Rebajas

Todos somos muy ignorantes, pero no todos ignoramos las mismas cosas. Sin ir más lejos, yo hoy ignoraba la que me esperaba cuando me internaba en un centro comercial cualquiera, cerca de Santander. De no ser así, hubiese hecho la compra en la tienda de ultramarinos más desierta e inaccesible de Cantabria.

La agonía comenzó antes incluso de bajarse del coche, en el propio aparcamiento. Cientos, miles de conductores competían por dejar su ataúd rodante en una plaza lo más cercana posible a la entrada. Sí, cercana y cómoda, para no malgastar sus energías antes incluso de llegar a su tienda preferida, esa que anunciaron ayer en su cadena favorita. No importa el hecho de que no recordaran el nombre de la tienda, o lo que se vendía en ella. O por qué querían llegar a ella. Lo que importaba era llegar, empujar, acelerar, frenar, acelerar de nuevo y odiar, odiar sin límite a los demás conductores, a aquellos que podían haber sido amigos o vecinos y sin embargo ahora eran rivales, enemigos, seres sin rostro de mirada descompuesta que pretendían arrebatarte el derecho de aparcar cerca. ¿Cerca de dónde? ¡No importa! ¡Cerca!

Me bajo del coche. No estoy cerca de la entrada. Camino hasta el acristalado edificio y me sumerjo en la calculada atmósfera del interior. No me ha resultado difícil llegar, pero dentro la cosa cambia. Personas, personas, personas. Me gustaría creer que realmente lo son; al menos lo parecen. Miles de ellas revolotean de un lado a otro, sin tratar de ocultar el hecho (tal vez por ignorarlo) de que no saben dónde demonios están yendo. El hilo musical resuena, cuidadosamente planeado, como un himno lejano y cálido.

Colas, filas, largas líneas de gente. En todas partes, para todo. Las personas que componen las colas parecen reses dispuestas a ser sacrificadas, voluntaria y gustosamente; se miran con recelo, con angustia. Todos ellos están cansados, ansiosos, aburridos y deseosos de estar en cualquier otra parte. Pero el deseo de estar allí, de experimentar esa falsa sensación de libertad otorgada por el hecho de poder comprar lo que realmente no necesitas, se impone a todo lo demás. No importa que su hijo llore desde el carrito, en un desesperado intento de reclamar una atención que probablemente nunca tendrá; tampoco que tu hija de 13 años te odie, con todas las fuerzas de su abotargado cerebro, por haberte negado a ir a su tienda favorita; realmente da igual que tu mujer, incapaz ya de experimentar ninguna emoción en su reseco corazón a fuerza de desengaños y mentiras, sea una pálida sombra babeante y desquiciada. Nada de eso importa. Ni siquiera La Crisis, esa entelequia enorme, inabordable, colosal, que amenaza con destruir todo y a todos, de la que hablan cada día en tu telediario favorito. No, no recuerdas cuál es.

Aquí una mujer oronda, repulsiva, escarba con manos ávidas en un montón desordenado de cosas; no puede saber qué busca, pues su mirada desquiciada da claras muestras de no saber siquiera de qué es ese montón. Allá, varias amigas preadolescentes, histéricas, enloquecidas ya por la publicidad y la televisión, berrean frases sin sentido tratando en vano de llamar la atención sincera de alguien que las valore como seres humanos; en el fondo de sus jóvenes mentes empieza a abrirse paso la idea de que eso jamás ocurrirá, por lo que compran aún más, rebuscan bazofia aún con más ahínco, tiran aún más dinero en la imparable y siempre hambrienta máquina del capitalismo. Acullá, un matrimonio deshecho ya años atrás ignora su desdicha a base de comprar; para ella, ropa, bolsos y zapatos que no necesita; para él, colonias y cremas que nunca utilizará, accesorios para un coche que acabará, con toda seguridad convirtiéndose en su tumba.

No hay lugar alguno donde exista un resquicio de cordura o lógica. Todo ha sido invadido por el frenesí, una desbocada locura dirigida únicamente al acto de tener, tener, tener. Nada más importa. Sólo comprar, rebuscar, comprar, hacer cola, rebuscar. Incluso los dependientes, agotados física y mentalmente por jornadas de trabajo ilegales e indignas, son incapaces de poner freno a la inmunda marea de clientes sudorosos, de gritar un “¡basta!” que nos saque a todos del abotargamiento.

No sé cuánto tiempo ha pasado. He comprado lo necesario y corro hacia el coche, no con intención de llegar a casa –las salidas están colapsadas desde hace horas- sino únicamente para resguardarme, para encerrarme a salvo de la degradante marea en la que se ha convertido de pronto el mundo. Al cabo de un tiempo ya he conseguido alejarme y ponerme a salvo en una casa en las afueras, donde ni siquiera se escucha el sonido del tráfico. Pienso en el temible futuro que espera a una humanidad que se ha reducido a sí misma a tan lamentable estado; por un instante tengo una visión del mundo que hemos construido devorándose a sí mismo, sin poder detenerse jamás debido a la demencial inercia adquirida en décadas y décadas de consumo irracional, innecesario y abusivo. Veo un mundo, devastado ya por nuestra locura, agradecido por vernos finalmente extintos, desaparecidos, víctimas de nuestro propio y lento suicidio colectivo.

Existe un lugar donde la miseria, la estupidez y la demencia humana alcanzan su más terrorífica expresión: un centro comercial en rebajas.


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