El naufragio del Méduse

Una antiquísima tradición marinera afirma que un barco que navegue bajo un mal nombre, tendrá un destino torcido. La fragata Méduse llevaba el nombre de un monstruo mitológico tan horrendo de contemplar que su sola visión mataba a los hombres y los transformaba en piedra. Si nos basamos en su origen, no parece un buen augurio llamar a un barco Medusa; y, desde luego, el destino que corrió el Méduse resultó ser bastante horrible.

La fragata de 40 cañones Méduse fue puesta en servicio en 1820 y sirvió en las Guerras Napoleónicas en el Atlántico y el Pacífico. Tras la caída de Napoleón, el rey Luis XVIII quiso devolver el ejército a manos de personajes leales a la monarquía, y el mando de la fragata fue concedido a Hugues Duroy de Chaumerays. La idea era enviar una flotilla de cuatro naves hacia Senegal, para poblar y fortificar el recientemente ganado puerto de San Luis. De Chaumerays, de cincuenta y pico años, llevaba más de veinte sin poner un pie en un barco; aunque había participado en alguna trifulca naval durante la guerra, jamás había mandado una nave, no digamos ya una flota. Los miembros de la tripulación, veteranos marinos muchos de ellos, no se entusiasmaron precisamente cuando aquel dandy perfumado tomó el mando del Méduse.

El viaje comenzó en 1816. Cuatro barcos formaban el convoy hacia Senegal: el Loire, el Argus, el Echo y el Méduse. Viajaban en la flotilla soldados, civiles, figuras políticas y administrativas, familias enteras de colonos y el que sería gobernador de Senegal, Julien-Désire Schmaltz (que viajaba a bordo del Méduse). Schmaltz, de fuerte personalidad, convenció al pusilánime de Chaumerays para tomar una ruta lo más corta y directa posible hacia la costa de Senegal, desafiando los bancos de arena y los arrecifes. La costumbre, más por pura supervivencia que por otra cosa, era internarse en el Atlántico alejándose de la costa y luego dejar que los vientos empujasen la nave hacia el este para enfilar la costa de frente en lugar de ir bordeándola. Y precisamente el Méduse hizo lo contrario. Aprovechando su rapidez, la fragata se adelantó al resto de la flotilla, que continuó el viaje por su cuenta sin saber dónde quería meterse el capitán de Chaumerays.

Cuando el Méduse estaba ya fuera del alcance del resto de la flota (que desaparece, por ahora, de nuestra historia), de Chaumerays trabó amistad con un tal Rochefort, naturalista insigne, explorador infatigable del África, navegante experto. O, al menos, así se definía él mismo, ya que había pasado los diez últimos años encarcelado en Inglaterra. De Chaumerays le nombró oficial de navegación de la nave (¡a un civil!) y se confió a sus –nulos- conocimientos del mar y la costa africana.

Y pasó lo que tenía que pasar, teniendo en cuenta que el barco estaba en manos de un capitán petimetre, un gobernador que imponía su voluntad sin que el anterior hiciese nada, y un navegante vividor que no sabía nada de navegación.

El 2 de julio de 1816 el agua se teñía poco a poco de marrón. Era más dulce y contenía mucho fango en suspensión: señales inequívocas de que estaban muy cerca de la costa africana. Rochefort confundió unos bancos de nubes con los acantilados africanos, sobreestimando la distancia que los separaba de la costa. Las sondas daban un calado cada vez menor. Pero de Chaumerays ignoró todas las señales y ordenó mantener el rumbo. Los propios pasajeros se mostraron alarmados, pero él les tranquilizaba condescendientemente, como un padre a un niño asustado sin motivo.

Entonces, a las once y media de la mañana, el barco se detuvo con un golpe sordo y un largo sonido de roce.

Habían embarrancado en el gran banco de arena del Arguin, y además con una marea notablemente alta, lo cual hacía muy difícil liberar la nave utilizando posteriores mareas. Casi se produjo un motín a bordo. Todos gritaban y querían saber qué pasaba y cuándo iban a salir de allí. Comenzaron a lanzar objetos por la borda para aligerar la nave y quisieron tirar también los cañones, pero de Chaumerays lo impidió para no malgastar de ese modo propiedades del ejército. Al poco tiempo, el capitán decidió que había que abandonar el barco y llegar a la costa, que estaba a unos 50 kilómetros. Tenían botes salvavidas pero, como suele ocurrir, no había espacio para los 400 tripulantes. Comenzó inmediatamente a construirse una gran balsa con el palo mayor de la Méduse y parte de su tablazón. Todo se hacía improvisando, en medio de un ambiente de histeria y descontrol. Nadie era capaz de poner algo de orden o de pensar con claridad, y así pasaron varios días a bordo del difunto barco. El 5 de julio hubo una tormenta con vientos fuertes, y cundió el pánico. Todo el mundo trató de hacerse locamente a la mar para ganar tierra, excepto 17 hombres que decidieron quedarse a bordo del buque embarrancado. Los más “importantes” fueron instalados en los botes salvavidas, mientras 146 personas, hombres, mujeres y niños, subieron a bordo de la balsa. La balsa de la Médusa resultaba muy precaria: hacía aguas por todas partes y cualquier ola, por pequeña que fuese, empapaba todo a bordo. No tenía remos, ni velas, ni timón, ni ninguna forma de moverse o navegar por sí misma. Cuando los 150 náufragos subieron, descubrieron que se hundía ominosamente y el agua les llegaba en todo momento más arriba de los tobillos. Medía 20 metros de largo por 7 de ancho, por lo que cada tripulante tenía menos de un metro cuadrado de espacio.

Y es aquí donde empieza la etapa más terrible de este viaje. Puede pensarse lo sucedido hasta ahora es irresponsable, estúpido, hasta cómico en algunos aspectos, pero cualquier rastro de humor desaparece en este momento para ser reemplazado por puro terror. Los de los botes salvavidas amarraron con cabos la balsa –a la que llamaban la Machine– y trataron de remolcarla. Pronto se vieron escenas de histeria a bordo de la balsa y los de los botes temieron que sus tripulantes trataran de abordarlos o que el propio artefacto los arrastrase en caso de hundimiento. Hay quien dice que fue el gobernador Schmaltz el primero que decidió cortar el cabo que le unía a la Machine. En cualquier caso, todos los botes acabaron cortando los cables con los que remolcaban la balsa, y ésta quedó, con sus 150 pasajeros, a la deriva.

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Un plano de la época de la balsa del Méduse

Lo que sucedió en la balsa a partir de entonces fue atroz. Ya he hablado de hombres a los que el mar pone en situaciones desesperadas, pero creo que en ningún caso la reacción de los náufragos fue tan virulenta, tan autodestructiva, como en el caso del Méduse. Lo que más llama la atención es la rapidez con la que los supervivientes comenzaron a autodestruirse. Solo en la primera noche, 20 hombres murieron asesinados o se suicidaron. Las provisiones embarcadas en la balsa fueron arrojadas por la borda para conseguir más espacio. Sacos de harina y barriles de agua fueron lanzados al océano, condenando a los supervivientes a la agonía del hambre y la sed, con tan solo unas pocas galletas secas y un par de baldes de agua dulce. Cada noche había peleas a machete y asesinatos por un trozo de comida. Los marineros se peleaban con los militares, los oficiales con los civiles, los blancos con los negros. A los heridos o débiles se los arrojaba por la borda sin contemplaciones. Una especie de mástil cayó un día sobre una chica –que, por cierto, fue vista masticando a su marido muerto- y le rompió ambas piernas; los demás, casi en el acto, la cogieron y la tiraron al mar, donde desapareció. Muchos de los hombres se volvieron locos por el hambre, el sol, el agua salada que bebían y la desesperación, y se quitaron la vida arrojándose al mar. Y así días tras día, noche tras noche. El cuarto día sólo quedaban 67 supervivientes de los 150. Cuando los hombres se volvieron locos de hambre y sed, comieron los cuerpos de los muertos con uñas y dientes. Trece días duró esta situación demencial, y cuando el Argus apareció en el horizonte el día 17, por pura casualidad, encontró tan solo a 15 supervivientes en estado lamentable, sobre una balsa hecha astillas y rodeados por los cadáveres de sus antiguos compañeros. Estaban a menos de siete kilómetros de la costa africana.

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La Balsa de Medusa, de Gericault (1819), representa el momento en en que los supervivientes avistan al Argos. En su época fue una obra muy polémica que casi es destruida por los que la tachaban de antimonárquica. Actualmente está en el Museo del Loúvre.

Cinco de los quince supervivientes murieron al poco de ser rescatados. Aquellos que huyeron en los botes salvavidas llegaron a la costa y, tras mayores o menores peripecias, casi todos acabaron llegando a zonas civilizadas y se salvaron. Una partida enviada a por el oro que había quedado en el Méduse (no a por los náufragos), descubrió que tres de los 17 tripulantes que se habían quedado la nave seguían vivos tras haber pasado 54 días aislados. El estúpido capitán de Chaumerays fue juzgado por su incompetencia criminal, aunque solo le condenaron a tres años de prisión. El cirujano de a bordo del Méduse, Henri Savigny, publicó un completo informe sobre lo ocurrido que no tardó en convertirse en un gran escándalo por la incompetencia del capitán de Chaumerays y por la gran indiferencia mostrada por Francia al no poner interés alguno en rescatar a sus hombres.

De los eventos ocurridos en la balsa, llama la atención la completa falta de organización o de previsión, como si los hombres ya se hubieran resignado a morir. También sorprende la rapidez con la que comenzaron a cometerse atrocidades y asesinatos. Casi desde el momento mismo en que la balsa quedó a la deriva, los náufragos se convirtieron en una especie de locos furiosos o medio catatónicos. Ellos mismos mataron a más de los suyos que el hambre y la sed.


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