Balada triste del pez abisal

Cuando los científicos empezaron a estudiar ejemplares de diablos marinos o peces anzuelo (una amplia variedad de peces marinos de aguas profundas del orden Lophiiformes), quedaron sorprendidos al comprobar que todos eran hembras. Las capturas se sucedían a medida que se exploraban las profundidades y se complementaban con peces capturados por barcos de pesca o encontrados en las playas tras tormentas y tifones. Pero no aparecían machos.

Detengámonos un momentos para echar un vistazo a estos peces. El orden Lophiiforme o peces pescadores está formada por 18 familias de todas las formas y tamaños. Suelen ser peces que viven a gran profundidad, prácticamente todos ellos depredadores, y que han desarrollado ingeniosos métodos para atraer, capturar y devorar a su presa. Quizá el más conocido de ellos sea el rape, que tiene la forma típica de un Lophiiforme que vive en el fondo marino: con el cuerpo plano, escasas habilidades natatorias y una enorme boca que punta hacia arriba preparada para cerrarse como un cepo. El rape puede parecer un pez no muy agraciado, pero esta descripción se queda corta al hablar de sus primos de aguas profundas, como poco a un kilómetro de profundidad. En los abismos, los peces pescadores tienen formas extrañas, y nombres siniestros o curiosos como pez balón, ranisapo, pez anzuelo, pez onírico, sapo marino o pez cepo. Son criaturas alienígenas de aspecto aterrador, con dientes, aletas y apéndices incomprensibles y exagerados, que se deslizan en completo silencio en la total oscuridad y enorme presión de las profundidades marinas. Cuando salen a la superficie arrastrados por las redes de los pescadores o las turbulencias causadas por los tifones los arrojan a la costa, causan espanto y asombro a los habitantes de la superficie, como un extraño presente salido de lo profundo del mar. Son, en su mayoría, seres de pequeño tamaño y, aunque algunos pueden llegar a medir dos metros de largo, son raras las especies que pasan de 90 centímetros. Apenas podemos imaginar cómo se las ingenian estas criaturas para sobrevivir en las condiciones más duras imaginables, donde tienen que buscar alimento y pareja, además de evitar convertirse ellos mismos en presa de algún otro terror submarino.

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El Melanoceto es el típico pez pescador abisal: de boca enorme, gordo y poco hidrodinámico, con algún ingenio para atraer a las presas (en su caso, un apéndice luminoso)

 

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El simpático pez sapo puede caminar sobre sus aletas pectorales como un perrito viscoso y deforme…


Pero volvamos a los peces anzuelo. ¿Dónde estaban los machos? Las hembras capturadas tenían unos extraños bultos, cuyo número podía variar, como parásitos carnosos adheridos a distintas partes del cuerpo. La investigación de estos parásitos, unido a las observaciones de la fauna abisal mediante submarinos y batiscafos, sacó la verdad a la luz: los parásitos eran los machos.

Cada individuo de pez anzuelo (familia Ceratiidae) nace en la más completa oscuridad. No puede ver a sus congéneres, no puede guiarse por la vista para cazar o buscar pareja porque cada luz que se encuentre en las profundidades puede ser el reclamo de algún terrible depredador en busca de una presa incauta. Los machos de los peces pertenecientes a esta familia son mucho más pequeños que la hembra, y de hecho parecen pertenecer a otra especie completamente distinta. Nacen con un impresionante sentido del olfato cuya única función es detectar y rastrear el rastro de feromonas que la hembra de su especie deja en el agua. Al poco de su nacimiento, la boca de los machos se atrofia, impidiéndoles comer. Deben buscar una hembra, y hacerlo rápido.

Cuando finalmente lo hacen, no es para aparearse. La propia vida del desgraciado pez anzuelo macho depende de la hembra que ha encontrado. Desesperado, la muerde, parece masticarla con su boquita no apta para cazar, y allí se queda colgado. El macho libera una enzima que literalmente digiere y fusiona a la pareja; la piel y tejidos blandos que rodean la boca del macho se hace una con los tejidos de la hembra. Sus vasos sanguíneos se unen. Al poco tiempo, ambos seres cumplen el anhelo de los románticos, ya que se convierten en una única criatura. Literalmente, ambos se han hecho uno. A partir de este momento, el macho obtiene su alimento a través de los vasos sanguíneos de la hembra, igual que un feto se alimenta a través de la sangre de la madre que lo lleva en su interior. En una dramática sucesión de cambios, el macho se atrofia: pierde su sistema digestivo, su cerebro desaparece, su corazón y ojos se pierden. Al poco tiempo, el macho es un apéndice carnoso que cuelga de la hembra, con un par de gónadas intactas que pueden responder a los cambios hormonales de la hembra. Cuando ella está lista para hacer una puesta de huevos y aumenta su nivel de hormonas en sangre, las gónadas del macho reaccionan –ya que comparte su sistema sanguíneo- y le dan el esperma necesario para crear una nueva generación de peces abisales. Varios machos pueden acoplarse a una única hembra, que los trasporta y alimenta como una reserva portátil de esperma. Con el tiempo se descubrió que este sistema de apareamiento lo utilizaban más peces abisales, además de la familia Ceratiidae.

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Hembra de pez pescador con un diminuto macho (donde debería estar su aleta caudal)

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Otras dos hembras, la de la izquierda “posee” dos machos

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Un detalle de la completa fusión del macho a la hembra, con su boca completamente unida al cuerpo de su pareja


Los machos humanos solemos protestar por lo difícil que nos hacen la vida nuestras hembras, probablemente porque no conocemos los problemas que acosan a otras especies. Los pobres machos de pez abisal lo tienen bastante peor.

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