El río que fue condenado a muerte

Ciro II, llamado El Grande, fue un rey persa que fundó la dinastía aqueménida. Sus dominios llegaron a extenderse entre el Mediterráneo y el Hindu Kush, una cordillera montañosa que se extiende entre Pakistán y Afganistán, cerca de la India. Su imperio fue el mayor de su época y duró hasta que, dos siglos más tarde, fue conquistado a su vez por Alejandro Magno.

Soldados persas en un relieve de la época

Ciro el Grande emprendió la conquista de la vecina Babilonia en la década de 540 a.C. El historiador griego Heródoto nos cuenta, en el primero de sus nueve Libros de la Historia*, la anécdota protagonizada por el rey en su marcha hacia dominios babilónicos:

Cuando Ciro, caminando hacia Babilonia, estuvo cerca del Gyndes (río que tiene sus fuentes en las montañas Matienas, y corriendo después por las Darneas, va a entrar en el Tigris, otro río que pasando por la ciudad de Opis desagua en el mar Eritreo), trató de pasar aquel río, lo cual no puede hacerse sino con barcas. Entretanto, uno de los caballos sagrados y blancos que tenía, saltando con brío al agua, quiso salir a la otra parte; pero sumergido entre los remolinos, lo arrebató la corriente. Irritado Ciro contra la insolencia del río, le amenazó con dejarle tan pobre y desvalido, que hasta las mujeres pudiesen atravesarlo, sin que les llegase el agua a las rodillas. Después de esta amenaza, difiriendo la expedición contra Babilonia, dividió su ejército en dos partes, y en cada una de las orillas del Gyndes señaló con unos cordeles ciento ochenta acequias, todas ellas dirigidas de varias maneras; ordenó después que su ejército las abriese; y como era tanta la muchedumbre de trabajadores, llevó a cabo la empresa, pero no tan pronto que no empleasen sus tropas en ella todo aquel verano.

Después que Ciro hubo castigado al río Gyndes desangrándole en trescientos sesenta canales, esperó que volviese la primavera, y se puso en camino con su ejército para Babilonia.

No se sabe muy bien a qué río se refería Heródoto, puesto que, además de mediar más un siglo entre Ciro y él, se ve que la geografía de Oriente Medio no era lo suyo. Hoy se supone que el Gyndes correspondería al Diyala, que pasa cerca de Bagdad, aunque hay quien lo identifica con otros ríos cercanos.

La tumba de Ciro en Pasargada

En todo caso, y aunque la anécdota de condenar a muerte a un río pueda parecer descabellada, tampoco debe resultarnos increíble. Uno, porque tal cosa podía estar al alcance de los recursos técnicos de la época: sin ir más lejos, Ciro desvió el río Eúfrates (arteria fluvial de vital importancia para los babilonios) para conquistar la ciudad de Babilonia. Disponiendo de un ejército al completo, con la mano de obra que ello supone, apoyada por los ingenieros, la intendencia, etc., Ciro bien podía haber completado la desecación del Gyndes en un verano, como se dice. Y dos, porque constituiría una excelente forma de demostrar el poder y la majestad de Ciro, ante quien la propia naturaleza debía rendir cuentas. ¿Qué mejor forma de demostrar a sus enemigos la inutilidad de resistirse a semejante poder?

*Heródoto de Halicarnaso, Los Nueve Libros de la Historia, Libro I, capítulos CLXXXIX y CXC.


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