El día que la primavera abdicó en tricolor

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Una idealizada República, justicia en mano

 

Ochenta años se cumplen hoy mismo de la proclamación de la 2ª República Española. El 14 de abril de 1931 ondeó en las principales capitales españolas la bandera tricolor; en Eibar (Guipúzcoa) no pudieron esperar y alzaron la bandera a las seis y media de la mañana.

 

Las elecciones municipales del 12 de abril habían demostrado que España había dado la espalda a la monarquía, a los representantes de la forma de vida de siempre. Los partidos monárquicos fueron derrotados con contundencia en las principales ciudades y capitales, pero no así en el campo. ¿Por qué? En aquella época España era un país atrasado, oscurantista y anacrónico. Casi la mitad de la población trabajaba en el campo. Apenas había habido una verdadera revolución industrial. En infinidad de pueblos y aldeas la organización social seguía los patrones del Antiguo Régimen: una mayoría de trabajadores de la tierra al servicio de los pocos poderosos del lugar. La Iglesia, omnipresente, ultraconservadora, dirigía la vida espiritual y terrenal de los campesinos de toda España. El poder de los caciques locales contribuía a dirigir el pensamiento del campesino hacia el conservadurismo, es decir: que todo siguiese estando como estaba.

 

Fue en las ciudades, alejadas de esta forma de vida medieval y expuestas a la influencia de nuevas ideas europeas, donde las derechas son derrotadas. Alfonso XIII pretendió comprobar el apoyo que su pueblo le prestaba y devolver a España a la democracia después de dos dictaduras, pero el tiro le salió por la culata. Los resultados demostraron claramente que España quería tirar por otra senda. El rey no quiso, o no pudo, emplear la fuerza para devolver el país al camino de la monárquica y acabó exiliándose a París.

 

España se entregó con fervor al sueño republicano. En diciembre de ese mismo año se aprobó la Constitución de la Segunda República, que pretendió ser baluarte defensivo de los derechos individuales, equiparar a todos los ciudadanos ante la ley. No olvidemos que muchas cosas que hoy damos por sentadas fueron en su día revolucionarias; y que para que las mujeres –o los hombres, para el caso- puedan votar, para que podamos circular libremente por todo nuestro país, para que podamos divorciarnos, ser ateos, gozar de la presunción de inocencia o la seguridad social, en definitiva, para que yo pueda escribir en este blog toda opinión que me venga en gana, hubo mucha gente que se quedó por el camino y hubo mucha sangre derramada a lo largo de la historia. La Constitución republicana pretendió ser un avance en materia de derechos y garantías sociales e individuales. Se ensañaron especialmente con la iglesia y la clase noble, las dos clases que sostenían el antiguo orden social. España pasó a ser un estado aconfesional, laico, y se eliminaron los derechos legales de los que aún gozaban los que poseían títulos de nobleza. Esto, por supuesto, equivalía a declarar la guerra a las derechas, a los conservadores. Cuanto más tomaban forma los ideales republicanos, más ancha se hacía la brecha que separaría durante décadas a media España de la otra media. Fueron tiempos en los que los ideales aun valían algo, en los que aún existía gente convencida, dispuesta a defender sus valores como gato panza arriba.

 

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Celebraciones en plena calle

 

La Segunda República otorgó una gran importancia a la educación de los españoles, a sabiendas de que la educación de los ignorantes era (y es) uno de los pilares de un futuro inteligente y responsable. Crearon el gran proyecto de las Misiones Pedagógicas, dignificaron la figura del maestro de escuela, acercaron la cultura y el conocimiento a los que durante siglos habían vivido en la oscuridad. El pueblo español tenía hambre de pan, pero también hambre de saber, de leer y escribir. Se organizaron cines y teatros ambulantes, recitales, cines, bibliotecas. Hubo muchos que se dedicaron a ellos por amor al arte, literalmente. A mi modo de ver, este impulso educativo podría haber sido una de las bazas a largo plazo del gobierno republicano. Podría haber convertido España en algo muy diferente.

 

La aventura republicana española fracasó. Es más difícil poner de acuerdo al mundo entero que a una docena de españoles, dijo Jacinto Benavente, y por ahí fueron los tiros. A lo largo de varios años los partidos políticos anduvieron a la gresca, cada uno defendiendo su trocito de terreno y tratando de ocupar algo del de los demás. Unos tiraban para un lado y otros iban para otro. El fanatismo de unos y otros parió todo tipo de atropellos, tiros a los trabajadores, protestas violentas. En 1933, las primeras elecciones con sufragio femenino, ganó la derecha. Los partidos de izquierda, desunidos, no fueron capaces de conservar el poder. La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas, una coalición de partidos de derechas y católicos) se hizo con la mayoría e inmediatamente trató de detener las reformas que la República había iniciado. Esto provocó una feroz resistencia por parte de los trabajadores de toda España, y acabó dando lugar a los eventos que conformaron la Revolución del 34: huelgas, manifestaciones, disparos a la salida de la fábrica. En Madrid, el pueblo asaltó la Presidencia del Gobierno. En Cataluña y Asturias se produjeron los conflictos más graves. Oviedo se convirtió en un campo de batalla cuando los trabajadores se armaron y se organizaron como un auténtico ejército, atacaron edificios públicos, iglesias, cuarteles. Para decirlo más claro: gente del pueblo, trabajadores como tú y como yo, gente normal, tomó armas y se enfrentó físicamente a la policía, al estado, a la ideología que trataba de arrebatarles lo que habían conseguido. Guardemos este dato en la memoria.

 

En 1936 volvió a haber elecciones generales, que ganó la alianza izquierdista llamada Frente Popular. Mientras el gobierno republicano trataba de mantener vivo el sueño, el país se encontraba atrapado en una espiral de enfrentamientos salvajes entre izquierda y derecha. La brecha seguía abriéndose. El 17 de julio de 1936 tiene lugar el golpe de Estado que acabaría con la República; comenzaba así la guerra en la que se dio rienda suelta al odio acumulado durante este periodo, y aún antes. Una guerra que llamamos “civil” por decir algo. La guerra del secuestro en plena noche, de los tiros junto a la tapia del cementerio, del padre, o hermano, o hijo, del que no se volvía a saber desde que alguien lo denunciase. La Guerra Civil española acabó con los restos del sueño republicano a sangre y fuego. Y los años posteriores al conflicto resultaron aún más tenebrosos, pero no me extenderé más sobre esto. En abril del 39, muertos o huidos los restos de la época republicana, acaba la guerra y se entierra definitivamente la bandera tricolor.

 

Conviene preguntarse si algo así podría ocurrir hoy en día. No hace tanto tiempo de todos estos sucesos. Seguimos siendo españoles. Pero detengámonos a pensar unos segundos. ¿Alguien se imagina a los jóvenes parados y jodidos de hoy en día saliendo a quemar ayuntamientos y asaltar cuarteles? ¿Alguien puede imaginarse a los muchos descontentos que hay en España, los que echan pestes contra el gobierno y los bancos y contra todo en el bar de abajo, asaltando el Congreso y vociferando sobre los leones de bronce? Solo tratar de imaginarme algo así me provoca una sonrisa. O me la provocaría si tuviese maldita gracia. En el 31 las masas se echaron a la calle para celebrar la llegada de un gobierno que en su época era revolucionario. Hoy protestamos porque no nos dejan fumar en los bares. Por no poder descargarnos una película gratis desde la comodidad de nuestra casa. Porque nos obligan a conducir más lentos por la autopista. Y ¿cómo protestamos? ¿Quejándonos al llegar a casa? ¿Twitteando nuestra desgracia? Hay crisis, es difícil conseguir un trabajo, los sueldos son vomitivos, las empresas exprimen a los empleados. ¿Qué hacen estos? ¿Alguien ve a alguno rebelarse? Al contrario: sumisos y obedientes, agachan las orejas y aguantan lo que les echen, haciendo horas extras a mansalva, atenazados por el miedo de ser sustituidos. El miedo, siempre el miedo.

 

Los partidos políticos de hoy en día, otro tanto. Hace tiempo que votamos a personas, no a ideologías. Convertidos en una especie de empresa más, los partidos están en manos de una extraña clase de políticos profesionales, muy lejos de aquellos personajes idealistas y convencidos. No conozco a nadie que no esté desencantado en mayor o menor grado con la política. Y seguimos participando en el juego, siguiendo su cutre dinámica de sacrificar el bien a largo plazo a cambio del ciego deseo de ganar las próximas elecciones. Por cierto, el responsable de las tres medidas que he citado antes (las muy impopulares Ley Sinde, la limitación a 110 y la prohibición de fumar) no es otro que el PSOE, el mismo que ganaba las elecciones en el 31, el mismo que buscaba el bien del pueblo, la mejora de la calidad de vida de los trabajadores, el mismo partido por el que se lanzaban proclamas y vítores. Entre otros, claro. Curioso.

 

Resulta temible imaginar lo que contaremos a nuestros hijos cuando nos pregunten qué hicimos de jóvenes. No habrá pancartas ni gritos de protesta, ni habrá revoluciones silenciosas o vociferantes. No podremos hablar a nuestros hijos de hechos heroicos, ni de luchas encarnizadas –armadas o no- por nuestros derechos y bienestar. Les hablaremos de botellones, de centros comerciales, de oposiciones que se tragaron años de nuestras vidas, de abusivos contratos y décadas de insatisfacción laboral. Yo no sé cuál de las dos opciones es mejor, pero desde luego es fácil decidir cuál es la más triste. Espero que nuestros descendientes nos superen en valor.

 

Diré de mi mismo una única cosa: mi ignorancia en asuntos políticos, y la de tantos otros, es estremecedora. Conozco a gente que ignora por completo la historia más reciente de España, que desconoce absolutamente lo que hay detrás de palabras como “derecha”, “izquierda”, “Internacional” o “facha”. Mi generación, completamente desapegada y desencantada de la política (y no sin razón), jamás podría llevar a cabo algo como lo que se hizo en el 31, y en años posteriores. Ni la izquierda ni la derecha, ni el centro tirando al medio. Humildemente he tratado de saber algo más sobre aquella época a la vez terrible y emocionante de la historia española; y, leyendo sobre aquellos tiempos, uno solo puede llegar a una conclusión: el tamaño de los cojones del ciudadano español ha experimentado un terrorífico retroceso en tan solo ocho décadas.

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