Cosas que podemos encontrar orbitando la Tierra

Satélites fósiles. El Vanguard I, un satélite americano movido por energía solar, estuvo en servicio desde 1958 hasta 1964, cuando se perdió contacto con él. Hoy en día es el objeto hecho por el hombre que aún orbita la Tierra, después de más de doscientas mil órbitas. El Vanguard irá decayendo poco a poco hasta volver a caer a la Tierra, dentro de unos 200 años.

Desechos radioactivos. En los años 70 y 80 los soviéticos lanzaron varios satélites con motor nuclear para sus programas de vigilancia naval. Los satélites Kosmos necesitaban toda la energía que su reactor atómico pudiera proporcionarles para que sus señales de radar pudiesen alcanzar la Tierra. Cuando terminaban su vida útil, los reactores se separaban del Kosmos y eran impulsados a una órbita cementerio de mediana altitud, mientras el resto del satélite reentraba en la atmósfera y se destruía. Pero, al menos en dos casos (el 954 y el 1402), los reactores no se desprendieron y acabaron entrando en la atmósfera terrestre con su carga radioactiva. Incluso los reactores que llegaron con éxito a la órbita cementerio tienen problemas de contención, y se ha calculado que hay una buena probabilidad de que acaben perdiendo parte de su refrigerante y acaben esparciendo restos radioactivos por la órbita.

 

Cámaras de fotos. Michael Collins del Gémini 10 en 1966 y Sunita Williams durante una misión del Discovery en 2006 perdieron cada uno una cámara durante un paseo espacial.

 

Un guante que Ed White perdió en el primer paseo espacial americano, en 1966.

 

Viejos cohetes e impulsores. No solo las naves y satélites desactivados acaban convirtiéndose en basura orbital: también los cohetes que fueron usados para ponerlos en órbita. Hasta hace muy poco, esta era la principal fuente de basura espacial. Cuando se pone en órbita una nave o satélite, se usan habitualmente cohetes de varias etapas que se encienden por orden y se desenganchan una vez que agotan su combustible para ser sustituidas por la siguiente etapa. Las etapas o fases inferiores, las primeras en gastarse, se desacoplan y vuelven a caer de forma controlada a la Tierra. Pero las etapas finales agotan su combustible ya en órbita o muy cerca de ella, por lo que al desengancharse tienden a quedarse orbitando. Muchos de estos cohetes (que pueden ser enormes) tienen restos de combustible, refrigerante y otros líquidos, a veces a muy alta presión. Esto hace que sean frecuentes las explosiones y roturas, que producen aún más trozos de chatarra. A medida que pasa el tiempo y los viejos cohetes van fragmentándose, se vuelven más peligrosos: en lugar de un gran cuerpo a la deriva fácil de detectar y esquivar, se convierten en oleadas de pequeños trozos a velocidades supersónicas, imposibles de detectar pero muy peligrosos.

Como curiosidad, uno de los cohetes del Apolo 12 (1969) fue detectado por un astrónomo aficionado en 2002 dando vueltas a la Tierra. Al menos se supone que es uno de esos cohetes, ya que tan sólo se distingue un objeto alargado del tamaño de un autobús… Parece ser que se acerca y se aleja de nuestro planeta. En 2003 se separó de nosotros, y se calcula que volverá en 2032.

Bolsas de basura… con basura. Los astronautas rusos de la MIR no dudaron en arrojar al espacio los desperdicios que se generaron durante los 15 años de ocupación de la vetusta estación espacial.

 

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Desorden en el interior de la MIR

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La Estación Espacial Internacional

 

Un cepillo de dientes, que al parecer arrojaron los tripulantes de la MIR.

Varias herramientas, pinzas y llaves que unos cuantos astronautas han ido perdiendo en actividades extravehiculares.

Restos de batallas espaciales. Bueno, no exactamente “batallas”. El enorme afán humano por destruir cosas acabó llegando al espacio. Durante los 60 y 70, tanto EE.UU. como la Unión Soviética llevaron a cabo unas cuantas pruebas de armas anti-satélites y destruyeron varios. En julio de 1962, EE.UU. detonó una bomba atómica de 1,4 megatones a 400 km de altura sobre el Pacífico. La radiación resultante, atrapada por el campo magnético terrestre, creó un campo radioactivo artificial que afectó a casi un tercio de todos los satélites que había en órbita baja por aquel entonces. Siete de ellos quedaron inutilizados por completo. Ni siquiera se sabe si este cinturón de radiación, entre 100 y 1.000 veces superior a la radiación natural de fondo, se ha desvanecido por completo con los años o aún permanece al acecho… Ha habido otras veinte explosiones nucleares en el espacio, todas ellas por cortesía de la URSS y de EE.UU. También se han destruido satélites con métodos más “primitivos”. Los EE.UU. desarrollaron el programa ASAT (Anti-satellite weapons) en los 70 y 80, una forma brutal de inutilizar satélites a base de metralla. La última de estas pruebas la hicieron en 1985, cuando destruyeron un satélite de 1 tonelada a 525 km. de altura.

 

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Esto es una representación artística de lo que sería un arma rusa anti-satélites; el artefacto situado a la izquierda saturaría el espacio con metralla y perdigones, inutilizando al pobre satélite.

Más recientemente (2007), los chinos destruyeron un satélite meteorológico de 750 kg. lanzando contra él un misil a casi 30.000 kilómetros por hora. Eso sí, sin explosivos; no eran necesarios. Los restos de la colisión, que se encuentran en una de las órbitas más transitadas (850-880 km.) seguirán dando vueltas al planeta durante décadas.

Laboratorios y viviendas. Bueno, la Estación Espacial Internacional sirve para ambas cosas, ¿no?

Gente. Siempre hay algún Homo sapiens en la órbita terrestre. La EEI, y la MIR antes que ella, estaban habitadas los 365 días del año. Aunque las tripulaciones vayan cambiando, siembre tienen habitantes.

Varios miles de agujas de cobre. Creedme, tiene una explicación. A principios de los años 60, las comunicaciones internacionales de los EE.UU. se enviaban mediante cables submarinos o bien utilizando la ionosfera terrestre para “reflejar” las comunicaciones inalámbricas. Los americanos temían, en plena Guerra Fría, que los rusos cortasen sus cables submarinos y les dejasen a merced de los caprichos de la ionosfera para sus comunicaciones militares. ¿Qué hacer? Fácil: ¡fabricar una ionosfera artificial! Ni cortos ni perezosos, los americanos recurrieron al MIT y pusieron en marcha el Proyecto West Ford. La idea era poner en órbita 480 millones de agujas de cobre bipolares que, a 3.500 km de altura sobre la Tierra, reflejarían las comunicaciones estadounidenses sin tener que depender del estado ionosférico. Hicieron la primera prueba en 1961, pero las agujas no se dispersaron como debían y formaron una especie de grumo metálico. Sin darse por vencidos, los americanos acabaron creando un anillo de agujas de 30 km de ancho alrededor del planeta en 1963. El proyecto pronto quedó en desuso, en parte por el desarrollo de los satélites de comunicaciones y en parte por las airadas protestas de otros científicos ante el descabellado proyecto. Las agujas interferían con las comunicaciones de radio, entre otras cosas. En un principio se anunció que irían abandonando la órbita y cayendo a la Tierra inofensivamente empujadas por el viento solar en un plazo de unos tres años; pero tan recientemente como en 2008 unas cuantas agujas siguen en órbita y ocasionalmente grupos de ellas se queman al caer en nuestra atmósfera…

 

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Esta era la nave encargada de sembrar las agujas del proyecto West Ford a lo largo de la órbita
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Y eso son varias de las diminutas agujas

Una pelota de golf. Durante un paseo espacial (22 de Noviembre de 2006) en la EII, el ruso Mikhai Tyurin y Miguel López-Alegría golpearon una pelota de golf como parte de una promoción para una empresa golfística canadiense. No tengo ni idea de dónde estará la pelota ahora. Al menos alguna órbita debió de completar.

 

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“Eso” es Tyurin, armado con un palo de golf y tratando de golpear la pelota

Orina. La orina de los astronautas era lanzada al espacio de forma rutinaria en muchas misiones. Se congelaba el gotitas cristalizadas y al parecer era un hermoso espectáculo cuando el sol la tocaba, una especie de arcoíris o aurora… de pis.

Ceniza de gente fallecida. Así es. El ansia de inmortalidad humana alcanza su punto payasil con los llamados “entierros espaciales”. Varias empresas ofrecen servicios para poner una pequeña porción de nuestras cenizas en órbita. Por ejemplo, la empresa Celestis ofrece misiones que periódicamente colocan cenizas de sus clientes en órbita por un periodo de entre 10 años y varios siglos. Las cenizas acaban abandonando la órbita y re-entrando en nuestra atmósfera. Las cenizas del creador de Star Trek, Gene Roddenberry, fueron puestas en órbita por Celestis en 1997 y permanecieron allí hasta su reentrada en 2002. Su tarifa más económica es de exactamente 2.495 dólares por 1 gramo de ceniza. También pueden lanzar sus cenizas a la órbita o a la superficie lunar (por unos 10.000 dólares), o incluso al espacio profundo (a partir de 12.500 dólares). ¡Llame ya!

 

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Cápsulas para enviar cenizas de difuntos al espacio


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