertos adversarios concretos. Gracias a su forma, con el peso de la hoja concentrado cerca de la punta, podían descargarse tajos con terrible fuerza, a la manera de un hacha, pero sin perder el filo y la rapidez de una espada corta. Podía apuñalarse también con ella, lo que sin duda facilitaba penetrar las formidables defensas de una formación romana típica. La falcata presenta una o dos acanaladuras a cada lado, a lo largo de la hoja. Es completamente falso que sirvieran para agravar las heridas causadas al enemigo, para introducir aire en las mismas y causar infecciones o para que fluyese la sangre más fácilmente: todo lo anterior son invenciones poco informadas. Dichas acanaladuras cumplen la misma función en cualquier arma banca, y es la de aligerar la hoja sin comprometer su resistencia. Muchas de las falcatas halladas en tumbas y enterramientos se encuentran dobladas y melladas. ¿Demuestra esto su fragilidad o mala calidad? En absoluto. El ritual de inutilizar, rompiéndolas o doblándolas, las armas del guerrero muerto es frecuente como símbolo del paso al más allá. De esta forma, el armamento, e incluso las armaduras, escudos y yelmos del guerrero mueren con él, le acompañan a la otra vida y dejan de ser parte del mundo de los vivos.

No sabemos cómo llamaban los íberos a la falcata. Es prima del kopis y la machaira griegos, el yatagan turco o el kukri del Nepal. El nombre falcata fue empleado por primera vez por el gijonés Juan Agustín Ceán Bermúdez en 1832 o por el escritor Fernando Fulgosio en 1872, basándose en el latín ensis falcatus, espada en forma de hoz.


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