Lope de Aguirre, el Peregrino (II)

El 26 de Septiembre de 1560 la expedición se pone finalmente en marcha. Los españoles, después de haber soportado durante meses la inactividad del campamento, la falta de víveres y las calamidades propias de la selva, se encuentran ya amargados incluso antes de comenzar el viaje. Unos 300 españoles, junto con casi 600 indios y dos docenas de negros esclavos se embarcan finalmente en dos bergantines y nueve chatas –embarcaciones compactas para los caballos y demás ganado-. El plan es descender por el río Marañón, del cual los componentes de la expedición tomarán su sobrenombre –Marañones-, y seguir por el Amazonas en busca del mítico El Dorado. Sin embargo, el día mismo de la botadura siete de las chatas quedan inservibles por defectos de construcción o por la propia acción devoradora del clima de la zona; es necesario retrasarse una vez más para hacer reparaciones, y aún así la expedición debe prescindir de varias embarcaciones, gran cantidad de ganado y provisiones y casi trescientos caballos.

Durante todo este tiempo demostró Pedro de Ursúa una dejadez impropia de un jefe veterano como él. Al igual que muchos otros españoles, que viajaban con sus mujeres o mancebas, Ursúa llevaba consigo a su amada Inés de Atienza. Era Inés mujer hermosa, mestiza, acostumbrada a sobrevivir entre hombres de la única forma en que podía hacerlo una mujer de su tiempo. Vivía con Ursúa desde que éste había asesinado a su anterior compañero en un duelo, muy a la usanza española de la época. Como podrá imaginarse, la presencia de Doña Inés fue una desgracia más para la expedición.

Mientras todo esto tenía lugar, aprovechaba Aguirre para conocer a los miembros de la expedición. Supo valerse de su fama de loco y de las peculiaridades de su carácter para impresionar a unos e intimidar a otros. Conocía el vasco las debilidades del alma humana, y aprovechó las aspiraciones y apetitos de los que le rodeaban para lograr sus propios fines. Su única debilidad era su hija Elvira, una mestiza de madre desconocida a la que trataba de proteger de un mundo que, el lo sabía bien, podía devorarle a uno en un descuido.

A medida que pasaban los meses fue rodeándose de españoles leales a él. Ya al llegar la Navidad de ese año sabía que se conspiraba contra Pedro de Ursúa; supo que Alonso de la Bandera y Lorenzo Zaldueño deseaban los favores de Doña Inés y planeaban conseguirlos deshaciéndose de Ursúa. Aguirre desdeñaba las tentaciones carnales, pero ansiaba acabar con el tibio mandato de Ursúa; por ello conjuró junto con los demás hasta que, tras la misa de Año Nuevo de 1561, Ursúa fue cosido a puñaladas mientras dormía, al grito de “¡libertad!”. Se proclama nuevo gobernador a Fernando de Guzmán, sobre el que sin duda tendría Aguirre la conveniente influencia, mientras que el propio Aguirre asume el cargo de maestre de campo. En la que sería la primera de sus peligrosas leyes, prohíbe a los hombres hablar en voz baja bajo pena de muerte. Doña Inés pasa a ser la amante de Zaldueño, y de varios otros si se dan fe a algunos testimonios. Pero nunca de Aguirre; no eran esos sus intereses.

El propósito de la expedición cambia radicalmente: se olvida la búsqueda de El Dorado para dedicarse a la liberación e independencia del reino de América. Fernando de Guzmán es nombrado rey en una ceremonia entre la solemnidad y el esperpento, y el desafío a España se concreta en la carta que Aguirre dirige al rey Felipe el 23 de Marzo de 1561. La gran mayoría de los soldados y oficiales firman el documento; los que se niegan no tardan en desaparecer o ser ejecutados en público como escarmiento, práctica a la que Aguirre comenzaba a aficionarse.

Había, sin embargo, numerosos desacuerdos entre los españoles. La mayor parte de los soldados se preocupaban más por las penurias diarias –hambre y sed, mosquitos y enfermedades…- que por las luchas por el mando. El poder cambió de manos varias veces: Aguirre y Zaldueño presionan al rey para condenar a muerte a De la Bandera; al poco, el propio Zaldueño es muerto por Aguirre, que no tarda en asesinar al propio rey Fernando de Guzmán… Este juego de locos se repite casi cada día dejando a Aguirre, que parecía fortalecerse con cada traición y asesinato, como líder indiscutible de los marañones. Los indios han muerto en su mayoría, víctimas de los ataques de las tribus hostiles, el hambre y la sed, el paludismo o las ejecuciones arbitrarias de los españoles. Ya muchos de los soldados son presa de la tarumba del equinoccio, esa especie de locura nacida de la soledad, el calor y las penalidades, que enajena a los hombres hasta convertirlos en salvajes o en idiotas. La expedición se ve asediada por el hambre, teniendo que recurrir a los caballos, las botas, los correajes y las alimañas con las que se cruzan en su viaje río abajo. Aguirre decreta pena de muerte para delitos como hablar en voz baja, levantarse de noche, tocar las espadas o permanecer en la popa de las embarcaciones.

Lope de Aguirre se proclama a sí mismo Príncipe de la Libertad y de las provincias de Chile, Perú y Tierra Firme, la Ira de Dios, el Traidor.

En aquellos meses la expedición había alcanzado ya el Atlántico. Aguirre planea convertir en realidad sus sueños de conquista. Y ha puesto su mirada en la paradisíaca Isla Margarita…


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