Ingenio asesino: la bayoneta

De todos los terrores que poblaron los campos de batalla durante la Primera Guerra Mundial, uno destacó por su simpleza y por el poderoso efecto que tenía sobre la moral enemiga: la bayoneta. Una bayoneta es un arma afilada del tamaño de un puñal largo, que se acoplaba (se “calaba”) en la parte delantera del rifle y servía para apuñalar y ensartar al enemigo en la lucha cuerpo a cuerpo.

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Bayonetas

La invención de este aparato suele situarse en la ciudad de Bayona (Francia) a principios del siglo XVII. Durante siglos se empleó como un complemento para el combate cerrado, en una época en que las armas de fuego habían sustituido completamente a espadas, mazas y lanzas. La bayoneta se había usado como un arma meramente defensiva contra las cargas de caballería hasta que el desarrollo de los rifles de cerrojo en el siglo XIX permitió a la infantería enfrentarse con éxito a los cuerpos de caballería; a partir de entonces la bayoneta pudo usarse de forma ofensiva. Las naciones con imperios coloniales, especialmente Francia e Inglaterra, llevaban ya mucho tiempo empleando bayonetas para defender sus colonias de adversarios tecnológicamente muy inferiores. Pensemos, por ejemplo, en los soldados ingleses que en el siglo XIX lucharon contra los zulúes en África. Aunque pueda parecer que la bayoneta está fuera de lugar entre los avances tecnológicos de la Primera Guerra Mundial, lo cierto es que se empleó con profusión en todos los frentes, por parte de todas las naciones (recuérdense además las armas cuasi-medievales que se usaron en dicho conflicto). Los alemanes, un ejército bien conocido por su alto nivel técnico, produjeron más tipos de bayonetas que todas las demás naciones juntas, e incluso diseñaron adaptadores para poder emplear las bayonetas de sus enemigos en sus propios rifles. Como nota curiosa, mencionar que los alemanes diseñaron una variante de la bayoneta con el borde posterior serrado, para ser usado por los ingenieros y zapadores. La función de la sierra era, justamente, serrar maderas y postes; pero la maquinaria propagandística aliada difundió rápidamente la idea de que las bayonetas de sierra alemanas eran terribles armas diseñadas para maximizar el sufrimiento de los heridos y demostraban la brutalidad y deshumanización de los germanos. Se castigaba brutalmente a cualquier prisionero o herido que tuviese una de dichas bayonetas. Así habla un soldado alemán:

Pasamos el día organizando concursos de tiro a las ratas y paseando de un lado a otro. Nos aumentan las provisiones de cartuchos y de granadas de mano. Nosotros mismos revisamos las bayonetas. Algunas de estas armas tienen, además del filo, el anverso trabajado en forma de sierra. Cuando los de aquí enfrente [los franceses] cogen a alguien que la lleva, le zumban sin compasión. En el otro sector encontraron a algunos de los nuestros con la nariz cortada y los ojos pinchados con sus propias bayonetas. Después les habían llenado la boca de serrín y así les ahogaron.

Sin Novedad en el Frente, Erich Maria Remarque.

En cuanto los combates se estancaron y se empezó a pelear en las trincheras, el tamaño de las bayonetas demostró ser un grave inconveniente. Las viejas bayonetas estaban diseñadas para ser usadas en campo abierto, pero cuando uno trataba de manejar un rifle con un largo puñal en su extremo en el interior de las trincheras o rodeado de alambres de espino corría el riesgo de engancharse, romper o perder el arma –algo potencialmente mortal-. Había modelos de espadas-bayoneta de hasta medio metro de largo que, si bien resultaban bastante impresionantes, resultaban muy poco prácticos en las trincheras.

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Entrenando

La “carga a la bayoneta” era una táctica brutal que causaba un gran terror en el enemigo (y probablemente también en los soldados que debían ejecutarla), pero no fue demasiado empleada ni tuvo mucho éxito. La razón, evidentemente, eran los avances de la guerra defensiva: las ametralladoras, las trincheras y el alambre de espinas. Miles de hombres vociferantes, lanzados a la carga a través de la tierra de nadie, podían ser detenidos en seco y aniquilados por el fuego combinado de ametralladoras, granadas y lanzallamas. Por ello las bayonetas se empleaban poco de esta forma, especialmente después de los primeros meses de combates: según una estadística británica, tan sólo el 0,3 % de las heridas que sufrían los soldados se debían a bayonetas. Era más común usarlas para proteger a los granaderos en los asaltos a las trincheras: la misión de un granadero era recorrer la trinchera enemiga durante un asalto, lanzando bombas para desalojar a los enemigos en el interior. Como esta función dejaba a los granaderos bastante indefensos, eran necesarios dos o tres soldados con bayonetas que les protegiesen de posibles contraataques enemigos. Muy pronto las bayonetas pasaron de estar en primera línea de las cargas a estar en su retaguardia: durante los asaltos se usaban para rematar a los enemigos heridos, para ahorrar munición y para no dejar atrás enemigos que pudieran contraatacar por la retaguardia.

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Soldados cargando desde las trincheras, con la bayoneta calada

En un combate individual, la bayoneta también tenía sus desventajas. Si se clavaba en el pecho o los pulmones, buscando una muerte rápida del enemigo, solía quedarse enganchada entre las costillas. Y en mitad de un brutal combate era preocupante que el rifle de un soldado quedase clavado en un enemigo herido que se retorcía salvajemente hasta morir. A veces había que recurrir a desmontar la bayoneta y dejarla clavada en el cuerpo del enemigo para poder recuperar el rifle. Se enseñaba a los soldados a clavarla en el estómago, el bajo vientre o los testículos del enemigo, que eran más blandos; lo cual, por otra parte, condenaba al herido a una muerte lenta y agónica mientras se desangraba, o causaba infecciones igualmente letales.

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Soldados canadienses en las trincheras

Una de las ventajas de la bayoneta es que se reducía enormemente la probabilidad de herir por error a un compañero. En mitad de una lucha en las trincheras, resultaba peligroso disparar rifles y pistolas, ya que una bala podía perfectamente atravesar el cuerpo del enemigo y acabar impactando al propio amigo que estaba detrás. No digamos ya lo peligroso que resultaba usar granadas o explosivos. Con el uso de la bayoneta, uno podía estar bastante seguro de que no heriría a sus amigos. Aún así, los soldados con algo de experiencia elegían otras armas en lugar de la bayoneta: puñales de trinchera, mazas, garrotes de fabricación propia…

Las bayonetas fueron muy usadas durante toda la guerra, pero no tanto para matar como para otras tareas. Se usaban para pinchar alimentos y tostarlos en el fuego, para limpiar los uniformes de barro y suciedad, para abrir latas y para cavar fosos y letrinas. Pronto se convirtieron en herramientas multiusos de las trincheras.

A pesar de los problemas y limitaciones que planteaban, existía una poderosa razón que explica por qué todas las naciones equiparon a sus soldados con bayonetas: su efecto psicológico. La Primera Guerra Mundial comenzó siendo un conflicto ofensivo, donde todos querían arrasar al enemigo lo antes posible. Los alemanes querían tomar París, los franceses ocupar Alsacia y Lorena. En agosto del 14, todos pensaban que estarían de vuelta en casa en Navidad. Los altos mandos sabían que debían cultivar el espíritu guerrero de sus soldados, exaltar sus ansias de atacar y conquistar al enemigo. La bayoneta se convertía así en un arma ideal, ya que aumentaba el espíritu de lucha de los soldados y les obligaba a acercarse al enemigo, además de causar en éste un gran terror. A medida que la guerra avanzaba, no obstante, quedó claro que no sería la bayoneta la que decidiría el resultado del conflicto.

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