El caso de Phineas Gage, el capataz descerebrado

El 13 de septiembre de 1848, un capataz de la construcción trabajaba en la construcción de una línea de ferrocarril en Vermont (Nueva Inglaterra). Durante la construcción había que dinamitar el duro suelo rocoso de Vermont, un trabajo peligroso que consistía en hacer agujeros en la piedra, colocar dinamita en su interior y esperar lo mejor cuando se encendía la mecha. El Señor Phineas Gage sufrió un terrible accidente mientras hacía este trabajo. Estaba metiendo dinamita en un agujero con una barrena o barra de metal, que al contacto con la roca debió de producir una chispa que a su vez hizo estallar el explosivo. La explosión lanzó a Gage volando por la obra. Sus compañeros comprobaron aterrados que la barrena, de 1 metro de largo y 6 kilos de peso, había atravesado por completo la cabeza de Gage. El capataz, increíblemente, seguía vivo y más o menos consciente, con una barra de hierro entrándole por debajo del pómulo izquierdo y saliendo por la parte superior de su cráneo.

Y así lo llevaron (en un carro de bueyes) a un hotel cercano, donde más tarde lo visitó el doctor John Harlow, quien describió así el encuentro:

“El cuadro que presentaba era poco habitual en la cirugía militar, auténticamente fabuloso”

Gage, una vez quitada la barra que le atravesaba la cabeza, tenía un agujero de 9 centímetros de ancho que le atravesaba de parte a parte. El doctor Harlow pudo meter su dedo índice entero en el cráneo del paciente desde ambos extremos de la herida. Curó y vendo al paciente como pudo. Gage sufrió una gran infección en las siguientes semanas, y nada hacía suponer que fuese a sobrevivir a su terrible lesión… pero sobrevivió. Después de un mes ya caminaba por su propio pie por la ciudad.

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Una moderna reconstrucción del estado de Gage

El doctor llevó un seguimiento del caso de Gage durante años, carteándose con sus familiares. Gage se recuperó con normalidad de su herida y pronto recuperó su salud. Pero, sorprendentemente, su personalidad había cambiado de forma increíble. Así describían a Gage antes de sufrir el accidente:

“Era el capataz más eficiente y capaz… Poseía una mente equilibrada y era apreciado por quienes le conocían como un hombre trabajador, puntual, sensato y sagaz, muy perseverante en la ejecución de todos sus proyectos”

Pero, tras su recuperación física, Harlow describe así al pobre Gage:

“Es impulsivo, irreverente y en ocasiones se permite las blasfemias más groseras (lo que antes no era habitual en él), manifestando muy poco respeto por sus compañeros; no tolera las restricciones o los consejos cuando están reñidos con sus deseos y, muchas veces, es obstinado de modo pertinaz, aunque caprichoso e indeciso. Concibe numerosos planes para el futuro que, tan pronto como son organizados, son abandonados a su vez por otros que le parecen más viables. Su forma de ser cambió radicalmente, por lo que decididamente sus amigos y conocidos decían que había dejado de ser Gage”

En resumidas cuentas, el capataz Gage se había convertido en una especie de niño malcriado, caprichoso e insoportable. ¿Por qué este cambio tan tremendo en la personalidad de Gage? ¿Acaso se debe a los efectos psicológicos del trauma que debió suponer su accidente? La explicación se debe, más bien, a la destrucción que la barrena causó en el cerebro de Gage, más específicamente en sus lóbulos frontales. Actualmente sabemos que la corteza de los lóbulos frontales (justo detrás de nuestra frente) es responsable de nuestra capacidad de expresar y modular nuestras emociones. En el caso de Gage, ambos lóbulos habían sufrido grandes daños debido al accidente y a la posterior infección de las heridas. Estas lesiones hicieron que Gage fuera incapaz de organizar y controlar la expresión de sus emociones o sentimientos. Sin el “freno” que suponen los lóbulos frontales, este hombre tendía a hacer y decir lo primero que se le ocurriese, sin prestar atención a las más elementales normas de educación… No podía evitar ser zafio y grosero, porque carecía de ese control de impulsos que los humanos tenemos tan desarrollado. Asimismo, Gage era incapaz de llevar a cabo planes a medio o largo plazo. La habilidad de elaborar, ejecutar y corregir planes se encuentra enraizada también en la zona frontal del cerebro, precisamente la que Gage tenía destruida. Vivió 12 años después de su accidente, pero nunca volvió a ser una persona adaptada. Jamás se recupero de ese cambio de personalidad y nunca más pudo conseguir un trabajo estable o sentar la cabeza. Durante el resto de su vida Gage fue, literalmente… un descerebrado.

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Gage sosteniendo la barra que le atravesó el cráneo

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La barrena y el cráneo se guardan en el museo de Harvard

El caso de Gage fue una de las primeras pruebas del importante papel que juega nuestro cerebro en la expresión y control de nuestras emociones y sentimientos.


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