El SMS Emden, un corsario del siglo XX

La historia de la navegación –tanto en tiempos de paz como de guerra- se encuentra plagada de actos valerosos, heroicos, afortunados o simplemente sorprendentes. La historia que refiero hoy tuvo lugar en pleno siglo XX, cuando la época de los veleros ya era únicamente un recuerdo y las artes marineras se basaban en el empuje del vapor.

En 1914 Japón entró en la Gran Guerra del lado de los Aliados y en contra de Alemania. La escuadra alemana de Extremo Oriente comandada por el almirante Maximilian Graf Von Spee abandonó su base en China debido a la enorme desigualdad de fuerzas a las que tenía que enfrentarse en el Índico. En ese momento en capitán de fragata Karl von Müller solicitó a Von Spee licencia para quedarse en aguas del Índico como nave corsaria, para hostigar el tráfico mercante de los Aliados. Von Spee sopesó la idea: Von Müller, aunque joven –tenía de aquella 41 años-, era un marino capaz, disciplinado y, sobre todo, audaz e imaginativo. No obstante, las características de su nave, el SMS Emden, era un crucero ligero completamente incapaz de enfrentarse a las tremendas fuerzas navales desplegadas en los siete mares por ingleses y australianos. Finalmente triunfó la audacia, y cuando la escuadra salió de puerto se izaron en el palo de la nave capitana (el Scharnhost) las banderas que componían un mensaje mítico: “Emden. Destacarse. Buena suerte”. La nave se separó del resto de su escuadra despedido por vítores y ovaciones desde las otras naves.

Photobucket

El SMS Emden

Para comprender la audacia de la misión de Von Müller es necesario repasar brevemente las características del barco de capitaneaba. El Emdem era un crucero ligero de 118 metros de eslora y unas 3300 toneladas de desplazamiento. Podía alcanzar 24 nudos –velocidad bastante respetable- gracias a doce calderas de carbón, a las que daban salida tres chimeneas. Iba armado con 10 cañones de 105 mm., frente a los de 152 mm. que solían montar los cruceros ligeros británicos. Esta disparidad de armamentos daba a los enemigos del Emden una enorme ventaja en alcance y penetración de blindaje. La nave alemana, demasiado ligera para salir victoriosa en caso de confrontación directa, debía por tanto confiar en la astucia y el sigilo para sobrevivir. Contaba con 361 tripulantes

Photobucket

Von Müller

El 9 de septiembre de 1914 el Emden capturó a su primera víctima, el vapor griego Pontoporos que, aunque pertenecía a un país neutral, transportaba carbón indio para Gran Bretaña. Capturó luego dos barcos británicos vacíos que hundió abriendo sus válvulas. Los prisioneros iban siendo acomodados en el barco carbonero Markomannia, ya que éste había sido un barco de pasajeros y Von Müller pensó que los marineros capturados se encontrarían más cómodos en él. La siguiente presa fue un barco estadounidense y por tanto neutral, al que los alemanes transfirieron todos sus prisioneros antes de dejarlo libre. Los marineros liberados estrecharon las manos de sus captores, les abrazaron y hasta se vieron algunas lágrimas ante la caballerosidad de Von Müller. El 13 de septiembre capturó y hundió al Killin y al día siguiente al Diplomat, ambos británicos. Poco después detuvo a dos barcos italianos, el Laureano y el Dándolo, a los que dejó libres. Von Müller prefirió no tentar a la suerte y se alejó de la zona de sus capturas. Se dirigió a Madrás, en el sur de la India, y decidió atacar las instalaciones de la petrolera Burmah Oil Company, británica. El 22 de septiembre, aprovechando el amparo de la noche, el Emden esquivó las potentes defensas de la instalación y disparó 125 salvas con sus cañones de 105 mm., provocando incendios y varias bajas civiles (las primeras desde que comenzara sus correrías). La reacción inglesa ante el golpe del corsario fue fulminante: se cerraron puertos, se prohibió a los barcos mercantes levar anclas, se enviaron buques de guerra a patrullar incansablemente la zona en la esperanza de detener al esquivo Emden. El comercio inglés quedó prácticamente paralizado en la zona.

El Emden huyó de nuevo, poniendo proa a la pequeña isla de Diego García (al sur de la India). Por el camino capturó otros ocho vapores, uno de los cuales, el Buresk, sustituyó al Markomannia como buque auxiliar y carbonero mientras el segundo repostaba en puerto neutral. Cuando el corsario alemán llegó a Diego García, de forma furtiva y en alerta, se vio sorprendido por la recepción calurosa que los ingleses le dieron… y es que en Diego García aún no había radio, y por tanto los isleños aún lo ignoraban todo sobre las declaraciones de guerra y el inicio de las hostilidades en Europa. El Emden aprovechó la feliz coincidencia para repostar y recuperarse de la frenética actividad de los últimos días.

Rápidamente prosiguieron su carrera destructora. Capturadas o hundidas otras seis naves y una draga, se volvió a transferir a los prisioneros a una de las presas, para dejarlos libres. De nuevo los cautivos se despidieron con grandes muestras de agradecimiento por el trato honorable y humanitario recibido. Y es que Von Müller llegó a permitir que algunos prisioneros embarcasen cosas como un piano o una motocicleta, por las que habían mostrado gran apego. El 18 de octubre, por cierto, el Emden capturó un barco español, el Fernando Poo, que fue inspeccionado y puesto en libertad por pertenecer a país neutral. Siguió capturando presas, unió otro carbonero a su pequeño convoy y tomó o hundió otros ocho vapores.

Von Müller decidió entonces atacar el puerto de Penang, donde fondeaban varios buques de guerra que sin duda derrotarían al Emden en caso de combate directo. Los alemanes fabricaron una falsa cuarta chimenea a base de tela y madera, para disfrazar su barco como una nave inglesa. El engaño surtió efecto, y el 28 de octubre el Emden irrumpió en el estrecho puerto sembrando el caos. Torpedeó el crucero de guerra ruso Zemciug y destruyó con sus cañones al torpedero francés Mousquet, además de dañar instalaciones y barcos diversos. Tal fue la sorpresa que tan sólo un torpedero francés fue capaz de salir en persecución del Emden, pero éste ya enfilaba hacia el océano a toda máquina tras el éxito del ataque.

El 1 de noviembre la tripulación hizo una fiesta para celebrar sus tres meses en el mar, mientras las flotas rusa, inglesa, francesa y japonesa trataban desesperadamente de destruir al irritante corsario. Y lo peor de todo es que la opinión pública iba poco a poco apoyando al valeroso Von Müller, tan caballeroso, tan humanitario.

Lo siguiente era atacar la base de comunicaciones de la isla de Cocos, donde varios cables submarinos comunicaban Australia con el resto del mundo. Un grupo de 50 hombres al mando del teniente Hellmuth von Mücke desembarcó en la isla para inutilizar los cables. Desde la isla se envió un mensaje desesperado que decía “el Emden está aquí”, y poco después los radiotelegrafistas del Emden interceptaron una respuesta del crucero australiano Sidney diciendo que acudía en ayuda de la isla. Hay que decir que los radiotelegrafistas del Emden, que contaba con una potente estación de telegrafía sin hilos, podían interceptar las comunicaciones que los enemigos se enviaban entre sí y calcular la posición de su emisor, ubicando así los diferentes barcos que podían ser una presa o un peligro en potencia. Pero en esta ocasión calcularon la posición del Sidney con un error de varios cientos de millas, por lo que Von Müller decidió que tenía tiempo de sobra para inutilizar las comunicaciones de la isla de Cocos.

Pero no fue así. El Sidney apareció de pronto en el horizonte precedido por una ominosa de humo. Von Müller supo en el acto que la suerte de su nave estaba echada, ya que ni tenía tiempo para escapar o prepararse ni el Endem era rival para el poderío del crucero australiano. No obstante, cortó amarras y se dispuso valientemente al combate. Consiguió algunos impactos y causó algún daño al Sidney pero éste, con 10 km. de alcance, se limitó a permanecer a distancia. Desde ese momento, la conocida posteriormente como “batalla de Cocos” se redujo a una demolición del Emden por parte del Sidney, que lo aniquiló con su superior artillería de 150 mm. y manteniéndose lejos del alcance del indefenso navío alemán. El Emden recibió más de 100 impactos. Finalmente Von Müller embarrancó su barco en un arrecife cerca de la isla de North Keeling para evitar su total hundimiento y ordenó quemar la bandera de la Marina Alemana para que no cayese en manos de los aliados. 134 de los 361 tripulantes habían muerto; 44 estaban heridos, incluido Von Müller.

Photobucket

El fin del Emden.

El Sidney persiguió y dio alcance al Buresk, el buque auxiliar capturado que acompañaba al Emden. El capitán del Buresk, Julius Lauterbach, prefirió hundir su buque: abrió las válvulas del fondo y estalló varias cargas de demolición y esperó tranquilamente ser capturado junto con sus hombres en los botes. Luego el Sidney volvió al lugar de la batalla y capturó a los tripulantes del Emden.

El Emden se partió en dos a los pocos días y el mar lo desmanteló con el tiempo hasta que desapareció totalmente en las aguas. Lo supervivientes protagonizaron posteriormente sus propias aventuras. Hellmuth von Mücke, quien había presenciado la batalla desde la isla de Cocos con su grupo de desembarco, capturó la goleta de madera Ayesha, fondeada frente a la isla, y con ella y sus hombres logró recorrer todo el océano Índico hasta Arabia, recorrió 2000 kilómetros de desierto y acabó llegando a Constantinopla. Cuentan que un periodista alemán le preguntó, al verlo llegar bastante desastrado tras su viaje, si prefería un poco de vino o darse un baño. El lacónico Von Mücke contestó simplemente: “vino del Rin. Después, Alemania”. Y, efectivamente, acabaron llegando a Alemana y recibidos como héroes. Julius Lauterbach fue enviado prisionero a la India, donde sublevó a los hindúes del campo de prisioneros contra los ingleses y escapó con sus hombres aprovechando la confusión. Volvió a Alemania para reemprender su carrera naval.

Von Müller, el artífice de la odisea del Emden, permaneció prisionero hasta el fin de la guerra, tras la que fue liberado. Murió de malaria, que había contraído décadas antes, en 1923. El corsario alemán había capturado o hundido una treintena de naves a lo largo de más de tres meses, mientras la mitad de los barcos del mundo le buscaban. Había paralizado la navegación en una de las zonas con más movimiento del mundo y había pasado a la historia de las aventuras navales. Winston Churchill, primer Lord del Almirantazgo, envió un telegrama al capitán del Sidney que resume perfectamente lo que sentía la marinería de la época por Karl von Müller:

Parece que el comandante, oficiales y dotación del Emden se merecen todos los honores de la guerra. A no ser que conozca usted alguna razón en contra, debiera dejar que el comandante y sus oficiales conserven sus sables.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: