Ingenio asesino: el Cañón de París

El 21 de Marzo de 1918, poco después de las 7 de la mañana, París se despertó sobresaltado. La ciudad había sido alcanzada por algún tipo de explosivo, seguramente lanzado desde un nuevo dirigible alemán, ya que no se había oído ruido alguno de motores que delatase la presencia de aviones. Sólo cuando se recuperaron fragmentos del explosivo se hizo claro que el impacto se debía a un proyectil de artillería; algo que no se había visto hasta entonces, con morro cónico (rasgo inusual para la época) y construido en un fortísimo acero. Pero ¿desde donde había sido disparado el proyectil?

Se tardó solo un par de horas en descubrir al culpable. Un aviador francés, Didier Daurat, vio en el bosque de Coucy (a 120 kilómetros de París) un cañón de tamaño monstruoso, colosal. Se trataba del nuevo Paris-Geschütz, el Cañón de París, llamado también Kaiser Wilhelm Geschüt o Cañón del kaiser Guillermo.

Manufacturado por las industrias Krupp, se trataba de un monstruo de 26 metros de largo y más de 250 toneladas de peso. Se basaba en modelos de artillería naval, con un calibre de 210 mm. Debido a sus dimensiones debía moverse y operar desde unas vías de tren construidas expresamente; precisaba de 80 miembros de la marina alemana, bajo las órdenes de un almirante, para operar correctamente. Para dispararlo era necesario construir una base de hormigón bajo él para ayudar a resistir el retroceso, y se le rodeaba de varias baterías de artillería convencional que disparaban a la vez, para evitar que británicos y franceses pudiesen localizarlo al abrir fuego.

Años antes, ya en 1909, las fábricas Krupp habían presentado un modelo de cañón-mortero de un calibre colosal (420 mm), que superaba las mayores armas navales de su tiempo. El “Gran Berta” lanzaba proyectiles de casi un metro de largo y 800 kilogramos a 14.500 metros de distancia, y fue empleado exitosamente para demoler las fortificaciones belgas cuando se iniciaron las hostilidades en 1914. Cuando se hizo evidente que los alemanes no iban a acercarse tanto a París en un futuro inmediato, se desarrolló un arma capaz de alcanzar la capital francesa incluso desde la respetable distancia a la que habían logrado aproximarse. Así nació el tremendo Cañón de París.

Los alemanes habían calculado, acertadamente, que si lanzaban un proyectil con una velocidad de salida de 1.600 metros por segundo y con un ángulo lo bastante pronunciado, la parábola resultante daría al proyectil una altura de 40 kilómetros y un alcance de más de 100. Y, efectivamente, este arma podía lanzar proyectiles de 94 kg. a una distancia máxima de 130 km. Tal era la potencia de la carga explosiva al disparar, que cada proyectil se “comía” una porción del interior del cañón. Cada uno de los obuses estaba numerado y tenía una anchura algo mayor que el anterior; para compensar este desgaste producido por cada disparo, debían dispararse en el orden correcto y únicamente después de minuciosas medidas y cálculos por parte de la dotación, para evitar fallos de precisión o accidentes en el disparo. Tras 65 disparos, de calibre progresivamente mayor, el cañón tenía que ser sustituido. La distancia de disparo era tan grande que el efecto Coriolis (la diferencia relativa de velocidad de rotación de la tierra en el ecuador respecto a los polos) afectaba al punto de impacto final haciendo que cada disparo se desviase hacia la derecha.

El Cañón de París no tuvo, en general demasiado éxito como arma. Era totalmente imposible apuntar a algo que fuese más pequeño que una ciudad grande, transportarlo era una pesadilla logística y el mantenimiento y los recambios hacían que su uso fuera lento y muy caro. En total hizo entre 320 y 367 disparos, causando 250 muertos y más de 600 heridos. Sin embargo, uno puede imaginarse el efecto que un arma de tales características tiene en la moral del enemigo. De pronto ni siquiera París era seguro, ya que los monstruosos inventos alemanes podían dejar su carga de muerte a las orillas mismas del Sena. El efecto desmoralizador y atemorizante que el Cañón de París tuvo sobre Francia fue sin duda mucho más importante que los daños personales y materiales que pudo haber causado. Más que un arma de guerra, el Cañón de París fue concebido, y funcionó, como un arma psicológica. Una especialmente impresionante…

En Agosto de 1918, ante el riesgo de que cayese en manos de los Aliados, el cañón fue presumiblemente desmontado y destruido, ya que los aliados jamás hallaron rastro de él. Se encontró un segundo bastidor (la montura-transporte del arma) escondido en un castillo francés, pero no había rastro de su correspondiente cañón. Los planos y diseños nunca fueron recuperados.

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Daños causados por uno de los obuses

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Dos vistas del enorme cañón


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