El corazón del farero

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La joven rubia llegó a la aldea en un palafrén castaño una mañana soleada. El caballo era, desde luego, bastante vulgar y la joven rubia no resultaba demasiado excepcional, pero había esperado llamar un poco más la atención. En aquellos tiempos no era corriente que una mujer cabalgase sola, y desde luego cualquiera que se atreviese a hacerlo se exponía a convertirse instantáneamente en el chismorreo del mes.

Pero nadie la miró cuando trotó por la empedrada calle principal. Unas pocas caras de mujer la estudiaron brevemente con poco interés para volver a su ocupación casi al momento. Cruzó bajo la enseña del único parador, rodeó el único mercado de verduras y se detuvo frente al faro. Quería ver el objeto de su viaje antes de pararse a descansar o buscar un baño caliente, y al fin estaba frente a él. El faro dominaba la altura del acantilado como un blanco y pulido hueso arrastrado hasta allí por una ola imposiblemente alta. La única nota de color en su exterior totalmente blanco era una puerta de madera color carmesí. El sol destelló brevemente en los cristales de la cúpula. La joven rubia entrevió una silueta en lo alto, y su corazón se agitó; pero desapareció enseguida, y no volvió a verla.

No hubo nada llamativo en el parador, ni durante el largo baño que la muchacha rubia se tomó para quitarse el polvo del camino. Mientras comía observaba, como solía hacer, a las gentes que cruzaban la calle. Puede que otro no se hubiese fijado, pero ella, que era observadora y llegaba a rápidas conclusiones, cayó enseguida en la cuenta de que tan solo veía mujeres. No había hombres, y de hecho tampoco ancianas. Todas estaban entre la quincena y los cuarenta y pocos años. Pensó que los hombres tal vez faenaran en sus barcos, o recogiesen la cosecha, o viajaran vendiendo sus productos. La vida en las aldeas resultaba en ocasiones bastante peculiar.

A la tarde decidió no perder más tiempo y emprender la tarea que la había traído aquí. Fue al mercado y allí preguntó a una pelirroja que vendía zanahorias y alcachofas.

– Quisiera ir al faro –dijo, aunque la gran torre blanca era visible desde cualquier parte de la aldea. Y por un momento la pelirroja abandonó su habitual languidez, común por lo visto a todas las habitantes, y la miró con un destello de curiosidad. Pero pasó pronto, y una expresión de ligera tristeza volvió a aparecer en su rostro.

– El faro está donde siempre. Todas nos guiamos por él, de día y de noche. Se ve desde las colinas, incluso a mucha distancia, y aunque uno llegue hasta más allá del río puede seguir usándolo como referencia.

– ¿Puedo…? – empezó a decir, y quería preguntar si le iba a ser posible entrar o alguien le impediría el paso. O tal vez quería saber si el habitante del faro le prestaría alguna atención o ya habría encontrado a alguien a quien atender. Por primera vez se sintió insegura.

– El faro está donde siempre. Y siempre está abierto –dijo la tendera. Y por un segundo miró a lo alto del faro y la joven rubia vio en sus ojos un gesto de infinita tristeza y cansancio que podría haber pasado desapercibido para otra persona. Luego apareció una ligera sonrisa y la tendera siguió a lo suyo.

Por segunda vez la joven rubia fue al faro. Se plantó ante la puerta y, aunque pensó que la ocasión requería algo más solemne, se limitó a tironear la cadenita que hacía sonar una campanilla. Casi en el acto oyó pasos en el interior y la puerta se abrió.

En el umbral apareció un hombre. Tal vez decir “un joven” fuese hacerle un favor, y llamarlo “señor” resultase exagerado; era una de esas personas de edad difícil de precisar. La joven rubia se prendó inmediatamente de sus ojos, pequeños y penetrantes, claros a la luz de la tarde. Podría decirse que el resto de él no era tan memorable, y lo cierto es que a la joven rubia no le interesaba demasiado ese aspecto. Lo que había oído sobre él convertía esas cuestiones en muy secundarias. El hombre le dedicó una breve sonrisa.

– Me llamo Antoine, porque mis padres eran franceses –dijo él-. Estaba haciendo café. Me gusta tu vestido –añadió, como si eso lo explicase todo.

Entró en el faro sin cerrar la puerta y la chica rubia le siguió, y así fue su primer encuentro.

Ella le explicó. Él escuchó. Había venido desde muy lejos para encontrarse con él. Sí, había oído hablar de él. No, no todo eran cosas buenas. Se decía que Antoine vivía solo en el faro desde siempre, que su espíritu estaba enfermo y sufría cada día, que esperaba a una mujer que lo liberara. Esa era, en pocas palabras, la historia que se oía, pero mil lenguas la habían adornado con infinitos detalles y asombrosas anécdotas. La joven rubia quería conocerlo, ayudarlo, cuidar de él. Aún sin conocerlo, ya sentía un amor maternal por él, como tantas mujeres sienten esa inexplicable necesidad de dedicar sus atenciones a un hombre. Antoine, siempre educado, oyó todo aquello como si fuese una vieja historia contada en un libro que se relee. Al final hizo una única pregunta:

– ¿Estás segura de que quieres hacer esto? Si te equivocas, no puedo ayudarte.

La joven rubia, sintiendo que se le abría un universo entero de posibilidades, dijo inmediatamente que sí. Se quedaría con él y lo salvaría, aunque no sabía muy bien de qué debía salvarlo.

– Te quedarás en la habitación de las escaleras –dijo Antoine levantándose. Miró por una ventana y dijo, como de pasada: – Muchas lo intentaron antes que tú.

Pasó el tiempo. La joven rubia conoció, efectivamente, a Antoine. Era un hombre que fascinaba y agotaba a partes iguales. Había una especie de aura de abatimiento a su alrededor, igual que en todo el pueblo se respiraba un aire de desgana o miseria. Podía reírse, comía y bebía y nadaba en el mar como cualquiera; tenía todas las cualidades que son propias de una persona, pero había algo que parecía faltarle. Había momentos en los que miraba a algún punto infinitamente lejano y perdía la consciencia de aquello que le rodeaba durante algunos segundos, como si pensase en algo tan intenso que le impedía mantener la atención en nada más. Después se volvía con una breve sonrisa y seguía con lo que estaba haciendo. Había una única cosa sin la que parecía no poder pasar, y era leer. Tal vez porque, cuando leía, era imposible saber si sus ojos seguían el texto o estaban fijos más allá de este, en un mundo que sólo él podía ver.

La joven rubia vivió un torrente de emociones a lo largo de las semanas. De la euforia de los primeros días pasó rápidamente a la impaciencia, y luego empezó a enfadarse frecuentemente con el farero. Desde su habitación en medio de las escaleras, veía todo el espectro de estados de ánimo de Antoine, y todos le llegaron a resultar extrañamente deprimentes. Pronto se encontró vagando por las pocas callejuelas de la aldea, rodeada de mujeres que se cruzaban con ella como espectros. Nunca vio ningún hombre, y comenzaba a dudar de que hubiese alguno aparte de su compañero.

Una noche ambos estaban sentados. Únicamente sentados, sin moverse o hablar, como si tratasen de que el mundo siguiera girando si fijarse en ellos. Sobre sus cabezas, el faro lanzaba su haz de luz hacia la oscuridad. Ella habló.

– Ojalá pudiera saber qué te pasó. Por qué eres así, porque pasas horas sin hablar, quién te hizo ser una especie de fantasma. No puedo comprenderlo.

– Tengo el corazón congelado –dijo él con calma. Ella casi se rió.

– Eso es imposible. Te morirías.

– Creí que moriría. Pero no morí –se levantó y, cogiendo la mano de ella, la colocó sobre su pecho. Los ojos de ella se abrieron desmesuradamente y se crisparon sus dedos, porque comprobó que el pecho del farero era en efecto frío, helado como una plancha de hierro dejada en el granero. Por un momento se espantó y quiso alejarse, pero él la retuvo con fuerza y continuó hablando-. Un médico llegó a verme una vez. Usó sus máquinas para conseguir un dibujo de mi corazón sobre una lámina negra. Podían verse las costillas y todos los huesos, incluso una que me rompí de pequeño. Y en el centro del pecho había una mancha blanca con pequeñas agujas que irradiaban en todas direcciones, como dedos diminutos que trataban de agarrarme. Era hielo. Mi corazón es de hielo.

– Pero ¿cómo…? –acertó a decir ella, soltándole al fin.

– Ocurrió a lo largo de mucho tiempo. No pasa de la noche a la mañana. Pero una vez que empieza, creo que nadie puede salvarte. No puedo sentir como sientes tú. El mundo me llega a través de una especie de cortina que lo atenúa todo: los sentimientos, los colores, el sabor de la comida. Vivo en un mundo hecho en tonos de gris. Sé que no puedes imaginar algo así, y es posible que quieras marcharte ahora mismo de aquí. Pero seguramente no lo harás.

Y, desde luego, la joven rubia no se fue. Fue tal la tristeza con la que el farero le explicó su situación que el interior de ella se conmovió, y decidió doblar sus intentos de acercarse a él, de hacerle sentir algo, de curar ese terrible corazón suyo envuelto en hielo.

Al otro día, la joven estaba en el mercado, ojerosa y cansada, cuando vio a una de las tenderas arroparse con su chaqueta, tapándose los pechos con un gesto que había visto ya cientos de veces. Un presentimiento la invadió como un relámpago. De un salto se acercó a la joven tendera y puso la mano sobre su pecho: estaba tan congelado como el del farero. La joven rubia se quedó mirando fijamente a la tendera, tratando de comprender; la otra, que se había sorprendido de su asalto, le devolvía una mirada cargada de piedad. Las demás mujeres que habían visto la escena miraban a la joven rubia con una mezcla de compasión y tristeza. Algunas se cubrieron su propio pecho en un gesto cargado de significado y una o dos miraron hacia el faro. La joven rubia volvió corriendo junto a Antoine y a bocajarro hizo la pregunta.

– ¿Por qué sólo hay mujeres? ¿Por qué todas tienen el corazón tan helado como tú? ¿Qué es lo que les has hecho?

El farero respondió tranquilamente, como si llevase tiempo esperando la pregunta.

– Son ellas mismas las que se lo han hecho. Cuando yo llegué a este faro, no había ninguna aldea a su alrededor, y mi corazón ya era como es ahora. Al poco llegó la primera mujer. Buscaba lo mismo que tú, lo mismo que buscaron todas las demás. No sé por qué sabían mi historia; es algo que siempre me he preguntado. Después de esa primera visitante llegaron otras. Levantaron casas, trajeron ganado, pescaban, comerciaban. Con los años apareció la aldea que ves ahí abajo.

– Pero ¿por qué todas están desesperadas? No podían haber sido así antes de venir. Todas viven como fantasmas. ¿Qué les hiciste?

– Nada. Ellas quisieron calentar mi corazón. De ellas recibí más calor del que nadie recibió nunca. Pero en lugar de calentar mi corazón, fueron los suyos los que se congelaron. Unas tardaban muy poco; otras aguantaban mucho tiempo. Pero al final, todas se hundían en mi propio mundo, con hielo en sus pechos, y abandonaban el faro. Todas ellas siguen en la aldea.

La joven rubia no dijo nada. Quiso preguntar si le parecía justo que tantas mujeres sufriesen por la desgracia de él; si no se sentía mal por todo lo que le habían dado y todo lo que él les había arrebatado. Pero no preguntó. Fue en ese instante cuando comprendió claramente que ella también estaba destinada al fracaso, a convertirse en uno de esos fríos espectros femeninos que poblaban la aldea a los pies del faro. Tal vez podría haberse salvado si hubiera abandonado la aldea ese mismo día. Quizás, con el tiempo, hubiera olvidado y hubiera llevado la vida aventurera y feliz que siempre había soñado. Pero, por supuesto, se quedó atada al faro y a Antoine.

El tiempo pasó casi arrastrándose de estación en estación, como siempre ocurría en la aldea. La joven rubia siguió siendo rubia, pero cada vez era menos joven. Un día caminaba por la calle principal y encontró por primera vez un espejo, el único que había en la aldea. Se miró. Vio reflejada la misma mirada que había visto en todas las mujeres de la aldea desde aquella mañana lejana en que había llegado, y no sintió nada: ni pena, ni sorpresa, ni decepción. Se llevó la mano al pecho y notó algo frío y seco que parecía crecer en su interior. Comprendió que su corazón había comenzado, como tantos otros antes que el suyo, a helarse. Igual que el de Antoine, por motivos que jamás llegaría a saber, e igual que el de las demás mujeres, por Antoine.

Al final la joven rubia dejó al faro, derrotada por fin. Comprendió lo que era no saborear los alimentos y no disfrutar de los colores de un atardecer, comprobó lo que era no sentir por nada ni por nadie. Se instaló en la aldea y vivió como una más. Antoine la vio partir y no sintió nada excepto una sensación de repetición.

No sé si alguien logró calentar el corazón del farero lo suficiente como para permitirle ver los colores y sensaciones de la vida, pero mientras él vivió hubo mujeres que se acercaban al faro siguiendo los pasos de la joven rubia. Cuando finalmente la muerte venció a Antoine, las mujeres comenzaron a desperdigarse y el pueblo fue cayendo en el abandono y el olvido, reclamado de vuelta por la naturaleza. Por eso hoy en día ni yo, ni nadie, sabrá deciros dónde se encuentra la aldea junto al faro, donde todos los habitantes eran mujeres, y todas vivían con un corazón helado en su pecho.


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