El poder del destino

Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto. Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.
—Amo —le dijo—, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.
—Pero ¿por qué quieres huir?
—Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.
El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán.
Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte.
—Muerte —le dijo acercándose a ella—, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?
—¿Un gesto de amenaza? —contestó la Muerte—. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado.
Bernardo Atxaga, Obabakoak
Esta es probablemente la más conocida de las versiones de un cuento muy antiguo. Jean Cocteau lo incluyó, resumido, en La gran separación (1923) con el nombre de El gesto de la Muerte, tras lo cual fue abundantemente publicado y extendido. Pero muchos siglos antes la pequeña historia ya circulaba por el mundo, salida por lo visto del Talmud. Se ha escrito muchas veces, con muchas formas y con diferentes protagonistas, aunque el mensaje permanece inalterado.
El criado del rico mercader nos habla sobre el conflicto entre la predestinación y el libre albedrío. Nos invita a hacer una reflexión sobre la inevitabilidad de la muerte y, por extensión, de si es posible escapar del destino. ¿Podría el criado haber evitado a la Muerte si no hubiese tratado, precisamente, de escapar de ella? ¿No parece lógico pensar que se hubiera librado de su suerte si se hubiera quedado tranquilamente con su amo? Al tratar de evitar su funesto destino, el criado pone en marcha una serie de acontecimientos que lo llevarán precisamente al lugar donde éste debe consumarse. Se trata de un ejemplo de “destino retorcido”, una profecía enrevesada que se cumple de forma imprevista… pero se cumple.
Hay numerosos ejemplos de profecías retorcidas en la literatura y en el imaginario popular. El paradigma de profecía engañosa aparece en Macbeth. Al protagonista de la obra de Shakespeare, tres brujas le profetizan que ningún hombre nacido de mujer podrá dañar a Macbeth; que debe guardarse de su enemigo Macduff; y que nunca será vencido hasta que el bosque de Birnam avance hacia su castillo de Dunsinane. El tirano Macbeth se regocija ante la perspectiva de inmortalidad que le ofrecen las brujas. Pero, por supuesto, las profecías de las viejas se cumplen de forma tan exacta como inesperada: el ejército de rebeldes que tomará Dunsinane se dirige al castillo refugiado tras las ramas que los soldados iban cortando del bosque de Birnam; Macduff, que será quien finalmente mate al tirano, no fue nacido de mujer, sino que fue extraído por cesárea de su madre muerta durante el parto.

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Las tres brujas de Macbeth, una representación del poder del destino.
El mítico Oráculo de Delfos era bien conocido por sus respuestas evasivas, que se cumplían luego con inquietante precisión… y de forma totalmente imprevista para los desgraciados que solían sufrir las consecuencias. Creso, rey de Lidia, consultó al oráculo para saber qué ocurriría si emprendía una guerra contra Persia. “Si cruzas el río Halys –le respondieron-, destruirás un gran imperio”. Creso, enardecido, declaró la guerra a Persia junto con otras naciones, pero fueron completamente derrotados y Lidia resultó arrasada. Y es que el reino de Creso también era un gran imperio.
Otro ejemplo arquetípico de profecía imprecisa pero exacta es la que el Oráculo de Delfos pronunció sobre Edipo. A su padre Layo se le vaticinó que su propio hijo le mataría y se casaría con su esposa. Layo trató de evitarlo abandonando al bebé en un monte, pero Edipo fue recogido por un pastor y entregado a los reyes de Corinto, que le criaron como a su propio hijo, sin decirle nunca la verdad. Edipo visitó Delfos en la adolescencia, donde el Oráculo le repitió, palabra por palabra, la profecía que había dado a Layo. Así empieza el intento de Edipo de evitar ese hado terrible, que es precisamente lo que le lleva a cumplirlo. Huye de Corinto por miedo a matar a los que él considera sus padres, que en realidad son adoptivos. Camino a Tebas se cruza con una caravana guiada por su verdadero padre, Layo, momento en el que ninguno de los dos reconoce al otro. Se produce una lucha en la que Edipo mata a Layo, resolviendo más tarde el enigma de la Esfinge y casándose como recompensa con la viuda el rey, Yocasta: su propia madre. Únicamente años más tarde, cuando la pareja ha tenido cuatro hijos, se le revela la verdad a Edipo, con trágicas consecuencias.
La moraleja de este tipo de historias es clara: no puede engañarse al destino. Lo que ha sido profetizado ha de cumplirse y nuestro hado, para bien o para mal, nos alcanzará por mucho que tratemos de evitarlo… y, en ocasiones, precisamente por tratar de esquivarlo ayudaremos a darle cumplimiento. ¿Existe el libre albedrío? ¿Importan nuestras decisiones o llegaremos siempre al final de nuestro camino por muchos rodeos que intentemos dar? Por desgracia, en el universo el tiempo transcurre sólo en una dirección, de modo que no podemos dar marcha atrás y dar respuesta a la incómoda pregunta ¿qué hubiera pasado sí..?
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