50 años del vuelo de Yuri Gagarin

[11/04/2011]

Mañana se cumplirán cincuenta años desde que un hombre se acostó en Rusia sobre una bomba. El hombre era Yuri Gagarin y la bomba, un cohete Vostok de cuarenta metros relleno con toneladas de keroseno y listo para despegar. La escena se desarrolló en el cosmódromo de Baikonur y era el último acto de un largo proceso que iba a permitir a los rusos poner en órbita al primer ser humano.

 

 

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Yuri Gagarin

 

La misión, llamada Vostok I, fue el resultado de un enorme proyecto secreto supervisado por Sergei Korólev, la colosal mente que dio alas al programa espacial soviético y sentó las bases de la moderna cosmonáutica. Korólev no era muy amigo del optimismo; frecuentemente se le oía repetir que “todos desapareceremos sin dejar huella”. No había pegado ojo la noche anterior, al igual que Gagarin y su sustituto de emergencia, Gherman Titov –aunque los médicos afirmaron que ambos habían tenido una buena noche de sueño-. Gagarin, con su habitual optimismo, esperaba el lanzamiento con tranquilidad: media hora antes de encender los motores se le midieron 64 pulsaciones por minuto, como si esperase la hora del té. Vale la pena detenerse a examinar el habitáculo que ocupaba Gagarin. La cápsula espacial en la que iba entado, llamada Vostok 3KA (se llamaba igual que el cohete impulsor, el mismo nombre que recibió todo el proyecto para alcanzar el espacio), consistía básicamente en una esfera de unos dos metros de diámetro llamada Sharik. Gagarin iba sentado en su interior. A su espalda iba adosado el módulo de los motores y las provisiones, de unos dos metros de largo; su función principal era impulsar a la cápsula de vuelta a la Tierra en la reentrada. Todo el manejo de la cápsula era automático, ya que no se sabía cómo iba a reaccionar un organismo humano a las condiciones de baja gravedad y no se quería correr el riesgo de que Gagarin fuese incapaz de manejar los controles. No obstante, había un código para pasar a control manual en caso de emergencia a disposición de Gagarin. También se habían incluido agua y alimentos para diez días, por si no conseguía volver a la Tierra y se veía obligado a permanecer en órbita. Todo el conjunto no superaba las 5 toneladas, y estaba colocado en lo alto del gran cohete Vostok cuya misión era colocar el conjunto en órbita. Una cápsula igual, por cierto, fue la que puso en órbita a la primera mujer en el espacio, la rusa Valentina Tereshkova (1963). Toda la operación se había desarrollado en tal secreto que los propios familiares de Gagarin ignoraban que era él quien pilotaría la cápsula hasta que los medios rusos lo difundieron; uno de los cosmonautas suplentes dijo que, cuando la cápsula despegaba, ni siquiera sabía quién iba en su interior.

 

 

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La cápsula Sharik

 

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El gran Vostok se alza desde su posición horizontal justo antes del lanzamiento

 

Pocos minutos después de las 9 de la mañana locales, se dio la orden de despegue. Los cuatro impulsores del Vostok rugieron como el infierno y lanzaron a Gagarin, aplastado contra su asiento, hacia las estrellas. “¡Poyejali!”, gritó Gagarin en ruso en ese momento de tensión, algo así como “¡allá vamos!”, una frase que se convertiría en su país en el equivalente al “un pequeño paso para el hombre…” de Neil Armstrong. Mientras las fases del cohete iban consumiéndose y soltándose, desde el centro de control recibían los mensajes optimistas de Gagarin. Llegó a la órbita terrestre en diez minutos, pero hasta 25 minutos tras el despegue no fue posible saber si dicha órbita era estable. Gagarin dejó atrás Rusia y Siberia, abandonó Asia saliendo por Kamchatka y avanzó rápidamente hacia el Pacífico. Mientras volaba hacia el sur de América, llega a la zona nocturna del planeta; en una repetición de las antiguas gestas marineras de siglos anteriores, la nave pasó sobre el Estrecho de Magallanes, solo que a cientos de kilómetros de altitud, y desde el oeste al este. Cruzó el Atlántico hasta llegar a África, que atravesó de sur a norte. Es en este momento cuando Gagarin enciente los propulsores del módulo de servicio, que lo llevarían de vuelta a la superficie. Comienza a descender. El único problema del vuelo se presenta en este momento: el módulo de servicio, que debería desacoplarse de la Sharik, se queda enganchado por unos cables. Todo el conjunto gira locamente durante la reentrada, pero Gagarin mantiene la sangre fría suponiendo lo que pasa y el módulo acaba por desengancharse cuando los cables se queman. Debido a su forma esférica, la Sharik continúa girando mientras entra en la atmósfera. Gagarin lucha por mantener la consciencia, sometido a unos aplastantes 8 g (ocho veces la gravedad que experimentamos en nuestra vida diaria sobre el planeta). A las 10:55 de la mañana la escotilla de la Sharik salta y Gagarin es eyectado al exterior a 7 kilómetros de altura. La Sharik cae con su propio paracaídas, pero se había comprobado que un astronauta seguramente moriría debido a la fuerza con la que llegaba a tierra. Por lo tanto Gagarin y la esfera caen por separado y el ruso, descendiendo en su paracaídas, disfruta de una bonita vista de su tierra natal durante diez minutos hasta que toca tierra cerca de Engels, en el suroeste de Rusia. Unos campesinos le ven descender enfundado en un llamativo traje espacial naranja. Él atina a decirles algo así como “he venido del espacio, sí, pero soy tan ruso como vosotros y ¡tengo que llamar a Moscú!”.

 

 

La odisea de Gagarin duró un total de 108 minutos desde que abandonó la superficie del planeta hasta que volvió a pisarla. Realizó una órbita completa alrededor de la Tierra, a una altitud de entre 170 y 327 kilómetros. Gagarin se convirtió inmediatamente en un héroe nacional y mundial. La fama ya nunca le abandonaría. Siete años después de su heroico vuelo, el 7 de marzo de 1968, Gagarin y el instructor que le acompañaba murieron al estrellarse el caza MIG-15 que pilotaban en un vuelo de pruebas. Tenía entonces 34 años.

 

 

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La cápsula Sharik tras la reentrada

Visto desde la distancia que suponen 50 años, parece un logro bastante modesto. El proyecto Vostok I fue una enorme empresa que implicó sin duda a miles de personas. Pero hace medio siglo, la historia de la conquista humana del espacio descansó durante un tiempo sobre los hombros de un único y valiente cosmonauta: Yuri Gagarin.


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