El estudio de Asch sobre conformidad a la norma, o como la gente niega sus propios sentidos

Es curioso como a veces un estudio demuestra exactamente lo contrario a lo que inicialmente pretendía probar. Fue lo que le sucedió a Solomon Asch en 1951, cuando puso en marcha un experimento sobre toma de decisiones. Asch quería revisar un experimento anterior, realizado por Sherif en el 35, en el que las personas cambiaban su propio juicio y emitían respuestas muy influenciadas por la opinión de otros individuos. Sherif había demostrado, en resumen, que las opiniones y juicios de los individuos cambiaban para amoldarse a la opinión de otras personas, no importa si eran conocidas o no. Asch creía que el experimento de Sherif tenía un grave defecto, y es que la tarea que se pedía a los participantes era demasiado ambigua: estimar cuánto se movía un punto de luz en la oscuridad que realmente no se movía, una ilusión llamada efecto autocinético. Asch también se negaba a creer que la opinión humana fuese tan poco fiable, así que diseñó un experimento para probarlo.

El experimento de Asch era muy simple y se basaba, como casi todos los estudios de este tipo hechos por psicólogos, en engañar un poco al pobre sujeto puesto a prueba. No os fiéis de un psicólogo.

Asch elegía a sus sujetos experimentales entre los estudiantes del colegio Swarthmore (Pensilvania), donde trabajaba. El incauto estudiante se reunía con otros siete sujetos en una habitación, y se les pedía que juzgasen cuál, de entre tres líneas verticales, era igual a otra dibujada al lado. La tarea era muy sencilla, y casi no había lugar para el error.

Este era el test, ¿cuál de las tres líneas de la derecha –A, B o C- es igual que la de la izquierda?:

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La trampa está en que los otros siete participantes estaban aliados con el experimentador. Todos ellos se habían puesto de acuerdo para dar una respuesta errónea (tal vez uno o dos dijesen otra, para disimular al menos un poco). Cada uno contestaba por turno, y el verdadero sujeto respondía el último. De esta forma, oía la opinión de todos los demás participantes antes de dar su respuesta. A cada grupo se le presentaba la figura anterior, o una muy similar, 18 veces. En 12 de las 18, los siete compinches de Asch daban, todos o casi todos, la respuesta errónea. Participaron un total de 123 jóvenes voluntarios.

Asch creyó que, siendo la tarea tan simple y la respuesta tan evidente, la opinión de los demás no influiría tanto en el sujeto como había sucedido en el experimento de Sherif. Pero se equivocó. Algunos de los resultados fueron sorprendentes:

– Solo un 25 % de los participantes no siguió el juicio de la mayoría nunca;

– Un 75% de ellos cambió su propio juicio al menos una vez para amoldarlo a lo que creían los demás;

– Un 5% se amoldó a lo que decían los demás siempre;

– En total, los sujetos respondieron mal más de un tercio de las veces (32-37%) para seguir la opinión de la mayoría.

En un grupo de control en el que todos eran participantes reales (es decir, no había presión sobre el participante para que cambiase su opinión), todos los sujetos excepto uno siguieron su juicio e identificaron correctamente las barras iguales. Cuando el sujeto no decía en voz alta la respuesta, sino que la daba por escrito, la conformidad era menor; y cuando, además, las respuestas eran anónimas, la conformidad era prácticamente cero. Es decir, los individuos distinguían perfectamente entre su juicio y el de la mayoría, pero optaban por no mostrase en desacuerdo con el segundo. Simplemente se “dejaban llevar”.

Después de los ensayos, la mayoría de los participantes dijeron que distinguían perfectamente qué línea era la correcta, pero que no lo habían dicho por miedo al fallo, al ridículo o a ser el elemento discordante del grupo. Casi todos sintieron malestar, nervios, ansiedad y preocupación antes de dar su respuesta. Hubo incluso un pequeño número de sujetos que realmente creían que era el grupo el que tenía razón y que ellos se equivocaban.

Este experimento guarda semejanzas con el siniestro estudio sobre obediencia a la autoridad que llevó a cabo Stanley Milgram unos años después, si bien los sujetos de Milgram obedecían a una supuesta autoridad superior y los de Asch simplemente amoldaban su opinión a la de un grupo. Al igual que en el experimento de Milgram, uno de los factores que más poderosamente influía en la conformidad era la cohesión o la uniformidad de la opinión de los demás. Cuando el grupo al completo respondía mal, eligiendo la misma respuesta, era mucho más probable que la respuesta del sujeto fuera esa misma; pero bastaba que hubiera una sola opinión diferente para que los sujetos se amoldasen mucho menos a la opinión de la mayoría. En otras palabras, cuando uno se encuentra solo ante una mayoría unida resulta mucho más difícil expresar una opinión diferente.

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Una de las sesiones del experimento

El experimento de Asch tienen sus limitaciones: se trata de una tarea difícilmente extrapolable a la vida real, los participantes son muy poco representativos –todos jóvenes estudiantes- para sacar conclusiones aplicables a la población general… Aún así, pueden extraerse algunas ideas. Si en una tarea muy simple y con muy poca ambigüedad, como comparar tres líneas, la gente ignora su propio criterio para amoldarse al de otros, ¿qué no ocurrirá en la vida real, donde las elecciones son siempre mucho más ambiguas y confusas? ¿Cuántas veces habremos dado el brazo a torcer, queriéndolo o no, sabiéndolo o no, ante la opinión de la mayoría?


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