Amor cortés y amor gilipollas

Las épocas medievales tuvieron, como nuestro siglo, sus contradicciones. Los nobles podían pasarse la temporada alta desmembrando infieles en Tierra Santa, pero cuando volvían a sus palacetes se dedicaban –siempre que les gustasen este tipo de cosas- a cortejar a sus amadas con las más dulces palabras y estratagemas que puedan concebirse. Era la época de Dante y su Beatriz. El castrado Abelardo y Eloísa. Tristán e Isolda. La principal característica del llamado amor cortés es la desigualdad que el propio amante se impone. Es un ser tan inferior a su amada que sólo puede tratarla como si se encontrase ante algo divino, espiritual, eterno. El hombre, de rodillas ante la mujer, cumple así en el terreno amoroso el mismo ritual que fue la base de todo el sistema feudal: la humillación, el sometimiento a su señor feudal, fuera conde, duque o rey, se traslada también a la relación entre el caballero y la dama. Era un amor puro, más sentimiento que hormonas, más platónico que carnal.

Visto así, el amor cortés de aquellos tiempos tiene algo de ingenuo, de enternecedor. Hombres valientes que se inclinaban al paso de su amada. Ella, tratada como una auténtica princesa, colmada siempre de atenciones. El objetivo no era encamarse con ella sino amarla; el amor era un fin en sí mismo, era algo noble y que hacía noble al hombre. Oh, el amor. Eran otros tiempos.

Hoy en día hay hombres que han seguido los caminos que siglos antes marcaron estos románticos medievales. Han elegido inclinarse ante la mujer, lo cual no parece tener, por sí mismo, nada malo. Pero estos son, repito, otros tiempos. Hay hombres que se declaran vencidos ante la mujer sin haber siquiera presentado batalla. Otorgan a las mujeres tal cantidad de astucia, de capacidad de cálculo, de inteligencia, que se ven desbordados. Ven todo aquello que haga una mujer como un acto premeditado y cuidadosamente sopesado, aunque sea, a ojos de cualquiera, una soberana estupidez. Esto es, por supuesto, completamente gilipollesco. ¿Puede alguien defender que las personas de tal o cual sexo, o raza, o color de ojos o con cierto tamaño de dedo meñique sean más astutas, capaces y arteras por el mero hecho de estar en esa categoría? Puede decírseme que las mujeres no hacen las mismas chorradas que cometemos los hombres. No me importa: hacen otras distintas. La humanidad en conjunto se compone de decisiones tomadas mayoritariamente al azar, es decir, sin tener ni idea de dónde vamos. Conviene, por tanto, no asumir tan pronto que los otros van a derrotarnos.

El hombre que a día de hoy asume que la mujer le aventaja suele ser, efectivamente, aventajado por la mujer. Es una profecía que se cumple a sí misma. Probablemente todo lo dicho se aplique también a las mujeres, aunque se comprenderá que, hombre como soy, no me sienta tan cercano a la forma de pensar de ellas.

Amemos, coño, pero no seamos gilipollas.


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