El caso del matrimonio Hill y el origen de las abducciones extraterrestres


El señor J. regresaba a su casa tras haber terminado su ronda habitual de visitas comerciales. Mientras transitaba por una alejada carretera comarcal, se percató de que una extraña luz parecía moverse hacia él en el cielo. Minutos después, la luz se colocó sobre su coche y él sintió una extraña sensación letárgica, como de desgana. El incidente acabó ahí, pero siguió sintiéndose extraño tras el incidente y durante todo el regreso a su hogar. Lo primero que notó fue que habían pasado varias horas respecto a la hora a la que debería haber llegado a casa. Y no sería lo único extraño que le sucedería: a lo largo de las semanas y meses siguientes, el señor J. comenzó a recordar detalles de lo ocurrido aquella noche, hasta acabar recordando que fue raptado por humanoides con grandes ojos y cabezas y que había estado a bordo de su nave espacial. Las criaturas habían experimentado con él, le habían hecho preguntas incomprensibles sobre la Tierra y los humanos, y finalmente le habían dejado libre tras borrar los recuerdos de la terrible experiencia.

 

 

La historia anterior, completamente inventada, resume perfectamente una clásica abducción extraterreste. Hay cientos, miles de testimonios que siguen una pauta muy similar. Un típico testimonio de abducción incluye todos los elementos mencionado en esta pequeña historia: una zona solitaria o apartada en la que la persona se ve asaltada por sorpresa –aunque puede ocurrir en la propia casa-; los alienígenas, de forma humanoide, cabezones y con grandes ojos casi siempre; la nave espacial; los exámenes y preguntas; y el borrado final de memoria para que el sujeto no recuerde lo vivido. Es frecuente que durante la experiencia los extraterrestres ofrezcan algún tipo de información o revelación de tipo pseudocientífico, como la posición de alguna estrella o constelación, datos sobre lejanos planetas, el fin de la vida en la Tierra o los peligros de la energía nuclear, por decir algunos. A veces el testigo puede ver nuestro propio planeta desde las escotillas de la nave. Otro elemento muy típico es la sensación de “tiempo perdido”, que puede ir desde minutos a días, y durante el cual la persona habría estado en poder de los aliens o bajo su influencia. Hay más detalles opcionales: relojes que se paran, pesadillas recurrentes sobre lo ocurrido en la nave y, más recientemente, implantes sofisticados en alguna parte del cuerpo del abducido. Pero, ¿por qué casi todos los relatos sobre abducciones extraterrestres siguen un guión muy concreto? ¿Por qué los alienígenas son humanoides cabezones y no masas protoplásmicas fosforescentes o seres insectoides de dieciséis extremidades y cuatro metros de altura? ¿Por qué la inmensa mayoría de las abducciones han sido denunciadas después de una fecha muy concreta y no antes, igual que los avistamientos de OVNIS prácticamente no existían antes de que la aviación comercial y militar se extendiese por todo el mundo?

Indudablemente, hubo historias de abducciones y contactos con extraterrestres –o como los llamasen entonces- en épocas antiguas, del mismo modo que hubo quien afirmó haber visto ángeles en carromatos de fuego o haber copulado con el diablo. Sin embargo, el primer relato sobre extraterrestres de la era moderna que sigue punto por punto el mencionado guión data de 1961. Fue una pareja estadounidense la que sentó las bases de los miles de informes de contactos con alienígenas que aparecieron después. Un matrimonio de New Hampshire, Barney y Betty Hill, volvían en coche de un viaje a Canadá. La noche del 19 de septiembre cruzaban las White Mountains cuando a ella le pareció ver un objeto brillante en el cielo. Al principio les pareció una estrella, pero luego decidieron que la luz se movía y parecía seguirlos. Ambos sintieron miedo a ser atacados de alguna forma, por lo que abandonaron la carretera principal y siguieron por carreteras secundarias. La luz acabó perdiéndose de vista. Llegaron a casa dos horas y pico más tarde de lo previsto, aunque no repararon en ello hasta días después.

Aparentemente, eso fue todo. Un matrimonio que se asusta al ver algo en el cielo mientras viaja en mitad de la noche.

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Los Hill

Pero el suceso no se detuvo ahí, claro. Betty comenzó a tener sueños. En ellos, veía o recreaba lo que habían experimentado durante ese “tiempo perdido” de dos horas, que no había sido sino una abducción extraterrestre. En sus sueños Betty veía horribles humanoides con ojos almendrados, como de gato, que les habían capturado a ella y a su marido y les habían sometido a varios exámenes a bordo de su nave. Contó los sueños a su marido y se interesó vivamente por otros casos parecidos. Empezó a leer libros sobre OVNIS y extraterrestres. Cuanto más pensaba en el tema, más recordaba (o creía recordar) de lo sucedido aquella noche. Su marido Barney recordaba bastantes menos cosas, y con menos convicción. Pasaba el tiempo, y los Hill se iban metiendo más y más en los círculos ufológicos, acudiendo a charlas, encuentros y mesas redondas sobre el tema. Aquello se convirtió en el centro de la vida del matrimonio. Al año siguiente (primavera del 62) buscaron ayuda médica y Barney comenzó a acudir al psiquiatra debido a los problemas que le causaba el recuerdo de aquella noche. Y a primeros de 1964, casi tres años después de aquello, empezaron a hacer sesiones de hipnosis con un psiquiatra de Boston llamado Benjamin Simon.

A lo largos de múltiples sesiones de hipnosis –de enero a junio del 64-, ambos recordaron por separado los supuestos detalles de lo ocurrido aquella noche. Por supuesto, el que fuera juntos o por separado carecía de importancia: habían tenido tres años para compartir recuerdos, sueños, anécdotas y esperanzas. Lo raro sería que sus versiones no coincidiesen. Describieron cómo unos humanoides pequeños, grises y sin pelo les sometieron a pruebas médicas extravagantes a bordo de su nave. El “capitán” extraterrestre incluso les había facilitado información sobre el espacio, una especie de mapa estelar con las rutas de la nave marcadas. Betty decía recordar este mapa y dibujó, bajo hipnosis, un esquema con las posiciones de varias estrellas. El supuesto mapa estelar fue analizado millones de veces, incluso una astrónoma aficionada llamada Marjorie Fish calculó que podría pertenecer al sistema estelar doble de Zeta Retículi, pero no se sacó nada en claro. El mapa podría muy bien haber sido un conjunto aleatorio de puntitos y rayas.

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El supuesto “mapa estelar”

Después de acabar con las sesiones hipnóticas, los Hill llevaron una vida de lo más normal. Aunque seguían participando en eventos relacionados con la ufología, no hicieron ningún esfuerzo por divulgar su historia a las masas o por conseguir publicidad. Pero quiso el destino (o un reportero avispado llamado John H. Lutrell) que su historia apareciese en portada del Boston Traveler, con foto y todo, el 25 de octubre de 1965. Lutrell había conseguido grabaciones, testimonios y demás información sobre el caso, y pronto la historia se divulgó al mundo entero. En 1966 el escritor John G. Fuller, enamorado de temas como el espiritismo y los extraterrestres, publicó un libro llamado The Interrupted Journey. El libro fue un gran éxito editorial y extendió mundialmente lo que los Hill habían contado a lo largo de cuatro o cinco años. En 1975 se hizo una adaptación al cine de la historia, protagonizada por James Earl Jones y Estelle Parsons: The UFO Incident.

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Los Hill con el periódico que acabaría llevándolos a la fama
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Una escena de la película The UFO Incident

 

Barney Hill murió en 1969. Betty vivió hasta 2004 y se dedicó a la ufología durante el resto de su vida.

En fin. ¿Podemos decir que una pareja americana fue abducida por extraterrestres en el 61? Y, más ampliamente, ¿hay tantos y tantos miles de contactos y abducciones como parece deducirse de la cantidad de testimonios?

En 1992, David M. Jacobs y otros, afamados ufólogos todos ellos, hicieron una encuesta a nivel nacional a casi seis mil adultos norteamericanos. A continuación se reproducen las cinco preguntas de la encuesta, y el porcentaje de personas que respondieron “SI” a cada una:

 

Ha experimentado alguna vez…

1. Despertarse paralizados, con la sensación de que una persona o ser desconocido estaba también en la habitación (18%)

2. No recordar dónde ha estado durante un período de una hora o más, durante el cual estuvo aparentemente ausente (13%)

3. Notar que vuela por el aire sin saber por qué o cómo (10%)

4. Ver luces o bolas luminosas extrañas en una habitación sin saber qué las origina (8%)

5. Encontrar marcas o cicatrices en su cuerpo sin saber cómo o con qué se las ha hecho (8%).

La encuesta de Jacobs es un ejemplo perfecto de cómo hacer preguntas para obtener cierto tipo de respuestas. ¿Quién no ha encontrado alguna vez una herida o moratón sin saber el momento exacto en que se ha producido? ¿Quién puede recordar dónde ha estado o qué ha hecho durante todas las horas del día? Las preguntas son deliberadamente ambiguas, poco específicas. ¿A qué período de tiempo se refiere la encuesta; un día, una semana, alguna vez en toda la vida? ¿Se refieren a tener esas experiencias durante la vigilia? ¿O tal vez mientras se duerme? ¿O mientras se está despertando o quedando uno dormido? Sabemos que son frecuentes las alucinaciones al quedarse dormido (hipnagógicas, como la sensación de caerse aunque sabemos que estamos acostados o reflejo de sobresalto) o al despertarse (hipnopómpicas). Son muy frecuentes los casos de parálisis del sueño, una incapacidad temporal para mover nuestro cuerpo pero conservando más o menos la conciencia. La parálisis del sueño está perfectamente explicada, no tiene nada de misterioso y se cree que hasta dos terceras partes de los humanos las experimentamos al menos una vez en la vida. A veces esta parálisis (que dura dos o tres minutos) va acompañada de sensaciones extrañas que la persona no sabe o no puede explicar, y puede resultar bastante inquietante a pesar de ser totalmente normal. Lo más grave de la encuesta de Jacobs y compañía es que concluyeron que la gente que decía que sí a cuatro o cinco de las preguntas había sido abducida. No había una pregunta que dijese “¿ha sido usted abducido?”, sino que daban por sentado que, si alguien había experimentado varias de esas sensaciones, era un abducido. Resultaron serlo el 2% de los que se sometieron a la encuesta. En aquel año EE.UU. tenía unos 250 millones de habitantes, lo cual significa que cinco millones de estadounidenses habrían sido abducidos por alienígenas. Con 5.200 millones de habitantes en el mundo en 1992, habría 104 millones de abducidos a nivel mundial. ¿Qué pasa? ¿Es posible semejante disparate? Tal cantidad de abducidos en un periodo de, digamos, 20 años, representan casi 600 secuestros por hora en alguna parte del planeta. ¿Cuántas naves harían falta para conseguir esa proeza?

Pero dejemos aparte las imposibilidades estadísticas. Centrémonos en el aspecto social del asunto. Antes de la historia de los Hill, los encuentros con alienígenas eran mucho más lights. Había gente que afirmaba ver OVNIS; había incluso quien decía hablar o contactar con sus tripulantes. Pero no existía el concepto de “abducción”. Fue a partir de los 60 cuando empieza a hablarse de los “Grises”, pequeños hombrecillos de ese color. El propio concepto de platillo volante, sin ir más lejos, empezó a tomar forma en las historietas y cómics pulp de principios del siglo XX –Buck Rogers, Flash Gordon-, y de dichos cómics puede sacarse la idea general de “rapto alienígena” con casi todos sus ingredientes. Y comenzó a hablarse de “platillos” únicamente después del muy publicitado avistamiento de Kenneth Arnold a bordo de su avioneta en 1947. Arnold dijo que las naves que vio se movían “como platillos o discos rebotando sobre la superficie del agua”, pero los reporteros acabaron diciendo que los objetos “tenían forma de disco”. De haber usado Arnold otro ejemplo, hoy en día podríamos estar hablando de teteras o tostadoras volantes. El incidente aparentemente insignificante de Arnold despertó el interés de las masas y, por tanto, desencadenó las primeras oleadas de avistamientos.

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Los avistamientos de OVNIS, como las cazas de brujas o la licantropía, se amoldan a las ideologías de la era en que se producen. Los elementos involucrados en una abducción son siempre sospechosamente parecidos a la tecnología de la época. ¿Por qué los testigos describen los experimentos a los que son sometidos por los aliens –que, supuestamente, son avanzadísimos- como muy similares a las intervenciones que han podido haber visto en televisión o en fotos? ¿Por qué una nave capaz de llegar hasta la Tierra desde quién sabe dónde tiene un instrumental muy parecido al que podríamos encontrar en nuestro ambulatorio? Desde los años 40 a 1978, año en que se estrenó la película que contaba el caso de los Hill, se habían declarado cincuenta abducciones. Todas eran posteriores al incidente de los Hill. Pero entre 1978 y 1980 hubo cien supuestas abducciones. De pronto había 30 veces más abducciones en EE.UU.

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Un exámen médico extraterrestre en alguna vieja publicación pulp

Entonces, ¿mienten todos los que dicen que ven alienígenas o que han sido abducidos? Es tentador decir que sí, pero sería simplificar mucho. Muchos supuestos abducidos mienten a sabiendas, creando vistosos engaños por la fama o el dinero (o simplemente por diversión; véase el caso de los círculos en las cosechas). Pero creo firmemente que la mayor parte de los testigos creen estar diciendo la verdad. Han visto algo, sienten cosas, puede que oigan voces o reciban mensajes. ¿Significa esto que los extraterrestres están aquí? Rotundamente, no.

Yo diría que las causas que conducen a alguien a decir que ha sido abducido –y mantener la ilusión- pueden dividirse en dos grupos amplios y heterogéneos: individuales, las que afectan únicamente a una persona, y sociales o colectivas.

Por qué una persona cree en OVNIS

Puede haber millones de causas para decir que se ha sido abducido. Podemos considerar la enfermedad mental, desde luego. Si alguien afirma que ha sido llevado a Plutón por los Hongos de Yuggoth y que allí ha visto los cerebros envasados al vacío de Buster Keaton y B.B. King, seguramente nuestro primer impulso sea catalogarlo como un lunático declarado. Y probablemente estemos en lo cierto. Pero ahora mismo no me interesa la excepción llamativa, el lunático vistoso, sino los miles y miles de testimonios que a lo largo de las décadas ha habido sobre platillos volantes, humanoides y secuestros. Casi todos ellos provenían de gente como vosotros o yo, gente no más anormal que la mayoría, que tenía seguramente una familia y un trabajo. Los Hill eran una pareja felizmente casada, que se sepa. Ella era trabajadora social y él empleado de Correos. Y pusieron en marcha la mayor oleada de contactos de la historia.

Una de las primeros factores a considerar es la enorme, casi increíble, falibilidad de la mente humana. Nuestro cerebro es un arma poderosa, pero puede ser engañado con facilidad. Se han hecho experimentos y pruebas que dejan al ser humano a un nivel bastamte vergonzoso. Pensamos que nuestra percepción, memoria y juicio son fiables, pero una y otra vez se demuestra que no es así. “¡Lo vi con mis propios ojos!”, dice quien pretende convencernos a nosotros de lo que ha presenciado; si supiera lo poco fiable que es un humano a la hora de dar testimonio de cosas pasadas…

El proceso de recordar se describe muchas veces como “hacer presente lo que pertenece al pasado”, lo cual es bastante falso. Nuestra memoria es más bien un proceso de reinterpretación de lo pasado. Los recuerdos no son hechos fijos cristalizados en nuestra memoria, sino contenidos sometidos a una revisión constante. Todos nosotros tenemos falsos recuerdos, cosas que recordamos como reales pero que, bien no ocurrieron como los recordamos, o bien no sucedieron en absoluto. La psicóloga estadounidense Elizabeth Loftus está especializada en la memoria, y ha dedicado muchos años a estudiar estos falsos recuerdos. Descubrió que era muy fácil implantar recuerdos falsos a sujetos de prueba, simplemente mediante sugerencias verbales, es decir: diciéndole a la persona lo que debería recordar. Un ejemplo de cómo se “crea” un falso recuerdo es el siguiente: se coge a un grupo de personas y se les explica que los bebés que en sus primeros días de vida interactuaron con juguetes, sonajeros o móviles de colores tienen una mejor capacidad de [insertar lo que sea]. Se les explica que han sido seleccionados porque, en la época en que ellos nacieron, su hospital tenía ese tipo de juguetes para los recién nacidos y quieren estudiar sus recuerdos. Todo esto es inventado, por supuesto: pero cuando se les pregunta a los sujetos, con la ayuda de hipnosis, por sus recuerdos del hospital, casi todos recordaban obedientemente los móviles de colores. Y eso que es altamente improbable que nadie recuerde nada de su primer año de vida, ya que el hipocampo y otras áreas de la memoria aún no están lo bastante desarrolladas como para permitirnos guardar nuestras vivencias.

La importancia de los falsos recuerdos se torna capital cuando nos introducimos en el mundo legal. Imaginemos un sujeto que declara en un juicio algo que vio. ¿Es fiable ese testimonio? Sorprendentemente, no más que cualquier otro. Los fallos, olvidos y falsos recuerdos que se dan en otros contextos pueden producirse igualmente en la sala de justicia. No se sabe cuántos inocentes han sido condenados por testimonios basados en falsos recuerdos, tal vez porque no interesa que se sepa cuán frágil es uno de los pilares del sistema judicial –los testigos-. En los años 80 hubo en EE.UU. una auténtica epidemia de acusaciones de abusos sexuales y abusos satánicos (y, a veces, ambos). Niños y jóvenes empezaban a acusar a sus padres, a sus familias, a desconocidos… El terrible caso de Paul Ingram fue un ejemplo algo posterior del fenómeno. Muchas personas, aparentemente normales e inocentes, acabaron en la cárcel. Durante los años 90 algunos de los casos fueron revisados, y descubrieron que un porcentaje muy alto se basaban en memorias falsas. Y lo que era más grave, muchos de los falsos recuerdos surgieron en consultas o fueron cultivados por terapeutas irresponsables o poco cualificados; psicólogos y psiquiatras que, con sus técnicas de recuperación de recuerdos y de hipnosis, fomentaron o directamente crearon delirios, fantasías y recuerdos falsos en las supuestas “víctimas”. Fue la prueba definitiva de que los testigos no son absolutamente fiables. Alguien podía, realmente, ser acusado y acabar en prisión por culpa de un falso recuerdo. Se acuñó el término “síndrome de la falsa memoria” para referirse a los casos en los que las creencias o la vida normal de una persona están afectadas por un evento ficticio pero que ella recuerda como real. Elizabeth Loftus fue precisamente una de las personas que más extensivamente estudió el tema y contribuyó a aclarar varias condenas judiciales basadas en recuerdos falsos. Existe una Fundación del Síndrome de la Memoria Falsa, una organización fundada por Pamela y Peter Freyd en 1992. Pamela y Peter fueron acusados por su propia hija de haber abusado de ella de niña, acusación aparentemente originada en unas sesiones psicológicas que pretendían indagar en recuerdos “ocultos”.

Pero volvamos al caso de los Hill. Recordemos que, en un principio, el testimonio de ambos fue sumamente escueto. Vieron una luz que parecía moverse hacia ellos en el cielo nocturno, y nada más. Viendo el caso desde la distancia que suponen los años transcurridos, es fácil olvidarse de que todos los demás detalles fueron surgiendo a lo largo de meses, de años incluso, y casi todos aparecieron bajo unas sesiones de hipnosis iniciadas casi tres años después de la noche en cuestión.

El doctor Benjamin Simon se había especializado en el uso de la hipnosis en casos de estrés postraumático tras la 2ª Guerra Mundial. Puede decirse que su tratamiento del malestar de los Hill fue un éxito. Él era un profesional de la salud mental y el matrimonio acudió a él debido a la angustia, dolor, etc., que les provocaba el recuerdo de su presunta abducción; gracias a la terapia con Simon, ambos superaron su ansiedad y consiguieron reanudar una vida normal y feliz. En este sentido, el tratamiento fue un éxito y Simon un buen profesional que se inhibió bastante de alentar las fantasías de ambos. Precisamente fue él quien les trató debido a su escepticismo en temas relacionados con la ufología.

Las conclusiones de Simon fueron, básicamente, que la experiencia de la abducción era una fantasía inspirada por los sueños que tenía Betty. Barney Hill dijo que sus recuerdos no podían ser una fantasía; y, sin embargo, el propio Barney dijo al principio de la terapia al doctor Simon, sobre los sueños de Betty:

“Le dije que era únicamente un sueño y nada de lo que preocuparse… no puedo creerme esos sueños que ella está teniendo… yo nunca creí sus sueños” (21 de marzo del 64)

Parece que durante la terapia Barney no solo no se convenció de que su experiencia era una fantasía, sino que acabó creyendo más firmemente que la abducción había sido real. Pasó de no creer en los sueños de Betty a defender que todo había ocurrido realmente.

Los recuerdos obtenidos mediante hipnosis son un arma peligrosa. En primer lugar, debemos olvidarnos de la imagen de la hipnosis como algo misterioso o sobrenatural. El estado hipnótico es, simplemente, un estado de atención y relajación ligeramente alterado. No hay nada paranormal en la hipnosis, ni el hipnotizador tiene poderes fuera de lo común, no puede hipnotizarse a quien no lo desea, no puede quedarse uno hipnotizado para siempre si no lo “despiertan”, no puede obligarse al hipnotizado a hacer cosas que normalmente no haría… Hay personas más hipnotizables que otras, debido a su sugestionabilidad, su obediencia a la autoridad, etc. La hipnosis se usa actualmente en un pequeño número de terapias en las que puede ser útil como complemento a la terapia principal, aunque sus efectos desaparecen pronto si se dejan las sesiones y su efectividad, en muchos casos, parece basarse en el efecto placebo. Hoy en día, una inmensa mayoría de los usos que se le dan a la hipnosis pretender ser parapsicológicos o sobrenaturales, y son falsos.

Existen terapias que pretenden recuperar recuerdos “enterrados” en nuestro subconsciente a través de la hipnosis. Como hemos dicho, si bien la hipnosis puede servir de apoyo a algunas terapias, no puede sustituirlas y hay muchísimas cosas que la hipnosis no puede hacer. Los recuerdos no son, repito, imágenes grabadas en la roca de nuestro subconsciente a los que accedemos al recordar: son mutables y cambiantes. La hipnosis no puede perforar la coraza de nuestra mente consciente y llegar a recuerdos inaccesibles. Por mucho que les pese a los defensores del psicoanálisis tradicional, no hay barreras infranqueables delimitando los distintos sectores de nuestra mente. ¿Se pueden recuperar recuerdos hipnotizando al sujeto? Se pueden obtener recuerdos, pero no se puede estar seguro de su veracidad. Ocurre algo parecido con los llamados “sueros de la verdad”: el amital sódico, por ejemplo, puede facilitar que una persona revele secretos que habitualmente no divulgaría. El problema es que muchos de esos secretos son meras fantasías. Nunca ocurrieron.

Lo mismo puede ocurrir –y ocurre- con los recuerdos facilitados por hipnosis. Sabemos que las personas más sugestionables son más fáciles de hipnotizar. Pero también es más fácil que reciban las “sugerencias” del hipnotizador, sean estas conscientes o no, y las incorporen a sus propios recuerdos, reales o falsos. El único peligro que puede tener la hipnosis es la mala práctica del propio hipnotizador y las falsas expectativas del hipnotizado respecto a lo que puede y no puede hacer la hipnosis. El sujeto influenciable, fácil de sugestionar, que cree que la hipnosis es una técnica milagrosa para recuperar recuerdos ocultos, es la víctima ideal de los malos hipnotistas; estos, con sus insinuaciones, consejos y preguntas mal formuladas, alientan la creación y consolidación de recuerdos falsos. Durante la histeria satanista de los 80, antes mencionada, muchas acusaciones falsas de abusos sexuales o satánicos se gestaron en consultas de psicología. Algunos profesionales de la hipnosis llegaron a ser demandados y enjuiciados por su responsabilidad en casos de condenas a inocentes. Se ha demostrado en repetidas ocasiones que con las debidas instrucciones o sugerencias puede “fabricarse” un recuerdo falso muy fácilmente.

Un ejemplo de los falsos recuerdos fabricados bajo hipnosis es el testimonio de vidas pasadas. Algunas personas, hipnotizadas, acceden a recuerdos de reencarnaciones anteriores o vidas pasadas. ¿Es esto posible? Desde luego que no. La persona se apoya en sus propias fantasías y conocimientos, tal vez en un sueño que tuvo o en lo que sabe de historia antigua para construir la idea de que ha vivido en el Egipto faraónico; luego, con ayuda de las sugerencias del hipnotizador y de su propia inventiva, añade más detalles a esa existencia imaginaria, creyendo en todo momento que está “extrayendo” recuerdos desde lo más profundo de su cerebro.

Centrémonos de nuevo en los Hill. Hay un dato de una de las sesiones de hipnosis muy revelador, que fue apuntado por Martin Kottmeyer en los 90. El 22 de febrero de 1964, Barney describió bajo hipnosis el aspecto de los alienígenas que supuestamente les secuestraron, e incluso llegó a hacer un dibujo. Puso mucho énfasis en los ojos de las criaturas, diciendo que eran almendrados, oblicuos y alargados. Esto era extraño, pues casi no había precedentes de extraterrestres con ese tipo de ojos ni en televisión, ni en cine, ni en testimonios de contactos alienígenas…aunque tampoco había informes de abducciones como la de los Hill antes de la de los Hill. Solo diez días antes, el 10 de febrero, habían puesto por la televisión un episodio de The Outer Limits (Rumbo a lo Desconocido) llamado The Bellero Shield en el que podía verse un alien sospechosamente parecido al descrito por Barney: gris, sin pelo ni nariz y con ojos negros almendrados. Compárense ambas imágenes:

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Arriba, el dibujo de Barney; abajo, una recreación que un artista hizo años después

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Este era el alienígena que aparecía en The Bellero Shield, y que Barney pudo ver en la televisión


 

 

¿Coincidencia? ¿O más bien un caso arquetípico de falso recuerdo basado en una imagen vista en televisión? El cine y la televisión mostraron extraterrestres grises basados en el aspecto descrito por los Hill durante décadas; el aspecto de los extraterrestres de los Hill se basaba en un programa de televisión. Y, ya que hablamos de medios de comunicación, creo que es hora de tratar los factores culturales o sociales que hay tras los testimonios de abducidos.

Por qué una sociedad cree en las abducciones

El guión básico de una abducción extraterrestre ya puede encontrarse en el cine y los tebeos de los años 30, 40 y 50. En la película Invaders From Mars (1953), los humanos son llevados a la fuerza al interior de una nave –aunque a través de túneles subterráneos-, donde una especie de supervisor alien, verde y de gran cabeza, les implanta un mecanismo de control en la cabeza. Compárese con las historias de implantes alienígenas supuestamente encontrado en humanos [Los informes de “implantes alienígenas” empezaron a aparecer, como era de esperar, cuando la tecnología humana empezó a hacer posible la miniaturización de circuitos y transistores. Si fueran reales, seguramente bastaría uno solo de ellos para revolucionar la práctica totalidad de nuestros conocimientos técnicos. Pero, como también era de esperar, jamás se ha presentado una prueba sólida de uno de esos implantes extraterrestres].

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Consultemos la definición de “moda” que nos da la Real Academia Española:

moda. (Del fr. mode). 1. f. Uso, modo o costumbre que está en boga durante algún tiempo, o en determinado país, con especialidad en los trajes, telas y adornos, principalmente los recién introducidos.

¿Siguen modas los fenómenos psicológicos? ¿Se originan las visiones, alucinaciones y supersticiones en nuestra mente o más bien las construimos tomando como base lo que vemos a nuestro alrededor? La respuesta es, efectivamente, que cada tipo de sociedad y cada época “crea” un determinado tipo de enfermedad o, al menos, de síntomas. Existen ejemplos abundantes de esta influencia de la sociedad sobre el individuo. Dos de los más claros son las leyendas urbanas y los síndromes psicológicos culturales.

No es necesario explicar lo que es una leyenda urbana. Las llamamos “urbanas” porque somos una raza que, desde hace unos siglos, tiende a agruparse en ciudades; antaño, probablemente las llamaríamos mitos, cuentos o cantares. Las leyendas urbanas suelen tener una moraleja, y algunas de ellas, que llevan décadas o incluso siglos circulando, van cambiando para amoldarse a los tiempos. La joven que viajaba sola por el bosque tenebroso se convierte en una chica que conduce por una autopista solitaria; las historias sobre caballeros que parten a la guerra son sustituidas por las desventuras de un individuo en un centro comercial. Así, aunque la historia de fondo sea la misma, el avance de la sociedad, los tiempos, la tecnología… va modificando la forma en que la leyenda se presenta en cada época. Las leyendas urbanas se incorporan a la tradición oral, se expanden en internet y en medios de comunicación y pasan así a convertirse en medias verdades que tardan mucho en desaparecer a pesar de su falsedad.

Por otra parte están los síndromes culturales. Un síndrome cultural es un conjunto de síntomas psicológicos que afectan a una población concreta en una determinada zona del mundo, y no a otras. Las leyendas urbanas son meros cuentos, pero en el caso de estos síndromes la gente sufre realmente unos síntomas. Nada los distingue de otras enfermedades mentales como la esquizofrenia, salvo dos cosas: se dan en una cultura muy definida y desaparecerían si se eliminasen los factores que los originan. Un ejemplo es el amok del sudeste asiático. El amok es una especie de ataque de furia asesina que hacía presa en habitantes de Malasia y cercanías hasta hace unos ciento cincuenta años. Se pensaba que el amok se producía cuando el individuo había sufrido un deshonor o afrenta, o se veía en una situación vergonzante de la que no veía salida. Después de un periodo de rumiación, la víctima atacaba violentamente a todo aquél que se cruzara en su camino, y la propia sociedad malaya tenía preparada una salida: lo mataban. De esta forma, el individuo deshonrado demostraba su fuerza y fiereza, y era liberado de su situación desdichada por sus compatriotas –algo similar tiene lugar hoy día con el llamado suicide-by-cop-. Hoy en día el amok no existe. ¿Qué ocurrió? ¿Acaso el virus que lo causaba se ha extinguido? Nada de eso. Cuando los europeos impusieron sus costumbres y sus leyes en la región, las víctimas que habían asesinado a gente bajo la influencia del amok eran detenidas, juzgadas y encarceladas. Ya no se les mataba. Dejaba así de tener sentido la enfermedad, puesto que ahora la víctima ya no era “liberada” de su desgracia con la muerte en el acto, sino que se añadía a su desdicha una pena de cárcel, latigazos, etc. El amok desapareció; los factores culturales que habían originado estos síntomas peculiares ya no existían, habían cambiado.

Existen más síndromes culturales como el wendigo entre los indios norteamericanos y canadienses, el latah indonesio, el koro o “pene menguante”, el susto sudamericano…

Basten estos dos ejemplos (leyendas urbanas y síndromes dependientes de la cultura) para hacerse una idea de la influencia que la sociedad que nos rodea puede tener en nosotros. No quiero decir que la sociedad determine lo que una persona siente o piensa. Pero el contexto social, la información que nos rodea, las noticias, la propia tecnología del momento sí pueden empujar a los individuos a interpretar de una determinada forma una situación confusa. En la edad media, ciertas experiencias nocturnas desagradables, aterradoras o inexplicables eran atribuidas a demonios, súcubos o pesadiellos, mientras que hoy en día, los ufólogos han inventado un nuevo nombre para esa misma experiencia: visitantes de dormitorio. Del mismo modo, hoy existen nuevos términos para denominar síndromes o vivencias que seguramente han existido siempre. Hace 400 años, una mujer estaría poseída; hoy, sufre síndrome de hipersensibilidad electromagnética (un excelente ejemplo de cómo la tecnología se incorpora en el imaginario popular, creando una supuesta enfermedad tan real desde el punto de vista médico como la licantropía).

Centrémonos de nuevo en el caso de los Hill y la explosión de avistamientos y abducciones posterior a su caso. Un hecho bastante revelador es que la enorme oleada de testimonios no comenzó justo después de que los Hill tuviesen su experiencia, sino años más tarde, cuando el caso llegó al gran público. Si alguna raza extraterrestre hubiera elegido esa fecha para comenzar un programa de estudio con humanos, o algo por el estilo, ¿no hubiera empezado todo justo después de la supuesta abducción de los Hill y no cuando todo el mundo conoció su historia? ¿Por qué empezó a haber casos cuando Fuller publicó su éxito The Interrupted Journey sobre los Hill?

Los avistamientos OVNIS comenzaron en un contexto social y político muy concreto: después de la Segunda Guerra Mundial, con la aviación civil y comercial en pleno auge y, sobre todo, en una época dominada por el terror a que los rusos construyesen y utilizasen la bomba atómica. El ejército de EEUU –y seguramente también el ruso- dedicaba una atención desmedida a cualquier evento que tuviese que ver con artefactos voladores. Puesto que todo podía ser una sonda espía, un artefacto hostil o algún tipo de invento comunista, se investigaba con afán y secretismo cualquier evento que, de otro modo, hubiera quedado en mera anécdota y olvidado. Los propios militares americanos, por su parte, diseñaban y probaban docenas de ingenios espía, detectores de misiles y de explosiones nucleares, globos sonda… En fin: cosas que fácilmente podían confundir a la población. Libros enteros podrían escribirse sobre cómo este contexto favoreció, o más bien creó, el moderno culto a los OVNIS. El ya mítico engaño de Roswell se originó por un globo sonda americano hecho con plástico, cinta aislante, papel de aluminio y palitos de madera de balsa.

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Dos aliens arquetípicos sacados del mundo televisivo

Resumiendo…

He intentado desarrollar cómo ha podido formarse un elemento muy emblemático de la mitología del siglo XX como es el de las abducciones extraterrestres. Habiendo miles de libros, documentales, sitios web y otros estudios sobre el tema, infinitamente más completos y extensos, es difícil aportar algo nuevo. Tampoco creo que uno solo de los elementos que menciono pueda explicar por sí solo algo tan complejo como el fenómeno social que suponen los OVNIS y los que en ellos creen. Yo he acudido a explicaciones de tipo social, psicológico y mental. Como criaturas complejas que somos, tenemos procesos mentales complejos. Si bien esta complejidad puede poner a nuestro alcance logros colosales, también puede llevarnos a cometer errores profundos. No hay una explicación sencilla para determinados procesos mentales.

Cada época, en fin, tiene su locura. De las cruzadas medievales a la caza de brujas, del espiritismo a los OVNIS, la ideología predominante en cada época se traduce a veces en comportamientos extravagantes compartidos por muchísimos individuos. Los Hill no fueron abducidos por seres extraterrestres. Ni ellos ni ninguno de los miles de testigos que afirman lo contrario. Que tanto los Hill como muchísimos de los testigos posteriores sufrieron algún tipo de experiencia es innegable. Los que sufren hipersensibilidad electromagnética, o una posesión demoníaca, o una revelación de la Virgen, indudablemente están sintiendo algo –a no ser que sean unos embusteros oportunistas-; pero no lo que dicen sentir, o más bien no por los motivos que ellos afirman. Apliquemos el principio de la navaja de Ockham y aceptemos la explicación más prosaica, la más mundana. Podemos explicar lo que los Hill vivieron aquella noche del 61 –una luz que se movía en el cielo nocturno- acudiendo a naves extraterrestres y encubrimientos del gobierno, sí. Pero las implicaciones que esto tendría son tan enormes, tan increíbles y, sobre todo, tan indefendibles e imposibles, que más vale pensar que todo es consecuencia de las limitaciones de la mente humana. La ya mítica serie Expediente X –donde, por cierto, las abducciones tienen un papel muy relevante- nos muestra una gran verdad camuflada en algo tan sencillo como un poster. El agente Mulder tiene en su desorganizado despacho un gran cartel donde puede verse un OVNI junto a la frase YO QUIERO CREER. Y es que, efectivamente, en muchas ocasiones lo único que se necesita para creer lo increíble es la voluntad para hacerlo.


6 responses to “El caso del matrimonio Hill y el origen de las abducciones extraterrestres

  • Anónimo

    Buen intento. No hay peor ciego que aquel que no quiere ver.

    • Fulanita

      comparto el comentario de Anonimo. Buen intento por parte del autor del articulo. Esta claro q se baso en su propia creencia de “no creer”. Le sugiero q investigue mas. El caso de los Hills no fue el primero. Es como decir q hoy en dia hay mas gays q antes. Por favor. Siempre han existido los casos de avistamientos y abducciones. Solo q ahora los avances tecnologicos y la globalizacion permiten que salgan a la luz publica mas rapido. Buen intento

  • Anónimo

    no existe ni un estudio, ni una estadística que verifique el supuesto de la “navaja de ockham”. Referirlo es sencillamente verificar que ni se sabe el origen de algo ni se quiere saber, tirar por el lado más sencillo es ignorar que eso casi nunca es así y por tanto se podría usar mejor para lo contrario, si no expón una estadística que verifique científica, rigurosa y rotundamente tan extrañamente socorrido principio.

    • Maxi

      El principio de la navaja no es una fórmula matemática que pueda ser resuelta o demostrada. Es una forma de pensar. Nunca será verificado.

  • Anónimo

    ¿Y si la mente humana es tan limitada como es que tu tienes las cosas tan claras y definitivamente claras, explicaciones tan firmes como si fueran las de verdad verdaderas?
    ¿No te planteas ni por un momento que puedes ser tú el limitado y prejuicioso?, ¿no crees en lo sano de dejar puertas a la duda?, en fin qué decir de quien da portazos a lo que no comprende ni quiere, como si lo único que hubiera que saber y razonar fuera lo poco que tú sabes y razonas.

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